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La nueva (vieja) fórmula para terminar con el terrorismo

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Una de las primeras medidas del recientemente instalado gobierno de Sebastián Piñera, fue abordar el fenómeno de la violencia y particularmente la de carácter terrorista, tal como fue planteado en su programa de gobierno y en sus alocuciones públicas.

La manera de enfrentar este problema fue a través del anuncio y firma de una serie de indicaciones que permitirán reformar la Ley Nº 18.314, conocida como “Ley Antiterrorista”, normativa que tiene su origen en 1984 durante la dictadura de Pinochet, y que con posterioridad a su promulgación ha sido modificada en seis oportunidades.


¿se puede pretender terminar, reducir o frenar la violencia terrorista con la promulgación de nuevas leyes sin hacerse cargo de las causales complejas y sistémicas que la originan?

En la lógica legalista que ha imperado en la cultura política chilena, algunos sostienen que una forma de resolver los conflictos sociales que se dan en el país es a través de legislaciones más drásticas, con penas más severas, y con mayores niveles de control por parte de las policías.

La firma de esta nueva indicación se hizo durante la primera visita que hace el mandatario a la región de la Araucanía y sin duda el lugar elegido para este anuncio no parece resultado del azar.

La reforma a la ley se expresa en la modificación y/o inclusión de once medidas que buscan en términos generales, aumentar las atribuciones de las policías y las fiscalías en la persecución de los delitos identificados como terroristas y en expandir los ámbitos que pueden ser considerados como tales.

Posiblemente estas modificaciones producirán satisfacción en aquellas personas o instituciones que consideran que sus derechos han sido vulnerados precisamente por la acción violenta de personas o grupos que a la fecha no son identificados con certeza y que tampoco ha sido posible establecer con claridad las demandas e intereses involucrados.

Dado este escenario se torna relevante preguntarse, si esta u otras reformas legales, son suficientes y significativas para cumplir con las expectativas generadas.

Una manera de aproximarse a una respuesta, sería apreciando la situación a escala global sobre cómo la violencia terrorista se ha expresado en los últimos tiempos. En relación a ello, la información disponible no es muy alentadora: según el Índice de Paz Global, posiblemente el indicador más reconocido sobre la violencia en el mundo, señala en su último informe del 2017, que la presencia de acciones terroristas se incrementó de 65 países afectados por estas acciones el 2016 a 77 el año pasado, no obstante el informe también reconoce una disminución de las víctimas mortales.

En una mirada más próxima, el mismo informe reconoce en América a Costa Rica, como el país con menor presencia de actos terroristas, ¿será entonces que las leyes antiterroristas permiten contar con este positivo indicador?, o ¿más bien una serie de condiciones sociales, culturales, económicas y políticas terminan dando cuenta de los buenos resultados?.

Uno de los investigadores que más han aportado al estudio de la violencia contemporánea, el sociólogo y matemático noruego Johan Galtung, introdujo durante la segunda mitad del siglo XX, un modelo simple pero muy explicativo de los elementos que configuraban la violencia social y que es conocido como el “Triángulo del Conflicto”, en él, Galtung realiza el ejercicio de discriminar distintos tipos de violencia y las condiciones que permiten su emergencia. Así, reconoce un primer tipo de violencia, que es la más distinguible y visible porque precisamente es aquella que se da de manera explícita y concreta, como lo es la violencia directa, la que se aprecia en ataques efectivos contra las personas y los objetos, las que pueden incluso involucrar la vida de las personas, y/o con cuantiosas pérdidas al patrimonio público como privado.

Si reconociéramos a la violencia directa como “la” violencia, sin lugar a dudas que todas las leyes y recursos invertidos en evitar estas acciones tendrían un gran resultado. No obstante, los tomadores de decisiones, no consideran otros tipos de violencia que constituyen este triángulo violento. Estos otros tipos Galtung los identifica con la violencia cultural, que es aquella que se produce como consecuencia de la construcción de creencias intolerantes a otras, como ocurre con conflictos con raíz religiosa, ideológica o étnicas, y la violencia estructural, que sería el resultado de un diseño asimétrico de la sociedad, que se expresa a través de la pobreza, la miseria o la exclusión. Entre estos tipos de violencia se entendería la violencia social, como un todo, donde causas y efectos van en todas las direcciones imaginables.

Dado este escenario, ¿se puede pretender terminar, reducir o frenar la violencia terrorista con la promulgación de nuevas leyes sin hacerse cargo de las causales complejas y sistémicas que la originan?, ¿existirá la voluntad política para aquello?.

TAGS: #LeyAntiterrorista Terrorismo

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25 de Marzo

Buen Argumento.
Quienes ostentan el poder político, económico y militar no tienen lazos sanguíneos con los pueblos originarios, más aún, descienden directamente de emigrantes europeos, siendo ellos, un porcentaje importante, sobre todos los más prósperos en todas las áreas que se pueden destacar en nuestro país, de personas que no llegaron más atrás que alrededor de 140 años, siendo el mismo Presidente Piñera un ejemplo de ellos, donde, los puntos de partida y de llegada de todas estas culturas en comparación con las que han permanecido en este territorio por miles de años. “Son completamente distintos”. Siempre es el conquistador y su lógica las que impone la ley; la religión; la lengua; la repartición y demarcación de las tierras. Nuestra distribución provincial, siendo el avance y fundación de ciudades del sur, es una prueba concreta de ello (Obedece a una estrategia militar).
Hoy este gobierno tiene a través de las urnas un empoderamiento distinto. Pero… desgraciadamente esta operatoria conquistadora se mantiene. Dos aspectos: El Chileno medio aunque mestizo reniega de su origen y los otros no tienen nada en común. Se suma la negación por parte del estado del saqueo e imposición de cultura a través de la espada y el genocidio cometido en contra de los pueblos ancestrales.
¿Puede haber una política distinta en un país que reniega su origen; El hijo del cid que todavía “Cree ser Hernán” Cortés y Otros que se avergüenzan y no defienden su cultura o lo hacen con violencia?

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