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El feminismo del trabajo sexual

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Nos hemos visto frente a una gran polarización en torno al feminismo dada la visita de Silvia Federici; el punto es concreto y habla sobre el feminismo y el trabajo sexual, ¿debemos ser liberales o abolicionistas?, ¿como tratamos esa contradicción?

Ser mujer es complejo, más aun en un contexto de pobreza y abandono. La sociedad les exige mucho y les da poco. Cuando caen en desgracia se les crucifica sin clemencia, se valoran muy  poco los esfuerzos que hacen por cambiar y solucionar sus problemas.

El trabajo sexual es un tema complejo, se debe atacar con una mirada interseccional, hay que condenar las practicas de explotación sexual infantil y las que se realizan de manera forzosa y en situaciones de marginalidad; pero, sacando del análisis esos aspectos, llegamos al punto en donde existe la posibilidad que una persona pueda ejercer el trabajo sexual por decisión propia (ya sea por un problema económico, por una necesidad o simplemente, por una decisión personal); en este punto nos encontramos con feministas que niegan en reconocerles la posibilidad de optar (aún dentro de situaciones difíciles) y se les cataloga como incapaces de decidir y que optan por la salida más simple.

Si consideramos que el trabajo sexual, ha sido una de las profesiones más antiguas de la historia ¿Por qué hoy nos genera tanto resquicio hablar sobre ella?; más allá de la feminización de la pobreza, nos encontramos con la feminización de la supervivencia y en gran medida, esta situación se refleja en tres aspectos sobre las mujeres pobres: El trabajo informal precario, la inmigración y la prostitución. No obstante, se criminaliza socialmente el último y se le asimila a mafias y explotación, y negando esta actividad como una iniciativa económica y de una posible movilidad social.

¿Es un delito o una inmoralidad o es una estrategia para no cometer delitos?. Si se entiende que puede ser una de las estrategias que utilizan las mujeres para ganarse la vida dentro de la legalidad, la conclusión que se impone es que hay que ayudarlas a organizarse y defenderse; en países donde se prohíbe el trabajo sexual, es más fácil que las mujeres caigan en delitos realmente graves.

Si se profundiza en los discursos abolicionistas, hay raíces moralistas: Rubín y Butler mencionan: “Se usa el estigma de la prostitución como técnica de persuasión y eso mantiene e intensifica el estigma, a expensas de las mujeres que hacen trabajo sexual”.


Se necesita aceptar el margen de decisión, libertad y autonomía; no recurrir a la victimización y centrarnos en solucionar los problemas sociales sistemáticos que causan que tomen la decisión y si la tomaron, ayudarlas a que vivan su profesión en las mejores condiciones posibles.

Tampoco la trabajo sexual es violencia de género; dado que se basa en un servicio a cambio de de dinero; hay muchas posiciones que condenan el hecho de esta práctica,  y no se hace nada para cambiar las condiciones que favorecen que algunas trabajadoras sexuales sufran diferentes formas de violencia; un punto contradictorio es que la cifra de mujeres asesinadas y/o víctimas de violencia machista no necesariamente son de trabajadoras sexuales, en su mayoría sus victimarios son personas con un vinculo emocional (pareja, marido, novios, etc.).

Ron Roberts, catedrático de Psicología en la Universidad de Kingston, lleva años estudiando el fenómeno del trabajo sexual y sus estudios arrojan que con más de un 6% de los universitarios (en su mayoría mujeres) recurriendo al sexo como fuente de financiación para costear sus estudios en el Reino Unido.

Desde un punto de vista de rebeldía, el término puta significa el límite que se ha transgredido; en donde la sociedad les empuja a sentirse culpables, en vez de ayudarles a llevar mejor esa etapa, en reafirmar el orgullo de la independencia económica y en reconocerlas como profesionales y no como traidoras al servicio del patriarcado; quitándoles la dignidad, las condiciones donde ejercen pueden ser indignas; pero, la dignidad personal está por sobre el trabajo que se haga (Sea el que sea).

Se necesita aceptar el margen de decisión, libertad y autonomía; no recurrir a la victimización y centrarnos en solucionar los problemas sociales sistemáticos que causan que tomen la decisión y si la tomaron, ayudarlas a que vivan su profesión en las mejores condiciones posibles.

Conclusión:

Me declaro profundamente feminista, no tengo ninguna superioridad moral para condenarlas y juzgarlas; reconozco que existen muchos otros trabajos que exponen a mujeres a situaciones peligrosas, o que tengan que trabajar con sus cuerpos y para hombres. El trabajo sexual es un trabajo, para  las obligadas y sometidas: protección y persecución del delito; para las que lo viven mal: posibilidades de formación para desarrollar otro trabajo y para las que deciden ejercer el trabajo sexual: reconocimiento de la prostitución como trabajo, regulación de las relaciones laborales cuando median terceros, reconocimiento de derechos en tanto que trabajadoras y negociación de zonas para que quienes captan su clientela en la calle puedan trabajar en mejores condiciones.

¿Es más feminista trabajar como secretaria con horarios largos y menos dinero, a ser una trabajadora sexual?; creo que no, lo valioso es que pueden existir diversos caminos para auto afirmarse y surgir en un mundo que no es necesariamente ideal; es un discurso neo liberal apoyar el trabajo sexual (Pero, si ha existido durante toda la historia de la humanidad?).

TAGS: #TrabajoSexual Discriminación Feminismo

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06 de Enero

Saludos. El deseo de poder en todos nosotros carece de límites. Manifestaciones extremas -al menos hasta el presente, que con la tecnología habrá mayores-, son pretender cambiar el pasado y pretender controlar los pensamientos ajenos. Con la última de estas pretensiones se relaciona el planteamiento respecto de la ocupación más antigua. No es una cuestión que las feministas puedan controlar. Siempre habrá en la mente de las personas, medidas o tablas de valoraciones, jerarquías respecto de las ocupaciones, despreciando unas, prefiriendo otras. ¿Y quién puede prohibir que se piense de tal o cual forma? O mejor dicho, ¿cómo diantres materializar dicha prohibición? Hay más fundamentalismo en ello, en pretender controlar los pensamientos, que en todas las discriminaciones juntas que actualmente se buscar condenar. Siempre habrá quienes desprecien la prostitución, sin importar si es legal o no, porque las valoraciones, negativas o positivas que hace la sociedad, no están directamente relacionadas con su legalidad. Todavía más, las leyes, bien lo sabemos, por lo general vienen detrás de los fenómenos, son tardías, son reacciones. Si el amor es tenido por virtud y se relaciona con la dedicación en exclusiva, con el compromiso emocional en la sexualidad, evidentemente, quien se dedica a la prostitución puede practicar la sexualidad sin ese compromiso emocional, puede controlarlo o puede fingirlo. De allí que se le desprecie, y no es una cuestión que pueda controlar el feminismo.

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