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Rutas acuáticas del saber

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Entre las muchas formas que la palabra –escrita o hablada– encontró para moverse a lo largo y a lo ancho de Abya Yala, una de las más llamativas fue a bordo de barcos. Barcos de todo tipo, surcando todo tipo de aguas.

Algunas sociedades originarias del continente no tuvieron más opciones para mover sus saberes que hacerlo a golpe de timón. Los Qawásqar y los Yámana, los llamados «pueblos canoeros» que habitaron las islas y canales más meridionales del sur del continente, alrededor de la Isla Grande Tierra del Fuego, pasaban la mayor parte de sus vidas a bordo de sus embarcaciones, hechas de troncos ahuecados o de cortezas atadas. Para ellos la realidad se desarrollaba sobre una barca, al ritmo que marcaba un remo. Dos elementos –para los Qawásqar, kájef y jemóxar; para los Yámana, ánan y áppi– que ayudaron a que sus tradiciones, sus relatos y sus conocimientos se desperdigaran por lo cientos de islotes y fiordos que jalonan aquella parte del mundo.


Piraguas y botes siguieron llevando y trayendo noticias por mar y por río, por ribera y por brazo. Hasta hoy. En nuestra América no son pocos los cuenteros y narradores que aún surcan las aguas y acarrean relatos y sucedidos de acá para allá. No son pocas las historias que trazan sus orígenes, todavía, corriente arriba o corriente abajo de un determinado lugar.

Otro tanto ocurrió con los Evueví o Payaguá, los mal llamados «piratas» del alto Paraná y el Paraguay, en el Chaco central y boreal. Para ellos las canoas arganaak movidas por los puntiagudos remos laraja eran prácticamente su hogar. Como lo fueron para algunos grupos humanos de las cuencas del Amazonas y el Orinoco: esas cuyos caños, riachos y afluentes componen una verdadera red caminera, por demás densa y extensa.

Con la llegada europea, los «pueblos canoeros» desaparecieron, exterminados por las enfermedades, las armas y el desprecio. Pero muchos saberes –incluyendo algunos pertenecientes a esas extintas sociedades navegantes– continuaron refugiados entre los pocos o muchos metros de eslora que hubiera entre proas y popas. Piraguas y botes siguieron llevando y trayendo noticias por mar y por río, por ribera y por brazo. Hasta hoy. En nuestra América no son pocos los cuenteros y narradores que aún surcan las aguas y acarrean relatos y sucedidos de acá para allá. No son pocas las historias que trazan sus orígenes, todavía, corriente arriba o corriente abajo de un determinado lugar.

El libro –la palabra escrita– también se movió con los barcos. Desde Europa, primero, sorteando las muchas censuras, barreras y prohibiciones. Y, poco a poco, desde las grandes urbes coloniales, allí donde se ubicaban las imprentas (menos las jesuíticas, perdidas en el altiplano o en la selva), los libreros, las editoriales… Desde entonces no ha dejado de navegar, y en su estela hay que situar varias bibliotecas nómadas, portátiles.

A finales del siglo pasado se desarrolló brevemente un proyecto de «bibliobotes» en los ríos Marañón y Santiago (Perú), como colaboración entre la Biblioteca Nacional del Perú y el Consejo Aguaruna y Huambisa (López, 1997:155).

En Venezuela, en 1987, la Biblioteca Pública del estado Amazonas (BPA) empleó una lancha de 5 m de eslora para responder a las necesidades de ciertas comunidades en las que no podía establecerse una biblioteca estable. La «bibliolancha» navegó así por el río Orinoco y por los brazos Sipapo, Cuao, Atabajo y Casiquiare, llevando tanto libros como actividades culturales.

Para 1992, y en colaboración con la Fundación Polar, la BPA lanzó el «bibliobongo», una embarcación mayor que la anterior con la que se pretendió dar servicio bibliotecario a comunidades de los pueblos Uwottuja (piaroa), Wakuenai (baniva, curripaco) y Jivi o Sikuani (guahibo). El barco, de 17 m de eslora, estaba construido a la usanza indígena, con corteza de palo mure moldeada, encofrada en madera de palo sasafra y pintada con anticorrosivo; disponía de un techo de zinc cubierto de palma, con el cual se protegían los materiales bibliográficos de las copiosas lluvias de la región. Recorrió los ríos Orinoco y Negro, y los brazos Sipapo, Cuao, Atabajo, Casiquiare y Maniapiare. Y como su antecesora, además de lecturas ofreció a sus usuarios actividades como títeres, cine, espectáculos circenses, juegos tradicionales y cooperativos, etc. (Jiménez Fernández, 2007).

Cinco años después, la BPA botó la «bibliofalca», una embarcación aún mayor que el bongo, con espacio suficiente para tener dormitorio, baños y bodega, además del servicio bibliotecario en sí. Partiendo desde Puerto Venado y San Fernando de Atabapo cubrió las rutas Orinoco-Ventuari, Orinoco-Guaviare y Orinoco-Río Negro (Pérez Redondo, 2007).

Ninguno de esos tres proyectos funciona en la actualidad. Pero sirvieron de ejemplo para muchos otros que se desarrollaron después en diferentes lugares, algunos de los cuales continúan en marcha.

Al archipiélago de Solentiname, una treintena de islas e islotes ubicados en el extremo sureste del Gran Lago de Nicaragua (o Cocibolca), llega el «bibliobote» cargado de libros cada dos semanas, desde 2012.

Un servicio similar de «bibliobote» es el que ofrece Antonio Beltrán Mosquera, quien, en una embarcación de madera llena de morrales y cajas, distribuye libros en las comunidades negras e indígenas más apartadas del municipio Carmen del Darién, en el departamento del Chocó, sobre la costa pacífica colombiana.

Mucho más al sur, la «bibliolancha» de Quemchi recorre las costas nororientales de la isla de Chiloé desde mayo de 1995. La «bibliolancha» es parte de la Biblioteca Pública «Edwing Langdon» nº 151 de la localidad de Quemchí, liderada por Teolinda Higueras; con ella se busca llevar lectura hasta las islas Chauques, lugares de muy difícil acceso. Durante mucho tiempo el servicio distribuyó los libros navegando con naves prestadas por el Servicio de Salud y la Armada chilena. En 2015 fue incorporada a la Red de Bibliomóviles de Chile, y desde 2016 puede trabajar con una embarcación propia (SNBP, 2015).

Finalmente, en Argentina, allí donde desemboca el río Paraná abriéndose en los mil brazos de un delta cerca de la ciudad de Buenos Aires, navega otra «bibliolancha». Tiene su base en la Biblioteca Popular «Santa Genoveva» del arroyo Felicaria, en la segunda sección de islas del municipio bonaerense de San Fernando. Desde principios de 1999 la lancha –de 8 m, y cargada con dos millares de ejemplares– complementa las labores de la biblioteca. Actualmente 14 escuelas dependen de ella (APU, 2016).

Los motores han sustituido a los fuertes brazos de los remeros Payaguá, y los materiales sintéticos, a las cortezas de haya de los marineros fueguinos. Pero las rutas acuáticas, como antaño, siguen atravesando todas las fronteras. Lo saben bien los chamanes Shipibo –auténticas bibliotecas vivientes y móviles de su pueblo– que remontan año tras año la corriente del Ucayali, en Perú, en busca de la mágica ayahuasca.

Serie Palabras habitadas [03]. Saberes, libros y voces latinoamericanos. Una compilación de experiencias bibliotecarias desde Abya Yala.

Lecturas

  • Aguilera F., Oscar (1978). Léxico Kawésqar-Español, Español-Kawésqar. Boletín de Filología de la Universidad de Chile, 29, pp. 7-149.
  • APU [Agencia Paco Uriondo] (2016). Libros, isleños y navegantes. Cultura, 6 de agosto. [En línea]. http://agenciapacourondo.com.ar/cultura/20244-libros-islenos-y-navegantes
  • Jiménez Fernández, Conchi (2007). Cuando el río suena, BiblioBongo a la vista: las bibliotecas en el estado de Amazonas (Venezuela). Mi biblioteca, 3 (11), otoño, pp. 94-99.
  • López, Carmen (1997). Leer por leer: pasando a en limpio tres ejercicios de producción de materiales en lenguas indígenas. Pueblos Indígenas y Educación, 39-40, enero-julio, p. 151-176.
  • Pérez Redondo, Oskar Pablo (2007). Bibliofalca. Innovadora experiencia bibliotecaria en las comunidades indígenas del Orinoco medio. Caracas: UNICEF. [En línea]. https://www.unicef.org/venezuela/spanish/BIBLIOFALCA.pdf
  • SNBP (Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas) (2015). Bibliolancha de Quemchí celebrará su cumpleaños nº 20 con una fiesta cultural. [En línea]. http://www.bibliotecaspublicas.cl/624/w3-article-49342.html
  • Vogel, Oliver; Zárraga, Cristina (2010). Yágankuta. Pequeño diccionario Yagán. Upušwáea: Vogel y Zárraga.

 

TAGS: Bibliotecas Lectura

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