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Voces indígenas escritas a mano

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Complemento del texto anterior, Voces indígenas en letra de molde

La primera imprenta americana comenzó a operar en 1539 en la ciudad de México, capital del recién creado Virreinato de Nueva España. Las obras que salieron de sus prensas (y de las otras muchas que a partir de esa fecha seguirían su estela) fueron sobre todo vocabularios, artes, gramáticas y manuales en lenguas indígenas: libros producidos por y para las órdenes religiosas, que apoyaron el proceso de evangelización de las sociedades originarias.

Los títulos de los tempranos volúmenes impresos en las principales lenguas indígenas de Abya Yala son ampliamente conocidos en los ámbitos de la historia del libro, la bibliotecología y los estudios culturales regionales. Menos divulgados son aquellos trabajos que, utilizando idiomas nativos, permanecieron por una u otra razón en forma manuscrita.


En cierta forma, el estudio de la palabra manuscrita resulta más interesante que el de la impresa: se aleja del análisis de las formas prediseñadas y pone el foco en una persona, el escribiente, y en su pulso, y en las palabras y grafías que escoge, y en los renglones que sigue, y en la forma en la que organiza el espacio de la página, y en los comentarios y apuntes que agrega en los márgenes.

Debido a que tales textos jamás alcanzaron el reconocimiento que tuvieron sus pares impresos ―en la mayoría de los casos se trató de ejemplares únicos― su difusión ha sido escasa, su conservación, compleja y su ubicación, difícil. Muchos de ellos fueron elaborados por estudiosos o religiosos, almacenados en bibliotecas conventuales y con el tiempo pasaron a colecciones privadas que, a lo largo del siglo XVIII y XIX, fueron relevadas por bibliógrafos y bibliófilos en catálogos impresos y que, en contados casos, acabaron en repositorios nacionales o institucionales.

Hoy, algunos manuscritos no son más que citas en tales catálogos de bibliófilos. Es el caso de cierto Vocabulario de la lengua otomí escrito en 1640 y corregido en 1669, con 470 hojas in folio. O un Diccionario guaraní para uso de las Misiones, producido por un padre Velázquez en 1642. O un texto de la doctrina cristiana y del catecismo abreviado del Concilio Limense, en lengua guaraní, de 1716. O el Arte de la lengua mexicana, con 91 hojas in quarto, escrito por el franciscano Andrés de Olmos en 1547, conservado hasta 1868 en la Biblioteca Nacional de España y luego extraviado.

Ciertas lenguas, como el matlalzinca del valle de Toluca (México), tardaron mucho en pasar a la imprenta. Su primer testimonio escrito data de 1542, cuando aparecieron los Sermones en lengua matlalzinga: un manuscrito de 187 hojas in quarto preparado por el franciscano Andrés de Castro, compañero del famoso Jacobo de Testera. El primer libro impreso en matlalzinca ―un texto producido por el jesuita Miguel de Guevara― vio la luz recién en 1638.

En otros idiomas, sin embargo, fueron alternándose los trabajos impresos con los documentos escritos a mano. Ejemplos de estos últimos son los Siete sermones en idioma mexicano, volumen en náhuatl de la Librería de San Gregorio de México, escrito entre 1550 y 1552 entre las localidades de Hueitlalpa y Papantla por “un compañero del señor [Juan de] Zumárraga” (el primer obispo de México), o el Vocabulario de la lengua totonaca y castellana, un documento de 29 hojas in quarto redactado por don Juan Manuel Domínguez en 1749. Pero probablemente el caso paradigmático de producción simultánea de textos impresos y manuscritos sea el del ava ñe’é o guaraní. Mientras la célebre “imprenta de las Misiones” del Paraguay no paraba de sacar libros en letra de molde, los jesuitas compilaban a mano escritos como la Breve noticia de la lengua guaraní, de 103 páginas in quarto, elaborada en 1718 a partir de las anotaciones de los sacerdotes Antonio Ruiz de Montoya y Simón Bandini; o traducciones como Aba-reta y caray ey baecue Tupanupe y ñemboaguiye…, 254 páginas in quarto en las que se volcó al guaraní el libro de Ruiz de Montoya Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús.

Los principales (y a veces los únicos) testimonios de algunas hablas originarias de Abya Yala se hallan en páginas manuscritas. Es el caso de la lengua de los Manao ―una sociedad de Brasil escasamente conocida―, recogida en el Caderno da doutrina pella lingua monoa ou dos Manaos, un librillo de 20 páginas datado en 1740. O el Arte de la lengua baure, escrito en 1749 por el jesuita Antonio Magio “después de muchos años de misionero y muchísima aplicación a dicha lengua en las reducciones de la Concepción, San Martín y San Nicolás”. Este manuscrito in folio, documentando una de las lenguas mojeñas (Llanos de Moxos, noreste de Bolivia), estuvo en la colección de D’Orbigny y hoy se encuentra perdido.

Casos similares son los del Diccionario de la lengua de los Achaguas “extractado de los escritos por los Padres Juan Rivero y Alonso de Neyra, en el pueblo de Surmeno”, terminado en 1762 y que documentó un idioma de la cuenca del Casanare (Colombia y Venezuela) hoy casi desaparecido. O el de la Gramática de la lengua saliva, escrita en 1790 por un autor sin identificar en el pueblo de Macuco, y que plasmó las palabras de los Sáliba, sociedad de la región del Meta (Colombia) y áreas adyacentes de Venezuela. O el Vocabulario de la lengua passa o setaba (en el Perú), volumen in octavo de 1795 referido a un idioma actualmente desconocido. O el Vocabulario de la lengua cuniba, “dedicado al colegio de Ocopá por su autor, fray Buenaventura Marques, predicador apostólico en Ucayali”: 73 folios in quarto datados en diciembre de 1800 que recogieron una variedad del iñapari, un idioma de la Amazonia peruana (departamento de Madre de Dios) prácticamente extinto.

Los miembros de la familia lingüística maya, originaria del sur de México y la actual Guatemala, vieron buena parte de su temprana producción escrita limitada a manuscritos.

De 1560 data la Doctrina christiana y explicación de los principales misterios de la fé catholica expuestos en lengua tzeldal, obra de 118 hojas in folio de Domingo de Ara (o Lara), referida al tzeltal de Los Altos de Chiapas (México). El Arte breve y vocabulario de la lengua tzoque, conforme se habla en el pueblo de Tepatlan, fue escrito en 1652 por el franciscano Luis González, e incluyó 333 páginas in quarto en las que se describió el zoque de Chiapas. Antes de que terminara el siglo XVII vio la luz el Arte de la lengua tzotzlem tzinacanteca. Con explicación del año solar y un tratado de las cuentas de los indios en lengua tzotzlem, manuscrito de 30 hojas in folio redactado en 1688 por Juan de Rodaz, que plasmó la lengua tzoltil de Zinacantán (Los Altos de Chiapas), y los Sermones varios predicados en lengua quiche por el padre fray Damian Delgado, una recopilación realizada en 1698, de 123 hojas in quarto en k’iche’ o quiché.

A lo largo del siglo XVIII se produjeron textos como Arte breve y compendiosa de la lengua pocomchi de la provincia de la Verapaz, un manuscrito de 8 hojas de Dionisio de Zúñiga (1720) en poqomchi’; uno de los célebres manuscritos del Popol Vuh, titulado Empiezan las historias del origen de los indios de esta Provincia de Guatemala traducido de la lengua quiché, 66 hojas in folio recopiladas en 1734 por el padre Francisco Jiménez; el Libro en el que se trata de la lengua tzotzil, “obra (según parece) del presbítero Don Manuel Hidalgo”, 60 hojas in folio terminadas en 1735; o el Arte de la lengua cholona, manuscrito in quarto de 132 folios de fray Pedro de la Mata (1748) que recogió el idioma ch’ol o chol.

Hubo otras “artes”, como el Arte de la lengua kakchikel, del franciscano fray Esteban de Torresano (1754, 143 hojas in octavo), o el Arte de la lengua quiché (1793, 191 páginas in quarto). También aparecieron documentos como la curiosa Doctrina Christiana en lengua quecchi, escrita por Eugenio Pop, alcalde del pueblo verapaceño de San Agustín Lanquín en k’ekchi’ (1795, 17 hojas in quarto), o los 26 Sermones en la lengua quiché escritos en 1796 por varios autores, entre ellos “un indio, por lo cual hay mucho que corregir”, propiedad de un jesuita de Guatemala, y conservados en la Biblioteca Nacional de París.

Ya entrando en el siglo XIX vieron la luz los últimos manuscritos mayenses, entre ellos el Confesionario en lengua kakchi, “escrito por un padre cura de la orden de Santo Domingo del pueblo de Taktic” (1812, 20 hojas in quarto) en k’ekchi’, o el Confesionario para confesar a los indios por su idioma, sacado en lengua chañabal, producido por Marcial Camposeca en tojolabal para fray Benito Correa en Comitán, Chiapas (1813, 7 hojas in quarto).

En cierta forma, el estudio de la palabra manuscrita resulta más interesante que el de la impresa: se aleja del análisis de las formas prediseñadas, los tipos fundidos, las estructuras y los tamaños estandarizados y la producción en masa (por limitada que ésta sea) y pone el foco en una persona, el escribiente, y en su pulso, y en las palabras y grafías que escoge, y en los renglones que sigue, y en la forma en la que organiza el espacio de la página, y en los comentarios y apuntes que agrega en los márgenes. Todo un acervo de pequeños detalles que, en ocasiones, han sido decisivos para enriquecer la narrativa histórica de este conjunto de tierras conocidas como Abya Yala.

Serie Palabras habitadas [12]. Saberes, libros y voces latinoamericanos. Una compilación de experiencias bibliotecarias desde Abya Yala.

Lecturas

  • Contreras García, Irma (2001). Las etnias del estado de Chiapas. Castellanización y bibliografías. México: Universidad Nacional Autónoma de México.
  • Muñoz y Manzano, Cipriano [Conde de la Viñaza] (1892). Bibliografía española de lenguas indígenas de América. Madrid: Est. Tipográfico “Sucesores de Rivadeneyra”.
  • Tecnológico de Monterrey (2007). Manuscritos Novohispanos en Lenguas Indígenas. [En línea]. https://repositorio.itesm.mx/handle/11285/594617
TAGS: #Lenguas #Manuscritos Literatura

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