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Pan y circo

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He mantenido bastante distancia a lo que está pasando. No he querido participar en marchas, tampoco he estado pegada al televisor viendo lo que quieren que vea, y escucho los programas de radio en que me dan la información justa y necesaria para saber qué cosas están funcionando y cuáles no.

Y mantengo esta distancia no porque no sienta una frustración enorme hacia muchas situaciones injustas, ni porque tenga miedo a mi seguridad. Tampoco lo hago porque me haya sorprendido lo que ha pasado, porque hace mucho que esperaba que pasara algo así, y temía que fuera con violencia, y no creo el mantra de que “no lo sospechábamos” que rezan los políticos, porque por algo durante años nos habían dado pildoritas para mantenernos tranquilos. Mi distancia se debe a que, tras años estudiando y viviendo revuelta tras revuelta tras revuelta, fui perdiendo el optimismo de que actos de este tipo que se realizan bajo el slogan “vamos a cambiar el mundo” lleguen a un buen puerto.


Para exigirles medidas concretas, los ciudadanos debemos dejar también de pensar que nos conviene como individuos, sino pensar en que nos beneficia a la mayoría de chilenos

Y ello porque prácticamente no varían el patrón. Surge la manifestación, la gente se moviliza exigiendo cambios, sin tener claros exactamente a qué se refieren, lo que los hace pasto de populistas, que juraran, sobre la tumba de sus padres, darle lo que la gente quiere, siendo electos y volvemos al punto de partida. Y ello porque en muchas revueltas, la gente que sinceramente luchaba por cambiar las cosas quedaron sumidas bajo una minoría, cuyos únicos objetivos era el de poder vivir como la gente a la que buscaban derrocar. Las minorías intransigentes doblegan a las mayorías. Prueba de ello es la destrucción en Santiago centro. ¿Cuántas personas han marchado? ¿100.000, 200.000? ¿Cuántos causaron destrozos, 40, 50?  ¿Por qué esa masa de gente de verdad cree que podrán hacer cambiar a la minoría política, si no son capaces de controlar a las minorías violentas que surgen de sus marchas y que tienen ante sus propios ojos?

Pero lo que me molesta es el hecho que el peor patrón de todos se vuelve a repetir: no hay una respuesta concreta a la pregunta ¿la gente sabe lo que quiere?

Partamos con algo sencillo: dignidad. Estamos de acuerdo que muchas personas en este país no son tratadas con respeto y dignidad, empezando por los adultos mayores, quienes han sido los más perjudicados en los últimos 30 años. Pero cuando alguien marcha gritando “dignidad”, y al mismo tiempo suelta exabruptos descontrolados contra ciertos personajes de la televisión por sus opiniones, ¿se está comportando con dignidad? No. Menos todavía una persona que destruye cosas, como la Liga de la Epilepsia en la Serena o los kioskos de diarios de Concepción, o que acepta dinero para generar caos, sin importarle el daño que crea en sus vecinos cuando les tira molotovs y piedras a los buses donde se transportan. Si una persona que exige dignidad no es capaz de comportarse acorde con esa cualidad, o sea, con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden, pero tampoco lo hace, nos crea un problema a los demás, porque ya no solo tenemos que enseñar a políticos, periodistas y grandes empresarios la imperiosa, e incluso conveniente necesidad de tratar con dignidad a las personas, sino que además hay que detenerse a explicárselo a quien está enfervorizando saltando con un cartel con una palabra que no comprende.

Vamos con la siguiente demanda: Piñera renuncia.

Yo no voté por Piñera. No lo hice la primera vez, menos lo hice esta segunda. Pero hubo mucha gente que sí lo hizo, dos e incluso mas veces, porque fue senador, gente que ahora está marchando en su contra. Y mi pregunta es: ¿en serio le creyeron sus mentiras? Sí, se las creyeron, pese a que muchos dijimos que mentía, incluso cuando gente de derecha dijo que era un mentiroso. Por lo que la única razón para que renuncie, o sea, que la ciudadanía no confía en él, suena rara, porque era sabido qué clase de tipo era desde hace años.

Ahora bien, si algo uno  aprende mirando el pasado, es que muchos políticos que meten las patas, sobre todo de la raza de Piñera, sencillamente renuncian. Pero los invito a mirar la Constitución. ¿Qué va a pasar con Piñera si renuncia? A él no le va a pasar nada,  el señor claro que se largará a vivir fuera del país, que para eso tiene los recursos. Pedirle la renuncia a Piñera es librarlo del problema. Y díganme ¿quién va a tomar las riendas del país entonces? 99% de probabilidades que un populista, que volverá a cantar la canción de “vamos a cambiar el país” y blablablá, pero que puede ser incluso peor que este incapaz. Tenemos ejemplos de ello: ¿qué lograron los argentinos sacando a Fernando de la Rúa el 2001? ¿Qué lograron los españoles sacando a Mariano Rajoy en el 2018? ¿Y los italianos sacando a Silvio Berlusconi? Y por favor, no hablemos de una acusación constitucional, porque es una sanción política, no penal.  ¿Qué se daña la honra de la persona? Les pregunto, ¿creen que Sebastián Piñera, o Andrés Chadwick, o varios de nuestros políticos saben lo que es tener honor?

No apoyo la renuncia de Piñera porque Hermógenes Pérez de Arce tenía toda la razón cuando en el año 2017 dijo “Piñera es una persona que trabaja para sí misma”. ¿Qué tal si, por una vez, lo obligamos a trabajar por nosotros? ¿Quería ser Presidente? Lo debe ser hasta el último día. Lo que significa que si los congresistas realmente quieren hacer las cosas bien, no autoricen su viaje a la COP25. Es el presidente de Chile, no puede largarse mientras las cosas estén así de mal, de hecho el resto del mandato no debe viajar a ninguna conferencia superflua (y sí, la COP25 lo es).  Y tampoco debe seguir teniendo la libertad de elegir a quien le dé la gana como ministro, aun cuando sea cargos de confianza, porque no mostró criterio para elegir a quien realmente es capaz de hacer el trabajo, sino que siempre elige a sus amigos, a quienes les encanta la letra chica. Es el presidente de Chile, debe tener a su lado ahora a un gabinete pluripolítico, no a gente de su confianza, porque no lo son de la nuestra, empezando por él. ¿Y si no confiamos, por qué entonces mantenerlo como Presidente? Porque el señor se llenó la boca durante años hablando de su vocación de servicio público, es hora de cobrarle la palabra, no permitirle irse a su casa disfrutando de lo que ha “ganado” estos años, y que desde ahí de cuñas periodísticas de “yo lo habría hecho así, yo lo habría hecho asá”. No digan que no lo hará, porque durante años es a lo único que se dedicó.

Pero eso implica que la derecha entienda que sus oportunidades de volver a ser gobierno están bastante congeladas por al menos el próximo período presidencial, y que la izquierda entienda que tampoco está en mejor condición, por lo que si realmente quieren compensar décadas de traición a la ciudadanía, tendrán que poner sus nimias diferencias a un lado, sus ambiciones de plano descartarlas, y fijar la atención en el bien de la mayoría de la gente. Y eso significa no caer en populismos. Y no lo harán si los ciudadanos los forzamos a no vender humo, otra vez. ¿Y cómo los podemos forzar? Dejando de escuchar la palabrería insulsa que están diciendo, y exigiéndoles medidas concretas. Hace ya varios años que no tenemos a ningún candidato que tenga un programa que valga la pena leer, solo ponen promesas, sabiendo que no las cumplirán, porque saben que pueden refugiarse en el ya consabido “hicimos lo mejor posible”. No es cierto, es hora también de cobrarles la palabra.

Pero para exigirles medidas concretas, los ciudadanos debemos dejar también de pensar que nos conviene como individuos, sino pensar en que nos beneficia a la mayoría de chilenos. Debemos aprender a informarnos, no a leer lo que se ajusta a lo que pensamos, debemos aprender a ser realmente ciudadanos, hacer política. Y no veo que eso este realmente pasando, porque todo se reduce a “exigimos, exigimos, exigimos”. Nosotros también somos responsables de este desastre, por no querer ser ciudadanos, que implica asumir nuestros deberes. ¿Cuántos de los que están marchando fueron a votar? ¿Cuántos se han preocupado realmente de leer los proyectos de ley que nos afectan a la mayoría? ¿Cuántos dejaron de lado las redes sociales para sentarse a leer la Constitución que pretenden cambiar? ¿Entienden que ser ciudadano es más que querer armar un campamento de quejas frente a la Moneda?

Sigamos con los privilegios. Se exige poner fin a los privilegios.

Un privilegio tiene dos acepciones: una excepción y una ventaja. Es una excepción cuando otorgamos una alteración en los derechos de las personas. Para que se comprenda: toda persona nace con derechos inalienables, sin embargo el Estado puede limitar el ejercicio de esos derechos o reforzar algunos en beneficio de ciertos colectivos en pro de que esos grupos no vean mermado el ejercicio de sus derechos. Por ejemplo, lo que se conoce como “privilegio de pobreza”, que es un beneficio por el cual una persona queda exenta de  los gastos judiciales, lo que permite no excluir a personas de una asistencia letrada por motivos económicos o por otros motivos. ¿Otro privilegio? Aunque no se va a creer, el tener un sueldo mínimo garantizado por ley es un privilegio. Podemos debatir sobre los efectos, tanto positivos como negativos, pero dado que somos una economía de libre mercado, y que en rigor el tener un salario mínimo fijado por ley va contra ese sistema, sí, esa medida es un privilegio.

Pero el privilegio puede ser una ventaja. Y ahí sí tenemos un problema. ¿Cuándo es una ventaja?

Y ahí estamos cayendo totalmente en brazos de los que, con una prepotencia moral insólita,  acusan a cualquiera de “privilegiado” al son de “eres privilegiado por vivir en un determinado barrio”, “privilegiado por tener nana”, “privilegiado por estudiar en x colegio”, dejando que hable el resentimiento y la envidia, no la razón.

¿Es ventaja en sí misma vivir en un determinado barrio? Podría parecer que sí, pero esa es una respuesta simple que nos impide considerar que incluso en comunas consideradas pudientes pueda haber problemas. Es lo que se conoce como “pobreza encubierta”, tan propia de la verdadera clase media, que automáticamente queda excluida de cualquier asistencia estatal, ni recibe ningún beneficio, sencillamente por vivir en un determinado lugar. Es cosa de darse un paseo por Ñuñoa o por La Reina, e incluso por la denostada Las Condes, en que personas no han tenido alternativa más que vender sus casas porque sencillamente no pueden pagar las contribuciones con las pensiones que reciben, o que caminan cuadras tras cuadras para conseguir transporte porque allí no llega el transporte masivo ya que “todos tienen auto”. Y ni hablar de comer sano, porque hay comunas donde las ferias libres ya han desaparecido, por lo que dependen del supermercado, que varían los precios de acuerdo a la zona geográfica donde se ubican, por lo que la diferencia de precio de una lechuga comprada en Puente Alto y una comprada en La Dehesa puede ser de hasta 40%. La ignorancia de quienes livianamente tratan de cuicos a cualquiera que viva en esas comunas es tan grande como la que tienen ciertas personas que viven en esos barrios “pudientes” de lo que pasa en otros sectores de las ciudades. Son los unos para los otros.

¿Cuál es el privilegio de vivir en un determinado barrio o ir a un determinado colegio? Pitutos. En ciertos lugares se pueden hacer mejores pitutos que en otros. Pero la cosa es así: acusar a alguien de tener mejores pitutos es no entender el meollo de la cuestión: el problema que es el pituto en sí. El pituto, creado mediante “redes”, “contactos” y “lobbys”, impide cualquier intento de incorporar a alguien al “club” que no sea “útil”.  No podemos seguir manteniendo un sistema laboral en que más del 40% de las personas empleadas consiguieron  su puesto gracias a un buen pituto,  no a su capacidad, y hablamos desde ministro a conserje de edificio. Y ahí no solo basta con señalar con el dedo a los políticos, que es fácil, debemos apuntar también a quienes han permitido que eso ocurra, que son los de  “profesión: pobre”. No son pocos en este país que venden sus votos por bonos y subsidios directos, y es a ellos quienes se dirige los Desafío Levantemos Chile, allá van los políticos cuando hablan de “el pueblo”, a ellos les ofrecen cosas, generando un círculo vicioso de dependencia que es parte relevante en el tema de la desigualdad, porque en vez de generar las condiciones para que personas logren, mediante esfuerzo personal, superar su condición económica, o sea, que haya movilidad social, hay un sector bastante extenso de la población a la que mantenemos como pobre, en beneficio de un grupo de muy bien apitutados, que venden el cuento de que eso es “Estado bienestar”. No, eso no “Estado bienestar”, es asistencialismo, que es caldo de cultivo del clientelismo político y que permite que salgan electos políticos corruptos y populistas.

¿Quiénes son realmente las víctimas de todo esto? La masa de personas que no tiene bonos porque vive en La Reina, y que no tiene un buen pituto para conseguirlo, ni tampoco un buen pituto para tener un empleo y no necesitar esa ayuda. ¿Importamos? No, en absoluto, porque debemos creer que el privilegio es vivir en Las Condes, y ser hombre, blanco y heterosexual. Listo.

Ahí tenemos la ventaja de vivir en determinado barrio: están los que viven en ciertos sectores a los que no se les molesta cuando evaden impuestos, y están los que apenas pagan impuestos pero que reciben bonos económicos, a cambio de votos que van a parar hacia quienes jamás les darían la mano. Esa ventaja debe desaparecer. Debemos forzar a que se generen las condiciones de movilidad social que reducirían la brecha social, lo que significa dejar de lado la mirada victimista detrás de ese manido concepto de “vulnerables”, debemos dejar de mirar al privilegio como algo innato, incluso como seña de identidad. Somos iguales, nacemos iguales, entonces asumámoslo, que somos perfectamente capaces de salir adelante, de superarnos, sin que nos lleven de la manito.

Soy escéptica, porque esto no deja de ser una repetición de discursos que ya he oido, en que todo se limita a señalar con el dedo, y ver esto en términos de “abusados/abusadores”, y en que somos “pobres víctimas”. Necesitamos realmente tener  claros objetivos y demandas precisas y realizables, sin ignorar los deberes que tenemos que contraer para crear un verdadero nuevo paradigma social, porque estamos al borde de caer en un populismo descarado. Tendremos pan, hemos tenido harto circo estos días… ¿qué tal si esta vez lo hacemos diferente?

TAGS: #Desigualdad #EstoPasaEnChile Descontento Social

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