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La historia se repite dos veces: Primero como farsa y luego como tragedia

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Margaret Thatcher on TV, Grafton Way, London, U.K., 1990. FOTO: R Barraez D´Lucca (Creative Commons)

El liberalismo se traiciona a sí mismo cuando renuncia a sus bases filosóficas en busca de un programa desbocado de acumulación sin restricciones. En el momento mismo en que alguien piensa que el ejercicio de la libertad de un sujeto, sin tomar en cuenta sus efectos, no tiene consecuencias ni de manera individual ni colectiva, cae en un error histórico. Revisaremos el porqué a continuación.

En la teoría de justicia de Rawls, las desigualdades sociales solo se toleran si los favorecidos ayudan a los que están más abajo en la escala social y mientras esa escala no se base en posiciones heredadas. El contrato social liberal fue un acuerdo de desventajas cuyo límite tolerable impedía una guerra de todos contra todos por la toma de recursos; de poder y privilegio. Recordemos que las bases de la filosofía liberal están simbolizadas en el texto Leviatán (Hobbes, 1651), donde se aborda el mecanismo de organización social moderna en una “desigualdad pactada” que impida la violencia permanente.


A diferencia del capitalismo, energía creativa y destructiva, el proyecto liberal no tiene los recursos de mímesis del primero y su respuesta histórica al verse acorralado ha sido violencia y desintegración

Antes de la modernidad, la desigualdad estaba dada por la ley del más fuerte (Prehistoria) y luego por mandato divino (Historia premoderna). Más tarde, tras la llegada de los plebeyos burgueses al poder con el apoyo de los campesinos, desaparecen los designios de un dios para distribuir y ejercer el poder. Para evitar un enfrentamiento que impidiera la expansión capitalista, se buscó universalizar la idea de contrato social. Luego, John Locke y Jean Jacques Rousseau precisaron la disputa política de ese “acuerdo”. De esa discusión, saldrán las visiones liberales y conservadoras, románticas y positivistas, de derecha e izquierda y, en resumidas cuentas, de casi todo lo que conocemos por política desde el siglo XVII hasta la fecha.

Es por eso por lo que, en términos psicoanalíticos, “el gozo ilimitado del otro” debe ser restringido con objeto de mantener el equilibrio político de un proyecto de paz sostenible. Pero esta formulación contiene una trampa. En la práctica ese consenso opera en una farsa, que a su vez es la base constitutiva del proyecto moderno. ¿Cómo opera esa trampa? Básicamente, cedemos nuestro poder a una autoridad a cambio de protección. Esa es la base. Luego, imaginamos que eso que hemos pactado lo hicimos por voluntad propia. También imaginamos que la autoridad cumplirá ese pacto en igualdad de condiciones a los más desfavorecidos de la pirámide social.

Así, con nuestra voluntad, aceptamos vivir en un engaño. Necesitamos creer para funcionar porque-tomando a Lacan- lo real como categoría es imposible de transcribir y la realidad está mediada por un lenguaje. O, como Marx dijo alguna vez: “La manera como se presentan las cosas no es la manera de cómo son, y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría”.

Pero ¿cuáles son las condiciones por las que aceptamos un engaño? Brecht, en la Obra Der Jasager  (el que dice que sí) y Der Neinsager (el que dice no),  lleva a sus personajes, con los espectadores como testigos, al dilema histórico de elegir un destino que de todas maneras aparece determinado. Lo que en las sociedades premodernas era un designio divino, en el proyecto de la modernidad se resuelve en forma de elección dentro de un marco racional. Por ejemplo, respetar las normas sociales y la ley de un país son elementos que suponen una base desde donde el sujeto liberal ejerce su libertad. Pero, claro, desde ahí en adelante todo es posible, agregando una “letra chica” al contrato de base. Bajo la idea de “el sujeto nace libre”, se agrega un “pero bajo determinadas condiciones” que, finalmente, no solo condiciona los límites de la libertad en general  sino también el acceso a determinar aquellos límites.

Brecht, en su pieza teatral, invierte esta trampa que se ejerce de manera vertical (Dios-Hombres/Rey-Esclavos/Empresario-Asalariados) y promueve la reflexión sobre el qué pasaría si se invierte la relación a la hora de determinar los límites y condiciones del “contrato”. Esto aparece explícitamente en la obra del dramaturgo alemán cuando escribe “las leyes deben ser revisadas en su validez”. Manifiesta la posibilidad de ejercer una voluntad popular que es lo que da el paso del jasager al neinsager y que grafica en parte la reflexión universal que propuso el marxismo en el paso del siglo XIX al XX. Esta obra teatral, además, se enmarca cronológicamente en 1930, en el fin mismo del proyecto liberal tras el Big Crack de 1929. Este proyecto de libertad mercantil expandida solo reaparecería tras la llegada del experimento neoliberal a Chile y luego a Inglaterra y Estados Unidos.

Entonces, si a través de este gesto se denuncia la gobernanza y se suspende su operación, ¿aparece la crisis estructural? Lo que la historia nos muestra es que sí, cíclicamente. A diferencia del capitalismo, energía creativa y destructiva, el proyecto liberal no tiene los recursos de mímesis del primero y su respuesta histórica al verse acorralado ha sido violencia y desintegración. Cuando el pueblo dice no, el liberalismo grita ofuscado: ¡Vendetta! Se cancela el contrato: el carácter universal de los derechos constitucionales, la libertad y la democracia como fin. Se reemplazan por la aplicación coercitiva de la ley, la suspensión de garantías y la dictadura como medio.

En esta reacción desbocada surge, como liberación, el fin temporal del liberalismo como farsa. En esa “excepcionalidad” , se expone el pleno derecho-sin tapujos- del vencedor para considerar una acumulación sin restricción y ejercer el abuso imperial del poder y privilegio. Así, el sujeto de la racionalidad y el desarrollo entra en sintonía con el mismo brutal proceso cultural de dominación premoderno y se mimetiza con las figuras monárquicas que combatió siglos atrás.

La catarsis política de la suspensión de la gobernanza democrática es, entonces, un momento en el que se puede desatar una síntesis entre la raíz pulsional del capitalismo sin límites y la declaración pública de la farsa devenida en tragedia. Por un breve tiempo, el liberalismo lleva al extremo la acción de un todo vale: los ricos ya no necesitarán esconder robos, las empresas no rendirán tributos y los ejércitos nacionales aparecerán como simples mercenarios. Incluso, como en la escena del vagón del metro en el Joker (Phillips, 2019), muchos liberales desatados buscarán humillar a los subordinados de una manera gratuita. Pero ¿cuánto duró ese acto? ¿cuál fue el precio a pagar por esa performance inmoral, en la escena siguiente? Vamos de inmediato a eso. Se debe acentuar el carácter temporal de ese acto catártico del liberalismo: un programa de dictadura liberal solo conduce a la ruina de la comunidad, la muerte (simbólica o biológica) de sus jerarcas y a la guerra de todos contra todos que la teoría liberal buscó superar tempranamente, como vimos anteriormente, desde el siglo XVII con Hobbes, Locke y Rousseau.

Un régimen liberal en esta instancia, donde “solo cree que cree en sí mismo” (Kierkegaard), desata una tragedia cuyo único fin -debido a la falla performativa denunciada anteriormente- es recomenzar como comedia, tal como en el arte dramático grecorromano.

Hasta acá hemos sostenido que el programa neoliberal contiene rasgos hedonistas propios del capitalismo (destrucción creativa en palabras de Marx), que, sin un contrapeso, desatan este proceso cíclico de tragedia y farsa. Para sostener la farsa, el liberalismo debe simular, de buena fe,  la celebración de un contrato cuya base es el ascetismo mundano (debemos promover la virtud y el respeto como base de la convivencia). Constatamos desde la historia que, progresivamente, el liberalismo destruye (impulsado por el hedonismo) esas bases de manera cíclica, hasta desatar un momento anómico, vale decir, de ausencia de norma y de caducidad contractual, que es el momento de la guerra.

En Chile, lo que hace unos años era parte de nuestra farsa, empezó a parecernos irritante. Lo que en los años 90, en el mejor momento de la actuación travesti, se relató en forma de “jaguares de Latinoamérica”, de progreso e instituciones que funcionan se fue-perdonen la expresión-al carajo. Pero se nos dijo “no es cansancio de la farsa, es solo una aspiración por una mejor farsa” (Carlos Peña dixit).

Se simuló que ese ambiente de malestar no era una lucha de clases. Cuando la lucha de clases se reveló sin posibilidad de ser escondida en el estallido del 18/10, se señaló que la salida no era la conducción política antiliberal y se declaró la guerra preventiva, como antesala de la tragedia. Los árabes tienen un dicho: “si ocurre una tercera vez, ciertamente sucederá una cuarta”. Si creemos que no existen condiciones para pensar en algo así como una superación histórica de los ciclos relatados, hemos de tomar ya nuestra posición en el escenario. Es decir, si el ciclo histórico sigue su curso imperturbable, un enfrentamiento en el teatro de guerra es inevitable

Igor Ernesto Lepe

Sociólogo, Doctor © en Historia Política.

TAGS: #Desigualdad #Poder Liberalismo

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Comentarios

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Edmundo Dantes

30 de Agosto

Parece que alguien no entendió a Marx cuando dijo que “la historia se repite dos veces ,primero como tragedia y luego como una farsa, hablaba de los intentos imperialistas del sobrino de Napoleon, parece que la izquierda en el embriagador aire de la soberbia de una supuesta victoria en el plebiscito y el fin del modelo neoliberal . El fracaso de la revuelta de octubre donde no pudieron destituir al gobierno de Piñera. La gran tragedia de la mitad del siglo XX fue el fin de la democracia por el golpe de estado en Chile, lo que termino haciendo Pinochet y la junta de Gobierno fue demoler el estado empresario y el modelo de sustitución de importaciones que se que se constituyo desde los gobiernos radicales en adelante y el proceso de modernización que t de implementaron los Chicago Boys . La farsa es que la izquierda todavía cree que vivimos en los años 70s y todavía puede salvar de la derrota histórica al proyecto de allende y la Unidad popular . el nuevo proyecto de la izquierda y el progresismo a través del plebiscito de intentar de volver implementar proyectos fracasados va a terminar siendo el fin del proyecto democrático neoliberal posdictadura y el principio del fin de toda la izquierda latinoamericana .

30 de Agosto

Hola, Edmundo. Me parece muy buena noticia que gente de distintas posiciones políticas se animen a debatir sobre esta materia. Sin embargo, me gustaría proponer algunas consideraciones sobre los puntos mencionados:
-La frase del título ciertamente tiene un contexto originario por la expansión napoleónica, pero en el siglo XX y XXI su uso se ha ido ampliando a escenarios diversos. Pongo el caso célebre de Slavoj Zizek (“Primero como tragedia, después como farsa”, Akal, 2012), que se centra en el debate sobre el pensamiento único post 89 y su crisis desde fines de la década pasada. Desde esa provocación se centra este ensayo, ajustado a nuestro espacio local.
-Ciertamente Pinochet lidera el cambio del modelo ISI al modelo libre exportador, un fenómeno experimental en el que Chile fue pionero y que luego, sabemos, fue capyturando otras economías en los años 80, con más o menos resistencia. 40 años después, el debate sobre la crisis de ese proyecto también es “glocal”, se debate tanto acá como en economías grandes.
-Sobre el último párrafo, creo que el plebiscito no es una vendetta, es una oportunidad ed ajustar el cronograma a las transformaciones que vienen y que no solo contiene justicia social sino que también una nueva estrategia productiva que se debe consensuar entre los diversos actores del país, incluyendo, por cierto, a los que votan rechazo. Hay que recordar que los cambios constitucionales ven sus frutos años después, no de manera inmediata.
Saludos,

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