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Neurociencias y educación: Reconocer lo que tenemos y lo que no tenemos

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No sé si es solo una moda o algo más, pero se ha hecho una cosa cotidiana (una costumbre) poner prefijos o sufijos propios de la ciencia (cuántica, neuro, bio, etc.,)  a diversas temáticas solo para llamar la atención o intentar dar carácter científico a algo que quizá no lo tiene o es dudosa su relación. Y esto parece estimularse cada vez que alguna ciencia avanza y crece apoyada por sus sorprendentes descubrimientos. Suelen surgir múltiples intentos de transformar todo en meras modas (pasajeras), con intenciones no siempre muy blancas. Y la educación no parece escapar a esta oscura corriente tan habitual en nuestros días. Es más, para algunos, se ha transformado en un lucrativo neuro-educa-negocio.


La vieja duda de cuál es el ambiente más propicio para el aprendizaje sigue estando abierta. Depende de qué profesor, qué alumnos, qué contextos.

No se trata de negar los sorprendentes descubrimiento, por ejemplo, que las neurociencias nos están mostrando. O no reconocer el aporte de ramas como la epigenética en los procesos de aprendizaje, memoria, neurodesarrollo y educación. Sino de detenernos y evaluar objetivamenmte lo que tenemos y lo que no tenemos. Al respecto, es fundamental tener en claro que las neurociencias, así como cualquier actividad científica, pueden lo que sus métodos pueden, son limitadas. A pesar de contar con una enorme cantidad de investigadores que estudian el cerebro, pasando por los factores transcripcionales, los neurotransmisores, la funcionalidad cerebral en términos del consumo de oxígeno o de glucosa, y llegando hasta la actividad eléctrica en dimensiones que van desde los canales iónicos hasta las neuronas, las redes y el órgano como un todo, aún no contamos con el método o instrumento que pueda dar cuenta de lo que sucede en los cerebros de los estudiantes y del profesor, en el escenario real de una sala de clases.

Como investigadores, lo que hacemos es inferir y, la más de las veces, especular sobre lo que pueda estar o no pasando en una determinada región del cerebro, mientras que como docentes/profesores observamos a nuestros alumnos y alumnas atender, divagar, soñar e incluso dormir. Aún estamos ciegos, las limitaciones son obvias.

Por lo anterior, y no creo equivocarme, la investigación en neurociencias ocupa en la sala de clases un lugar más teórico que práctico. Esta afirmación la fundamento en una obviedad (al menos para mí): el profesor en la sala de clases debe interactuar con personas, cada niño y niña, un mundo complejo de memorias, emociones, temores, aspiraciones y sueños, con cada persona como un todo. Allí no solo están la amígdala, el sistema límbico, la corteza prefrontal, el hipocampo, el tálamo y todo el conectoma cerebral, sino la persona completa. Eso sí multiplicado por el número de niñas y niños de la sala de clases. Por ello, creo que el problema de la neuroeducación es más un reto que un hecho real, por ahora inabarcable para las limitadas metodológicas utilizadas por las neurociencias contemporáneas. Es más, aunque pudiera resultar deseable para algunos, es claro que no existe una didáctica para el lóbulo frontal y otra para el temporal. Además, el “descubrimiento” de la importancia de la emoción en el aprendizaje es apenas otra obviedad, señalada en muchos momentos a lo largo de la historia de la educación, y en ello las neurociencias no ha aportado mayores herramientas.

La vieja duda de cuál es el ambiente más propicio para el aprendizaje sigue estando abierta: ¿conviene la austeridad solemne de una sala de clases escueta y de un profesor igualmente escueto y preciso en la construcción de sus explicaciones o vale la pena intentar competir con la saturación sensorial y emocional de los medios de entretenimiento para competir por el “corazón” de los alumnos? ¿Silencio o bullicio?  ¿Disciplina o agitación? Depende de qué profesor, qué alumnos, qué contextos. Depende, todo depende.

En definitiva, el asunto es en qué medida las preguntas anteriores, que son necesarias responder día a día en cada encuentro escolar, puedan estar de verdad fundamentadas en las neurociencias, al menos en la actual. Y, por otro lado, controlar la avalancha de “neurocosas” para esto y para eso otro. Solo cuando logremos conocer más podremos dar los siguientes pasos. Por ahora, caminar con cuidado por las “arenas movedizas” y evitar dar verdades absolutas en este mar de incertidumbres.

 

TAGS: #CienciaCognitiva #Epigenética #Neurociencia

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