#Cultura

Las bibliotecas del pueblo

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Edgardo Civallero

Una biblioteca “popular” sería —si es preciso atenerse a la definición que de este adjetivo proporciona la Real Academia Española— una unidad de información “perteneciente o relativa al pueblo”. O, quizás utilizando otras acepciones provistas por el mismo diccionario, se trataría de una biblioteca “perteneciente o relativa a la parte menos favorecida del pueblo” o “que está al alcance de la gente con menos recursos económicos o con menos desarrollo cultural”.

Tenga o no algo que ver con tales definiciones (y probablemente alguna relación haya), por “biblioteca popular” se entiende, en tierras de Abya Yala, a aquella que ha sido creada por iniciativa de la gente y que, generalmente, funciona de manera autónoma y autárquica, sin apoyo ni directrices oficiales de ningún tipo.

Esta definición se topa con una notable excepción: las bibliotecas populares de Argentina, creadas por iniciativa comunitaria pero reconocidas legalmente (ley 419 de 1870 y ley 23.351 de 1986) y apoyadas por una Comisión Nacional (CONABIP) que, de cumplirse un puñado de condiciones elementales, proporciona unos determinados servicios (apoyo, formación) y facilita unos recursos mínimos (pero constantes y bien elegidos) para que todas las unidades que componen su red puedan mantener su colección actualizada. Existen, evidentemente, bibliotecas populares argentinas que no están (ni buscan ser) reconocidas por la CONABIP y que asumen otras formas de acción (y, a veces, otras etiquetas, como “comunitarias” o “rurales”). Un buen ejemplo es la Biblioteca Popular “Luna Abierta”, una polifacética unidad con un buen número de actividades que opera desde 2007 en Barrio Güemes, en la ciudad de Córdoba, como parte de la asociación civil Teatro La Luna, un grupo en funcionamiento desde 1986.


En ocasiones, las bibliotecas populares responder a la necesidad puntual de una comunidad de contar con un espacio en donde se puedan cultivar la lectura y desarrollar el acercamiento a distintas expresiones culturales, tanto locales como globales. En otras, son elegidas por movimientos socio-políticos y grupos activistas culturales como herramientas para facilitar y provocar un cambio en su sociedad o, al menos, en esa parcela del entramado social al que pueden llegar a afectar.

Si bien existen en toda América Latina, ejemplos muy claros de cómo funciona una biblioteca verdaderamente “popular” pueden encontrarse en Chile. Allí este tipo de iniciativas resultan más llamativas por coexistir con un potente Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas (SNBP), red que trabaja en convenio con la DIBAM (Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos). Un sistema nacional que, como delata la mera existencia de bibliotecas populares, no cubre ni todos los rincones de la geografía chilena ni todas las necesidades de los potenciales usuarios de un servicio bibliotecario.

En la capital, Santiago, existen variopintos proyectos —incluyendo algunas bibliotecas itinerantes— que tratan de llevar el placer de los libros y de la lectura a todos los rincones de su barrio o, cuanto menos, de sacarlo a la calle; algo (salir de entre los estantes y los muros) que muchas unidades “convencionales” ni siquiera contemplan hacer. En 2012, Francisco Infante mostró una mínima fracción del trabajo realizado por tales iniciativas en un documental titulado precisamente “Bibliotecas Populares”; a pesar de su brevedad, la película ilustra perfectamente la diversidad de propuestas y, sobre todo, los desafíos y las dificultades a las que se tienen que enfrentar aquellos que deciden organizar y llevar adelante una de estas acciones bibliotecarias. Los cuales, por cierto, no suelen ser bibliotecarios, dato que debería poner en alerta —o por lo menos, llamar la atención— a aquellas instituciones que se encargan de la formación de futuros profesionales de las disciplinas del libro y la información.

En el resto del país andino se desarrollan otras propuestas populares igualmente interesantes. Cabe destacar una de las que llevan más tiempo creciendo, y que tiene como base la portuaria ciudad de Valparaíso: la Red de Bibliotecas Populares de Gran Valparaíso, que se extiende por las barriadas ubicadas en los más de cuarenta cerros que componen el rasgo geográfico más destacado de esa localidad.

En la actualidad, la RBPGV agrupa a una decena de bibliotecas, que desarrollan sus actividades en zonas en donde, de otra forma, sería difícil que llegaran servicios bibliotecarios de ningún tipo. Una de ellas es la “Ernesto Guevara de la Serna”, levantada (en principio, con sacos de adobe, chapa y maderas recicladas) con la colaboración de los vecinos en Población La Victoria, una “toma” de terrenos ubicada justo a la entrada de la célebre y muy turística Viña del Mar. Puede decirse, sin pretender abusar de la ya gastada metáfora, que la biblioteca fue literalmente amasada y levantada por las manos de la propia comunidad.

En ocasiones, las bibliotecas populares buscan responder a la necesidad puntual de una comunidad de contar con un espacio en donde se puedan cultivar la lectura y desarrollar el acercamiento a distintas expresiones culturales, tanto locales como globales. En otras, son elegidas por movimientos socio-políticos y grupos activistas culturales como herramientas para facilitar y provocar un cambio en su sociedad o, al menos, en esa parcela del entramado social a la que pueden llegar a afectar.

Sea como sea, ambos usos dejan en claro, por un lado, el poder transformador que puede llegar a tener una biblioteca (entendida como un espacio en el que un grupo de personas entran en contacto con unos determinados conocimientos); en ese aspecto, una biblioteca puede ser —y de hecho, ha sido y sigue siendo— un excelente instrumento de lucha por sociedades más justas e igualitarias. Y, por el otro, la necesidad de espacios bibliotecarios libres y creativos, que se despojen de las normas y las etiquetas que los constriñen y busquen, más que adecuarse a unos estándares “bibliotecarios”, dar respuesta a las verdaderas necesidades y a las expectativas reales de sus usuarios.

Que es, en resumidas cuentas, lo que toda biblioteca debería plantearse como misión principal: ser del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Es decir, “populares”.

Serie Palabras habitadas [09]. Saberes, libros y voces latinoamericanos. Una compilación de experiencias bibliotecarias desde Abya Yala.

Lecturas

BPSA (2017). Biblioteca Popular Centro Cultural “Salvador Allende”. [En línea]. http://www.bibliotecapopular.cl/

CONABIP (2017). Comisión Nacional de Bibliotecas Populares. [En línea]. http://www.conabip.gob.ar/

El Ciudadano (2010). En Valparaíso, crean nueva Biblioteca popular e Itinerante de Rodelillo. [En línea]. http://www.elciudadano.cl/organizacion-social/en-valpariso-crean-nueva-biblioteca-popular-e-itinerante-de-rodelillo/11/30/

Gran Valparaíso (2014). Campaña de donación de libros para los cerros quemados en Valparaíso. [En línea]. http://www.granvalparaiso.cl/cultura/campana-de-donacion-de-libros-para-los-cerros-quemados-en-valparaiso/

Infante Aravena, Francisco (2012). Bibliotecas Populares. [En línea]. https://www.youtube.com/watch?v=c-ldOnbZ834

RBPGV (2017). Red de Bibliotecas Populares del Gran Valparaíso. [En línea]. http://reddebibliotecaspopulares.cl/

SNBP (2017). Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas. [En línea]. http://www.bibliotecaspublicas.cl/

Teatro La Luna (s.f.). Biblioteca Luna Abierta. [En línea]. http://teatrolaluna.blogspot.com.es/p/biblioteca.html

TAGS: #AbyaYala #relatos Bibliotecas

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