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Carlos Peña y el país de las máquinas

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Durante los días posteriores al estallido, presencié un interés bien escasamente visto en los grupos empresariales que tienen alto poder económico en nuestro país. Establecer pisos salariales, modificar contratos para otorgar más beneficios, entre otras cosas orientadas a una mejoría económica de sus empleados, en miras a un “nuevo Pacto Social”, como una forma de “renegociar” el contrato ficticio que sostiene la estructura filosófica del Estado moderno.

Me sorprendió de forma ingrata, y mi pregunta al respecto sigue fija: ¿Por qué ahora que ocurrió un estallido social, y no antes, cuando habían símiles o incluso mejores condiciones?


Peña se ha resignado a convivir en el país de las máquinas, el país dónde la responsabilidad social no sea una tónica, sino que una moda, un caballito de batalla para instrumentalizar rumbo a la obtención de demandas

En una columna anterior mencioné que el talón de Aquiles fuerte de Carlos Peña era su universidad, por la falta de coherencia discursiva, pues es distinto a como el se representa frente a la ciudadanía, a la figura de rector que el tiene. Curiosamente, en la entrevista de este domingo pasado en La Tercera, fue enfático en definir su figura de mando en la UDP de forma muy distinta a la figura de intelectual que tiene frente a la opinión pública pese a reconocer su indivisibilidad, sigue tomando la crítica ejercida por los académicos como una afrenta para censurarlo, y destaca que no cree haberse equivocado. 

Le encuentro la razón. El no se ha equivocado. En su mente y en su actuar, Peña ha tomado las determinaciones de forma cuidadosa para evitar cualquier caída en desgracia, y ha protegido tal cual deber se le impone a quienes han requerido de su consejo. En una respuesta es posible visualizar de que el fue quien recomendó a Piñera que sugiriera una nueva Constitución como una forma de ser el “Nixon que va a China”, ó sea, la persona que se sacrifica por la clase política, de una manera literalmente maquiavélica. 

Sin embargo, y es en esto donde quiero hacer hincapié, es impresionante como Peña sigue considerando a su universidad como una mera prestadora de servicios educacionales, al establecer que una entidad de esta clase solo debe entregar herramientas para desplegar el conocimiento y no debe formar, ya que esa debió ser tarea de la educación temprana.

No hay que ser infantiles al creer que una institución de educación superior creada con un afán de sacar provecho de los ingresos en cierta medida va a ser un ente dedicado, poco menos, a la beneficencia, caminando a medida en que sus alumnos exijan algo, como si fuésemos niños mimados. Pero tampoco nos podemos ir al otro extremo, al que justamente Chile ha tendido durante estos últimos 30 años, de carecer de responsabilidad social por el solo hecho de ser entes privados. Es ahí donde el pensamiento de Peña encuentra una colisión fuerte.

En Chile, durante varios años se ha conformado una tensión respecto al significado del abuso, que desembocó en los hechos ocurridos en el estallido, en donde se entiende esta labor poco proba de un Estado arrogante, ineficiente y pequeño, como una sinonimia en la que las generaciones concordaron tras el llamado de atención de los zoomers. Existe una complacencia exagerada a los grupos económicos debido a la aversión que genera la intervención pública a los pilares mismos de nuestro Estado.

Nadie dice que tengamos que virar al socialismo y castigar a los super-ricos o que tengamos que dejar de dar dividendos a los grupos empresariales, pero es necesaria la exigencia de una responsabilidad social más fuerte, que un Estado neoliberal no puede otorgar sin reducir su predominancia ideológica. Obviamente eso enciende las alarmas de las personas que se alimentan del oasis que es Chile con respecto a otros países donde no pueden actuar tan holgadamente, y prefieren dar beneficios de forma inmediata, para demostrar con pruebas fehacientes que están -léase con voz sarcástica- sumamente preocupados por sus trabajadores desde toda la vida, y que un solo cambio va a generar serias consecuencias, especialmente en lo tributario. 

El asunto es que en columnas anteriores, especialmente algunas durante el “mayo feminista” de 2018, Peña ha propulsado una mayor responsabilidad social empresarial, pero ahora que está en el ojo público más que nunca, no puede ser capturado así nada más, pues si se pusiese a pregonar sobre responsabilidad social ahora que la caldera está a punto, solo la palabra de un alumno o trabajador de la UDP bastará para hacerlo caer en el agua hirviendo que ha calentado durante años, pues en variadas ocasiones ha demostrado un actuar contrario. 

Peña se ha resignado a convivir en el país de las máquinas, el país dónde la responsabilidad social no sea una tónica, sino que una moda, un caballito de batalla para instrumentalizar rumbo a la obtención de demandas, ya que ahora que se ha vuelto un amo y señor más, necesita mantener control. 

Que dolorosa ironía: quién se ha pregonado libre de criterios impersonales, se ha vuelto un esclavo de ellos para poder seguir teniendo un sustento, aún cuando sea opuesto a ellos. 

Salve, César. 

TAGS: #Universidad Carlos Peña

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