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Memoria, de actores a emprendedores

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La semana pasada, tres hechos de memoria ocuparon el espacio público en distintos grados: la madrugada del 16 de abril, el memorial a los detenidos desaparecidos, ubicado en la concurrida avenida Brasil de Valparaíso, fue rayado con frases favorables a Pinochet. Tres días más tarde, un diputado de la República se refirió a las víctimas de violaciones a los derechos humanos como “terroristas”, encontrándose con el encono de una diputada víctima de estas vejaciones. Para finalizar, el 21 de abril, circuló por redes sociales una foto del ex candidato presidencial José Antonio Kast, sonriendo junto a un seguidor suyo que vestía una polera-burla de parte de los crímenes cometidos en dictadura. En este caso en particular, la polera del adherente al ex diputado Kast hacía referencia a la desaparición forzosa de personas, muchas de las cuales fueron lanzadas desde helicópteros al mar.

¿Son nuevos estos hechos? Desde luego no, toda vez que las distintas memorias que le dan significado al pasado de Chile en los últimos 40 años son parte de nuestra cotidianeidad social. Lo novedoso, a mi juicio, es que por primera vez este tipo de manifestaciones está encontrando una representatividad política que, a la larga, legitima estas acciones y pone un manto de cierta liviandad respecto a los juicios que se pueden hacer sobre temas tan delicados como la tortura o las violaciones sistemáticas a los DD.HH. En Europa ocurre algo similar, acallado sólo en los países que cuentan con legislaciones para evitar alabanzas a ideas totalitarias como el nazismo.


Los “emprendedores” están cuestionando un relato de memoria sobre el pasado, proponiendo interpretaciones alternativas y adaptándose al cambio de época del que parecemos ser parte. Esta actitud requiere, por tanto, que los “actores oficiales” de la memoria sobre el pasado puedan revelarse contra estas manifestaciones.

Si definimos la memoria sucintamente como la experiencia personal que cada uno de nosotros tiene con el pasado, habría que decir también que existen dos formas de vincularse con ella: como “actor” o como “emprendedor”. La primera supone una actitud monolítica, de resguardo de un pasado o de una memoria colectiva que debe ser transmitida a las nuevas generaciones. La arquitectura del Museo de la Memoria puede ser un buen ejemplo: un bloque de concreto, al estilo de un puente, que une pasado y presente. Se trata de una actitud necesaria, qué duda cabe, pero que encuentra dificultades para enfrentarse a las disputas de memoria que instiga la segunda actitud, la de emprendedor, más móvil, emergente e inesperada, capaz de poner a pruebas los cimientos de la memoria colectiva mayoritaria. Quienes rayaron el memorial a los DD.DD. en Valparaíso y el seguidor de José Antonio Kast con su polera son emprendedores de una memoria que creíamos superada. Están “luchando por mentes y corazones”, como señaló Steve Stern, en un país donde las transformaciones no sólo se están produciendo en términos políticos, sino también identitarios.

Los “emprendedores” están cuestionando un relato de memoria sobre el pasado, proponiendo interpretaciones alternativas y adaptándose al cambio de época del que parecemos ser parte. Esta actitud requiere, por tanto, que los “actores oficiales” de la memoria sobre el pasado puedan revelarse contra estas manifestaciones, no a través de los museos o los textos escolares, sino por medio de “proyectos, ideas y expresiones” que puedan “movilizar y organizar a grupos humanos para su causa”, como ha señalado Henry Rousso. Dicho de otra forma, el campo de batalla configurado en el último tiempo demanda una transformación de los actores en emprendedores, de manera que el acercamiento a temas como la dictadura, las violaciones a los derechos humanos o el golpe de Estado, pueda cumplir su verdadero cometido que es transmitir culturalmente a las nuevas generaciones la valoración de la democracia, las libertades civiles y el respeto irrestricto a la dignidad humana.

Probablemente de esta manera se logre detener la todavía incipiente avanzada revisionista de la que estamos siendo testigos. Condenar estos actos o declaraciones es un mínimo que no se puede eludir, pero considero todavía más importante transmitir a las generaciones del futuro las consecuencias de nuestra historia reciente. Para ello, es necesario no perder la batalla de la memoria ni tampoco la de cómo leemos, interpretamos y en definitiva, vivimos nuestro vínculo con el pasado y el presente.

TAGS: #DerechosHumanos Memoria

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