#Desarrollo Regional

Reconocimiento y diversidad indígena

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Es usual encontrar en la agenda noticiosa alguna referencia a los pueblos indígenas y estos días no fueron la excepción. Por un lado, supimos del denigrante trato que sufrió Lorenza Cayuhan al dar a luz engrillada y en presencia de personal masculino de Gendarmería, afectando su dignidad. Por otro, nos enteramos que el galardón al Mejor Largometraje Chileno del Festival de Cine de Valdivia 2016, recayó en Claudia Huaiquimilla por su película “Mala junta”.


Hay un entendimiento casi universal de que la cosmovisión indígena se contrapone a lo moderno. Mientras que lo no-indígena se asocia a principios como el libre mercado, la búsqueda del lucro, la degradación ambiental, etc.

Ambos ejemplos, describen visiones contrapuestas sobre lo que significa ser indígena en el Chile actual. Ejemplifican cómo distintos espacios sociales generan espacios para afirmar -o no- su identidad. Por lo mismo, nos insta a pensar cómo reconocer la enorme diversidad y riqueza cultural de los pueblos indígenas, y así avanzar conjuntamente en la construcción de este país. Y sin lugar a dudas, las políticas públicas son una parte importante del reconocimiento de esta diversidad.

Lejos de ser acciones neutrales desde el estado, las políticas públicas contienen inherentemente una forma de entender la diversidad social y cultural de sus beneficiarios. Existen políticas que buscan,  aumentar los niveles de escolaridad, las atenciones en salud, o los ingresos y el bienestar de la población indígena. Con distinto grado de éxito, estas políticas públicas asumen una forma particular de la cultura indígena en el conjunto de sus intervenciones, naturalizando ciertos modos de hacer.

Las políticas dedicadas al desarrollo productivo no están ausentes de esta tensión. Estas reproducen prácticas económicas específicas según el concepto de cultura indígena intrínseca en ellas. Y su campo de acción, me parece, debe confrontar decididamente una visión esencialista de lo que constituye “ser indígena”.

Hay un entendimiento casi universal de que la cosmovisión indígena se contrapone a lo moderno. Mientras que lo no-indígena se asocia a principios como el libre mercado, la búsqueda del lucro, la degradación ambiental, etc., lo propiamente indígena va por el lado de estructuras sociales igualitarias, los valores comunitarios, o las economías redistributivas. Creo que tal simplificación es ajena a la realidad y perjudica la posibilidad de reconocer lo diverso de los pueblos indígenas.

El ejemplo de un programa de desarrollo rural sirve para ilustrar mi punto. Se trata de algunos resultados de un proceso participativo que llevó adelante el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP). Con el fin de rediseñar su Programa de Desarrollo Territorial Indígena (PDTI), INDAP realizó 238 talleres en siete regiones del país para consultar a sus usuarios los problemas de este programa y cuáles son sus espacios de mejora. A estos talleres asistieron más de dos mil miembros de comunidades indígenas y las opiniones que entregaron constituyen una importante fuente para comprender la gran diversidad y riqueza del discurso indígena.

Se aprecia por ejemplo, indígenas de la tercera edad defendiendo fuertemente los modos de hacer tradicionales basados en sus conocimientos propios, al mismo tiempo que solicitan colaboración para emprender actividades económicas para los jóvenes de sus comunidades. Hombres y mujeres reclamando contra las empresas privadas que degradan los recursos naturales en sus territorios, y de pasada acusando al estado por permitir que esto pase. Se escuchan mujeres indígenas que demandan ayudas específicas para cultivos tradicionales como papas y trigo, pero también para otros más innovadores como frambuesas y frutillas. Miembros de comunidades indígenas que solicitan apoyo para desarrollar iniciativas económicas basadas en sus propias prácticas tradicionales, como la promoción del turismo con identidad: ayudas para emprender en la creación de rutas patrimoniales, acercar a los no-indígenas a sus ritos y cocina, recibirlos y alojarlos en sus rukas.

Esta enorme diversidad de visiones de desarrollo no está en contraposición de una visión propiamente indígena. No le corresponde a la política pública hacer una evaluación de lo que es indígena o no; tampoco, por tanto, debe diseñar acciones de tipo “talla única”, que no se ajusten a las realidades locales. Al contrario, el estado y las políticas públicas deben no solo promover el involucramiento de las comunidades en el proceso de diseño e implementación de los programas de intervención, sino también proveer espacios para que los contenidos de estos emerjan de los propios espacios donde habitan.

El rediseño del PDTI, tal parece, permitiría avanzar en el reconocimiento de esta heterogeneidad de discursos, visiones y posibles trayectorias en el campo del desarrollo rural. Aunque un organismo estatal lo está entendiendo, esto no es suficiente. Se necesita avanzar al reconocimiento pleno de estos pueblos para que veamos más casos positivos que reconozcan la heterogeneidad de la identidad indígena. En definitiva, que tengamos más indígenas premiados y no veamos nuevamente a otros violentados.

TAGS: #Indigenismo #PueblosOriginarios

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13 de noviembre

Oh, sindéresis, hoy te rindo culto:
-Que la mujer haya dado a luz engrillada es inaceptable, para nadie.
-El trabajo de Claudia Huaiquimilla es una demostración de que creando cultura, evitando la fosilización, no se traiciona a los ancestros ni a la identidad; pero de todos modos, tampoco deja de ser cierto lo inevitable de que una cultura en completa convivencia con otra más elaborada, acabará desapareciendo. Es lento, pero indefectible, fenómeno asociado al concepto mismo de la cultura.
-Hay en efecto, esfuerzos por preservar la identidad y la cultura de nuestros aborígenes. Esos esfuerzos son tales precisamente por algo, del mismo modo que se pretende curar un paciente en la medida de que una enfermedad le aqueja. Esa enfermedad es en nuestro caso muy simple: ausencia de utilidad y de belleza. En las manifestaciones culturales dicha ausencia es mortal. Resta, sin embargo, el orgullo de la identidad.
-Considerar el lucro, el libre mercado y otras yerbas como una antinomia respecto de las culturas aborígenes es puro prejuicio. Dogmatismo religioso disfrazado de ecología. Es un dogma heredado de la Iglesia de los tiempos de la Edad Media. Es que claro, es cierto que en su tiempo nuestros aborígenes no comerciaban entre ellos, no lucraban, no intercambiaban; eso es muy cierto… Porque preferirían matarse unos con otros. No hallaron mejor solución al dilema de la envidia y la ambición, del mismo modo que nosotros tampoco ahora.
Pero soñar con la Atlántida siempre gusta.

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