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Cepal: Horizontes 2030 – La igualdad en el centro del desarrollo sostenible

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Trabajé en la Cepal desde 1990 a 1995. Después de tantas vueltas y revueltas tuve curiosidad de volver a sus temas. Me encontré con algo bueno, interesante y útil; pero con propuestas que chocan con la realidad. Leí con calma y advertido de lo que pasó después; entre otras cosas: ni Trump ni Bolsonaro formaban parte de nuestra realidad en 2016, fecha del documento.

Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la Cepal, abre el texto: “Encaramos hoy un vertiginoso proceso de cambios, en verdad un cambio de época. Las tendencias mundiales dominantes en la economía y en la sociedad exacerban las contradicciones de un estilo de desarrollo que se ha vuelto insostenible”.

Cita de las conclusiones: “Es insostenible que 62 personas en el mundo tengan la riqueza equivalente a 3.600 millones de personas y que esa concentración siga aumentando”.

¿El capitalismo está estrangulándose por la desigualdad, la falta de demanda y el exceso de ahorro? ¿Avanza acentuando estas tendencias? ¿Le falta la revolución de los desposeídos?


La crítica necesita desde ambos extremos de paranoia y agudeza. De lo contrario no le sirve a nadie, no tiene peso ni lleva el bagaje necesario para estos tiempos.

Ha sabido apagar toda crítica potente, corrompiendo y desmantelando toda oposición real. Pero la revolución y los cambios de paradigma no vendrán de los poderosos. ¿Solución? Las presiones del sistema seguirán aumentando. ¿Habrá explosión? Tal vez circunscritas a lugares y causas particulares que el sistema sabrá asimilar, cediendo aquí y allá, sin abandonar sus tendencias básicas.

El sistema controla estas presiones, administrando conflictos y contradicciones. Está al tanto de lo que ocurre y tiene las herramientas para administrarlo. No hay un cerebro detrás; hay miles de ellos, organizados, con centros de estudio e investigación, expertos e ideólogos, con la gama de matices y posturas dibujando el abanico completo de sus intereses, llegando a tocar al de sus contrarios en diversos puntos de confluencia, diálogo y negociaciones.

El arco completo no está dividido en dos polos contrapuestos y enemigos acérrimos. La democracia es arquitectura flexible y cambia su polaridad a cierto ritmo y con ello la formación de gobiernos y la administración del Estado.

La dominación tiene también luchas internas duras, económicas y de finanzas, por el dominio de mercados, recursos y riquezas, pero sabe perfectamente donde están sus enemigos. Conoce de dialéctica; es una experta en manejo de contradicciones. De su vida empresarial y su lucha diaria obtiene su conocimiento esencial: el manejo de los negocios y de todos sus aspectos vitales, directos e indirectos. Tiene además instinto de clase, intuición, olfato, sensibilidad, escuelas naturales de liderazgo en su quehacer diario, en lo inmediato y local y en lo mediato a los distintos anchos del escenario, incluyendo lo global.

¿Se puede contrarrestar este dominio, hacerlo vacilar o temblar siquiera? Es pregunta que hace tiempo no tiene respuesta fácil. Puede que sí a nivel local, nacional, pero difícilmente a nivel regional o global. Pero no imposible. El mundo cambia con rapidez. El documento de la Cepal da pistas de interés. Hay también otras señales, y no pocas, de descontento y desazón en todas las clases y grupos sociales.

La sociedad es transparente; todo se sabe, se detecta a tiempo y se atiende. Conocer y tratar como se debe a la crítica es algo propio y esencial del poder. Lleva siglos de dominio, conociendo su sistema, aprendiendo y estudiando a sus enemigos, y a la vez, conociéndose a sí mismo y manejando sus contradicciones internas.

La crítica tiene su propia tarea de estudiar los cambios y aprender. Reconocer que la propia dominación necesita de una crítica tenaz, que la ponga a prueba, que muestre su verdadera musculatura, para no tener sorpresas y llegar a riesgos mayores. También debe reconocer la necesidad de desanclarse a tiempo de la administración que de ella puede estar haciendo el poder vigente. Forma parte de su saber. Sin ello no tendrá el suficiente poderío ni alcanzará a detonar la carga de explosivos suficientes, ni para servir al poder vigente para corregir el rumbo y cuidar sus intereses, ni para desanclarse a tiempo, superar la trampa y seguir adelante.

Sin esta capacidad no llega a la profundidad necesaria, tanto para servir y ser tolerada y hasta sostenida a momentos por la gran burguesía, ni para seguir tras sus reales intereses. La crítica necesita desde ambos extremos de paranoia y agudeza. De lo contrario no le sirve a nadie, no tiene peso ni lleva el bagaje necesario para estos tiempos.

Hay que corregir y actualizar el concepto gramsciano de intelectuales orgánicos. Ya no están necesariamente, y cada vez menos, dentro de las organizaciones proletarias o asimilables, o de partidos. Hoy están en cualquier lugar, institución, organización, o sueltas, sin domicilio aparente. Cada vez menos están domiciliadas en los lugares tradicionales dado que les llegó hace rato su fecha de vencimiento. La lucha política los invalidó con distintos instrumentos. Pretender que mantengan su domicilio y su eficacia sin cambios es un sueño. Son cada vez más líberos, francotiradores, outsiders. Sólo así podrán ser creativos, eficientes y disruptivos. Es indispensable que sean cada vez más inorgánicos y vagabundos, ir a un lado y a otro, conocer de mil cosas y maneras, oler todos los perfumes, pasar por todas las experiencias; descolocarse siempre.

En una paradoja de nuestros tiempos que la crítica sea una necesidad del Estado de dominación, del establishment. A esto hemos llegado dada la complejidad actual, la velocidad de los cambios y, sobre todo, del grado totalitario de la dominación en el campo de la teoría y las ideologías.

La masividad es requisito de toda crítica, pero también es tecnología. La física y la química social cambian constante y aceleradamente. Las enzimas sociales también existen. El sistema las tiene, como cualquier organismo vivo. Hay que conocerlas y estudiar sus efectos en la dinámica sociopolítica para utilizarlas con éxito.

Los intelectuales orgánicos de Gramsci son ahora, o deben ser, moléculas de naturaleza proteica que catalizan reacciones sociales posibles para acelerarlas, convirtiéndolas en cinéticamente favorables para que transcurran a mayor velocidad. Nuestra época se decide en la invención de medios de mayor velocidad y eficiencia. Es lo que hay que hacer en la sociedad y en la política. Esto es Gramsci hoy, actualizado, puesto a punto por vagabundos enzimáticos. A esto debe aspirar la nueva izquierda, redefiniéndolo todo, sus programas y sus métodos. De lo contrario estará también perdida, administrada por el poder vigente, más sabio, más ducho, más al día en la tecnología y en los sentimientos, en lo que quiere la gente.

TAGS: #DesarrolloSustentable #Desigualdad

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