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La metáfora de la Muerte Roja

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En el año 1842 el escritor norteamericano Edgar Allan Poe escribió La Máscara de la Muerte Roja, un relato que narra la historia de un próspero y acaudalado príncipe italiano que muere en su esfuerzo por eludir la peste negra.

Ciento ochenta años después, nunca nadie imagino las similitudes con la pandemia del Covid-19. Guardando las proporciones, del número de habitantes existentes a nivel mundial en aquella época y del impacto que tuvo la peste bubónica (o peste negra) por donde se difundió.

Su punto de partida en el siglo XVI se situó en la ciudad comercial de Caffa (Feodosia -actual Ucrania), a orillas del mar Negro, luego se extendió rápidamente por la Cuenca Mediterránea y el resto de Europa en pocos años.


La vida nos enseña que tanto las enfermedades, como el tratamiento y la muerte al fin, están dotadas de clase social, por una condicionante social que es el cuidado, el reposo, el tratamiento oportuno, la alimentación, el aislamiento, la prevención

Las consecuencias de la peste negra incluyeron una serie de trastornos religiosos, sociales y económicos, los que provocaron profundos efectos en el curso de la historia europea. Al igual que las terribles consecuencias del Covid-19, y sus efectos a nivel económico, psicosocial y ambiental, pareciera que la sociedad se constriñe, que levita en su ausencia, en su espuria confinación obligatoria y ya nadie es el mismo, con o sin Covid, de alguna manera nos contagió a todos, alteró nuestra vida entera, los tiempos, los espacios, las distancias, el temor al otro a la vida con el otro, a la vida en sociedad.

La experiencia colectiva es lo que nos determina como para denominarnos sociedad, el tacto, la caricia, el beso, el sexo, todo aquello que nos identifica como animales, pero además el intercambio, el saludo, la cotidianidad, las pequeñas cosas de humanidad.

La Peste Negra del siglo XVI, fue una de las epidemias más devastadoras en la historia de la humanidad que alcanzó su punto máximo en Europa entre los años 1347 y 1350, con un tercio de la población muerta. Redujo la población mundial de un total estimado de 450 millones a entre 350 y 375 millones.

En nuestro caso, coincide con el período de más baja natalidad experimentado en Chile desde hace 100 años, así por ejemplo, de 5.5 hijos promedio nacidos el año 1960, hoy tenemos un 1,4 promedio. Una extraña sensación de pueblo fantasma, porque país desarrollado no somos, es más bien el capitalismo ultraliberal que abrió el consumo ilimitado de viajar, estudiar, salir, conocer. Y todo esto sin plata no se puede hacer, pero si con deudas. También descartó la maternidad y paternidad, o definitivamente la despojó. Y si bien es un proceso irreversible, esto es parte también de un fenómeno económico: ¿a qué costo tengo un hijo?, ¿para qué?, y más aún, que propósito tengo si esa persona pequeña, debe confinarse, parapetarse en cuatro paredes y debo mantenerla, alimentarla, educarla?. No se compara esta limitación con salir a conocerlo todo, pensando obviamente que ese “todo” está fuera de Chile y no acá.

No se nos viene fácil. Muchos ancianos, pocos niños, baja natalidad, incentivos al consumo, al estudio a la vida mundial global de conocer todo y aprender de todo un poco y de mucho nada. Ser ilustrado banalmente en todo, leer la solapa de un libro y un par de titulares por internet bastan como para ser un personaje ilustrado.

En diciembre de 2019 la OMS recibió reportes de presencia de neumonía de origen desconocido en la ciudad de Wuhan, en China. Rápidamente, las autoridades de este país identificaron la causa como una nueva cepa de coronavirus. no como producto de laboratorio sino una zoonosis vírica originada en murciélagos, frecuentemente receptores de este tipo de virus, son luego transmitidas a través de otros mamíferos, al ser humano.

Por su parte se dice de la Peste Negra fue causada por la bacteria que transportaban los roedores y las personas eran contagiadas cuando eran picadas por una pulga de un ratón infectado.

Ambas de origen animal que terminaron afectando al ser humano y se reprodujo rápidamente entre las personas más débiles de salud y las de mayor edad.

Pero la vida nos enseña que tanto las enfermedades, como el tratamiento y la muerte al fin, están dotadas de clase social, por una condicionante social que es el cuidado, el reposo, el tratamiento oportuno, la alimentación, el aislamiento, la prevención, todas acciones dotadas de lucha de clases, del lugar que ocupamos en la sociedad por lo que tenemos y no por lo que somos: porque finalmente hoy en el mundo somos lo que tenemos.

Según un docente de la Universidad de Manchester llamado Hugo Santander, ya en las primeras líneas de la Mascara de la Muerte Roja, se anuncia la combinación mortífera de pobreza y la enfermedaddesde hacía tiempo la ‘Muerte Roja’ devastaba la comarca y ninguna pestilencia había sido ni tan fatal ni tan abominable…era la rojura y el horror sanguinolento. Según se documenta, se sufrían dolores agudos, mareos repentinos y un desangramiento profuso por los poros. Las manchas moradas en el cuerpo de una víctima, y particularmente sobre su rostro, eran los signos que la hacían evidente.

Santander realiza una especie de comparación entre el relato de Poe y el capitalismo actual, analiza que “la esclavitud ha sido reemplazada por la mano de obra barata…las mercancías de Asia, Africa y Latinoamérica son comercializados en sociedades prestantes de créditos a países pobres bajo condiciones draconianas.

Luego de competir con economías locales desprotegidas y desreguladas de los países de la periferia. La mayoría de las democracias del primer mundo actúan como países dominantes y ellos mismos tienen su propias oligarquías enriquecidas, gobiernos corruptos dominados por tiranos que no trepidan al momento de explotar mano de obra y destruir los recursos naturales del tercer mundo. Algo muy similar al concepto de centro-periferia (o teoría de la dependencia), que por los años 50 fue particularmente utilizado para referirse a las desigualdades sociales y económicas a nivel mundial, haciendo referencia entonces a los países centrales y países periféricos, con significado similar a otras divisiones de uso habitual, como norte-sur, mundo desarrollado-subdesarrollado y primer mundotercer mundo.

El Príncipe entonces, ciento ochenta años después, nos hace pensar en su egolatría, su egoísmo, narcisismo y crueldad al fin. Intenta defenderse de la peste, encerrándose en su castillo con sus cercanos oligarcas y terratenientes, invitándolos a una fiesta de disfraces lejos y protegidos de la peste, del pueblo, de la plebe sufriente, adolorida y sangrienta, muriendo cientos de personas de dolor, de hemorragia, de hambruna.

Suena muy frívolo organizar una fiesta en ese contexto, y así lo busca describir Poe. Las monarquías siempre han sido crueles, en realidad quienes detentan el poder siempre han tenido privilegios y en eso no hay distinción.

El Príncipe convocó a mil personas, entre sus caballeros, y los condujo al bosque para recluirse en una de sus abadías fortificadas. Los cortesanos provistos de fraguas y martillos, soldaron las puertas de hierro que lo circundaban para protegerse de la peste y los intrusos.

El Principe y su corte, tienen la intención de esperar el fin de la plaga en el refugio lujoso. La fortificación había sido abundantemente abastecida para sobrevivir un tiempo desconocido y junto a las comidas, había bufones, saltimbanquis, bailarines, orquestas,

¿No es el mismo egoísmo actual?, irse a la casa en la playa, al campo, a Miami a la seguridad del Castillo, mientras los pobres mueren, sufren, no tienen trabajo, no tienen posibilidades de laborar por muy precario que sea su empleo: ambulante, clandestino, sin permiso, ni lugar fijo, huyendo de la policía implacable y cruel que expropia sus miserias y deja más desprovistos aún más a los pobres. Su trabajo es menospreciado, vulgarizado por las grandes tiendas aparentemente polutas, pero tan sucias como el barro y la alcantarrilla con ratones llenos de pulgas infectadas.

Neocolonialismo se le llama: no necesito un invasor externo para ser colonizado, solo vivir en un país pobre. Así son los países industrializados, te explotan de otra manera, sin necesidad de cadenas, ni látigos, somos libres para ser desprovistos, dominados con el empleo que está en el último eslabón y con el peor salario.

Luego de invitar a sus parientes y amigos, el príncipe Próspero celebra su mascarada en seis de los siete salones de su fortaleza, el efecto de la luz de las lámparas que se filtraba sobre los pesados colgantes de fuego, pero afuera había una muchedumbre sufriendo hambre y dolor.

Al sonar la medianoche, todas las personas que estaban dentro del castillo vieron pasar a una persona vestida con ropa oscura y manchada de rojo. Llevaba una máscara que parecía un cadáver. Para ver quién era, el Príncipe lo persigue, lo acorrala y lo amenaza con una daga. Al desnudarse y ver su rostro, el príncipe grita espantosamente, se llena de sangre y cae muerto al instante.

El intruso no era otra cosa que la Muerte Roja, todos sucumben al contagio y comienzan a caer de a uno.

La moraleja era entonces que el egoísmo de nada sirve en los poderosos que detentan el poder, por el contario estar con el pueblo es el deber de un gobernante. El príncipe Próspero por más que se confinó en aquella magnifica fortaleza, no pudo escaparse de la muerte.

No hay posibilidad de escapar al Covid, ni siquiera hay que intentarlo. Han muerto y morirán los que siempre mueren, los vulnerables, los pobres, los inmigrantes, los que viven en le periferia, los desprotegidos.

El neo colonialismo nos acecha, nos impone nuevas resistencias y formas de lucha. El problema es que el Covid nos ha matado a todos un poco y la moraleja es que el egoísmo de un rey o un gobierno no puede sustentarse en esto tiempos.

La historia del príncipe advierte sobre la inminencia de la muerte, y sobre el esfuerzo inútil de quienes cierran sus puertas a los peligros del mundo.

Lo leí hace muchos años, de echo tengo imágenes confusas del relato, pero nunca olvidé la palabra moraleja que intentaba enseñarnos el profesor de castellano. Nos compartía los valores que la literatura entregaba, las reflexiones y los aprendizajes.

¿Cuál sería el aprendizaje?, parece ingenua la pregunta, casi romántica.

La moraleja es que el Gobierno cayó redondo en la trampa del enemigo externo: el clima, la enfermedad, la delincuencia. Cómo no se han dado cuenta que ellos mismos, por querer evadir el proceso cayeron en el mapa mundial de la injusticia y que no hay castillo que los salve. El castillo también es irse al Caribe mientras  acá no se puede salir de una población a capear el calor, a un parque a un lago.

El pueblo es la máscara roja y el castigo será peor que la muerte para el Príncipe y sus señores oligarcas.

 

TAGS: #Coronavirus #Desigualdad #Pandemia Literatura

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