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El pololo

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Hylamorpha elegans. Nombre común: “Pololo verde”, “San Juan”

Por razones que no me quedan muy claras, en los últimos meses, he comenzado a recordar de forma continua sucesos del pasado. En cualquier momento del día y la noche, me quedo impávido viendo el horizonte gris de estos edificios sin alma. Tomo un trago para tratar de buscar el olvido con el gusto al fuego del mismo infierno. Un jardinero que conocí en Nicaragua me dijo que la mejor manera de sacarse esos pensamientos era por medio del licor. Él aseguraba que la magia de los antiguos mayas estaba en esos brebajes como el balché y lo preparaba para mí. Su nombre era Diógenes, su apellido no le recuerdo pues fue hace muchos años atrás. También usaba un machete para lacerarse el pecho escribiendo el nombre de su amada quien jamás le correspondió. Me imagino que siguió bebiendo hasta el fin de los tiempos.

Era buen licor, pero no me ayudaba a olvidar. El ser humano va caminando en la vida esperando encontrar sus sueños y en la espera necesita islas en el mar de la peste para tener como unas vacaciones ilusorias. Sueños envueltos por el licor que sirven para que lo duro de la vida sea menos riguroso. A esas personas que usan esas técnicas de evasión los seres normales les dicen: orates.   


Nuevamente se me acercó el pololo y el segundo comentario fue directo ‘¿Conoces el concepto de respeto, amigo? ’

Entonces en medio de toda esa caminata por la resaca la recordé a ella. No fue imagen sexual ni tampoco una escena de amor de mi vida. Capaz una musa por algunos meses en la soledad de los fríos de un Santiago del año 2001.  Debería haber escuchado mi voz interna con respecto a Jacinta.  Hasta el perro de su casa, dando un apretón en mi pierna, me advirtió que esa tarde tendría un mal debate y escenario penca.  Debo reconocer algo que debe quedar en total secreto: mi debilidad son las mujeres, los perros y los gatos.

Ella es una chica que posee una belleza centrada en sus ojos de mar del caribe, los cuales, sobre una piel trigueña y un cabello castaño como las hojas otoñales, me provoca un estado de agradecimiento por su existencia.

Es una persona con temas de conversación encantadores que pueden dar nacimiento a los mejores momentos. Hablamos de las implicaciones de la obra de Wilde en el movimiento homosexual, como el pobre irlandés terminó en una espantosa cárcel lo cual minó su salud física y mental; y así nos íbamos deslizando en una mutua interacción de palabras bien estructuradas en nuestro lenguaje para conocer más, y más, y más y con toda la fuerza de la penetración de esos conocimientos, terminábamos extasiados de tanto aprender en un tiempo tan corto.

Pero, por otro lado, debería haber oído esa voz que me dijo: No salgas con ella. Me invitaba tan cordialmente a esos cafés en la calle Lastarria, uno de los tantos centros de la bohemia del gran Santiago, que no podía decir que no. Como amigos todo podría pasar en nuestras largas conversaciones sobre la naturaleza humana.

Me explicaba que no quería que me pasará metido en los asuntos de la universidad sin relajarme. Aunque debería haber entendido esa voz interna, ¡cómo la deje pasar nuevamente!, Jacinta tenía pololo. Según ella su relación era postmoderna, “la juventud en Chile es muy abierta ¿no te parece?”, comentaba mirando con sus ojitos entrecerrados y en su pequeña boquita esa sonrisa de elfo.

Sus observaciones me tranquilizaron de estar provocando una crisis a futuro, ya que evito interacciones donde priva las actitudes primitivas de algunos cuando es por temas amorosos. “Tienes que venir a mi reunión de cumpleaños”. Perfecto- me dije- qué puede pasar.

Al entrar, ese perro me apretó la pierna con su rudo hocico. Supe, en ese momento, que la tarde venía con malas intenciones o como dicen por otro lugar que no recuerdo “estaba salada”- La memoria me falla en estos tiempos de la Covid-19.-

El pololo se pavoneaba en medios del grupo de amigos.  Al saber mi nombre, el pololo de bienvenida me expresó una indirecta bien directa. “Tú eres el famoso salvadoreño, Jacinta te pone mucha atención”. “¿Famoso? ojalá – comenté indiferente y meditando la razón de haber venido -. “Para saberlo habría que preguntarle a un público y como no soy actor, lo encuentro muy difícil”, remarqué mirando hacia el techo con indiferencia.

En el centro del patio, una parrilla con carnes era el centro de la reunión; y, en otra mesa, un bar de Sushi llamó mi ya turbada atención. Nuevamente se me acercó el pololo y el segundo comentario fue directo “¿Conoces el concepto de respeto, amigo?”. Ahí me entró el cambio de personalidad (Dios sabe que trato de evitarlo) e increpé a mi enemigo que difícilmente seríamos amigos, ya que el mal gusto de combinar carne asada con Sushi, no lo haría ni el peor de mis enemigos. Además, trataba de buscar siempre un poco de dignidad entre mis conocidos para no perder mi tiempo y añadí que como el único capaz de aplicar la violencia con legitimidad era el Estado, según Weber, mejor me retiraba. El pololo se quedó feliz y, en cierta forma, yo también. Había entendido que el juego de los celos es un vicio para algunas personas, como para mí podía ser el licor maya. Naturaleza humana la podemos definir.

Jacinta observó con sus ojos abiertos, pero al mismo tiempo con su boquita bien cerrada. Salí rápidamente con la sensación de un botellazo en la espalda y preparado para enfrentar al ofendido macho con lo que llevaba en el bolsillo. No viví en Centroamérica para que un pelagatos cultural me partiera la cabeza en dos tan fácil.

Entrando a la casa y esa voz de nuevo me tocó por dentro, – te dije que nunca los hechos son como las personas dicen, la moraleja sería… – A mí las moralejas no me importan, sin embargo, a la próxima le pongo más atención a mi entrepierna y no a toda la obra que tuve que tragarme para hablar de Oscar Wilde.

TAGS: #Relato

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