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Un espíritu infeliz

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Desde hace días que tenía esa sensación en el pecho. No era un pequeño dolor, sino como que me apretaban con dureza. Como cuando usan un pinzón para marcar las vacas en los ranchos ganaderos. Una sensación muy extraña. Después me di cuenta que había algo fuera de orden. No sé si era la televisión apagada o la computadora, que tenían unos colores muy brillantes cuando caí la noche.

Fue extraño ver la habitación, siempre la mantenía en desorden, pues mi filosofía era que el desorden de uno, se debe respetar. Nadie debe meter manos en nuestras propias realidades privadas. Pero, esta vez, todo tenía un orden extremo, que me asustaba e irritaba de la forma más radical.


No era un punto final, era un punto seguido, pero debía jalar de la pita nuevamente hacia lo desconocido. Esto debió  ser el castigo por pensar que lograba un punto final, habiendo probado el dulce sabor de volver a nacer dos veces que no llenó mis expectativas.

No quise tocar nada al final. Creo que debió venir María y ordenar la habitación. Ella tenía llave y bueno en una relación de pareja hay que ceder un poco. Evitar los conflictos. Suficiente es tener que caminar al trabajo bajo el calor sofocante de estos días.

Al salir del apartamento, noté que, extrañamente, no había muchos  autos en la calle, pero sí personas, niños pequeños, mujeres con diversos peinados, hombre con abrigos largos. Hasta ese momento el frío me comía los huesos más de lo normal en tiempos fríos.

Toda era una realidad en blanco y negro. «No puede ser», me dije, «habré hecho algo bien esta vez», pensé mientras sonreía. Sabía bien que los perros y gatos observaban  de esa forma extraña cuando los no vivos están cerca. Me senté en una banca y comencé a tocarme por todos lados para ver si encontraba alguna herida que me hubiera causado una muerte prematura.

Miré al cielo y vi que las nubes se movían muy rápido. Solo volaban esos nidos de pulgas llamados palomas blancas. Malditas aves siempre me despertaban por el ruido que hacen en los techos.

En ese momento, se me acerca un individuo bajo, calvo y gordo. Odiaba a ese estilo de sujetos. Es como que se han metido esteroides y han hecho un par de meses pesas y quedan como cuadrados, pero siempre son gordos. No sé la razón de sentir esa antipatía.  Se me acercó y me comenzó a hablar.  Yo no comprendí de buenas a primeras lo que expresaba hasta después de sacarme algo que tenía metido el oído.

«Bienvenido», me expresó con una gran sonrisa. Yo me quedé como extrañado. «Sí», repitió, «bienvenido a tu nueva vida». -No estás en la vida que vivías. Ahora eres parte de otro plano de existencia, ¿no recuerdas nada de tus últimas horas?

En ese momento, mi cabeza dio vuelta, y vomité sobre el piso. ¿Qué diablos pasa aquí?Me di cuenta de algo y mi mente explotó. En la noche, había dejado la llave del gas abierta. Ya no recuerdo bien la acción y al final no importaba. No recordada el año ni el día. Siempre me dijeron que fui un infeliz, María me lo decía cuando regresaba borracho y agresivo. Ella salió y yo dejé la llave del gas abierta.

-No se preocupe, amigo- tocándome la espalda. -Siempre pasa esto cuando se viene del más allá. Ahora solamente debe vivir su vida, en su misma casa y conseguir un trabajo. Aunque por la forma en que vino, debe pagar una penitencia.- 

– No era mi casa. Yo vivía en mi auto viejo- , le expliqué.

Fue ahí que esa cosa que pensaba que era humano extendío seis alas con plumas negras donde sus cientos de ojos me acosaban. Su rostro se deformó para mostrar la cara de un lobo, de un  zorro y un cerdo . Su voz venía del cuarto rosto donde un lenguaje que no tenía sentido me dejó sordo por algunos minutos. Al exterder sus alas, cintillos metálicos con miles de ojos ,que no pardadeban, lo rodearon. » No temas. Te traigo amor», gruñía sin parar.

No perderé el tiempo narrando mi penitencia que consistía esencialmente en ser otro, en no ser lo que era en el mas allá. Si lo hice una vez, lo hago de nuevo.  No me amargaría la vida viviendo en blanco y negro rodeado de bestias sin bocas y con ojos en todos lados.  Prefiero sucumbir a mi derecho a la eutanasia de nuevo a convertirme en un ser perfecto.

No era un punto final, era un punto seguido, pero debía jalar de la pita nuevamente hacia lo desconocido. Esto debió  ser el castigo por pensar que lograba un punto final, habiendo probado el dulce sabor de volver a nacer dos veces que no llenó mis expectativas.

La segunda es la vencida. Tomé una gran piedra y me lancé al río donde desde abajo pude ver a esa bestia angelical como bufaba sobre las aguas . Ahora no puedo sentir nada, porque ni esa palabra existe ya.

TAGS: #Relato

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