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Tierra de dolor aparente

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El 5 de febrero ha comenzado a dar sus primeros rayos de sol a nuestras tierras, tocando nuestras cabezas y nuestros hogares con su luz reconfortante de época estival. Llego al trabajo de forma simple como cualquier otra persona lo hace en el centro de la capital. Una ciudad lentamente despierta, con camiones llenos de suplementos de comida para los restaurantes más clásicos, gente transportando cajas llenas de artículos de oficina, personas en camisas azules y blancas, celular en mano, transportando bolsos y documentos en carpetas. Yo debí venir en terno, pero opté por una tenida más casual como esta última refiere.

Cuántos mundos viven en cada cabeza, cuántas visiones de vida están presentes, cuántas perspectivas de día están esperando a ser realizadas o desbancadas por nuestra realidad. Mi día comenzaba así. Y en eso me entero de una noticia que cambia mi perspectiva de día de forma radical. Hoy tengo que realizar un trámite en el banco. Sí, es algo simple, pero modifica todo mi itinerario de día, todo lo que debía hacer después queda más aplazado.

Uno tiene esa clase de movilidad, esa forma de vivir el día a día cuando se busca mantener activo. Activo para olvidar una cruenta realidad que está presente como un fantasma, algo que me ha pasado a mí, algo que le pasa a gran parte de la población.

Esto comenzó en 1998. Yo para eso entonces tenía 2 años. Mis viejos tenían una experiencia ya para lo “terrible” que se vuelve un niño para esa época, y por tanto ya estaban más que preparados para que sus sentidos asumieran la difícil labor de aguantar mi desobediencia infantil de esa edad.

Sin embargo, fue todo lo contrario. Me detengo aquí de escribir. La jefa me dice que tengo que atender un trámite en Huérfanos. Corro hacia allá, irónicamente, donde mis peripecias comenzaron hace 19 años. Diagnosticar el Asperger toma muchísimo tiempo, y en eso mis viejos temían que fuera sordo, pues apenas reaccionaba a sus estímulos. Me pusieron un audífono y me dolía escuchar por ahí. Intentaron ver si era algo del cerebro y fueron a una neuróloga, donde irónicamente, sin saberlo, era donde debían ir en primer lugar. Ya era 1999, y esa neuróloga había dicho que tenía autismo.

Los audífonos quedaron en el olvido, tal como ahora dejo los que uso para escuchar música y videos de YouTube que tienen tanto contenido argumental como remake de alguna película setentera hollywoodense, para atender al trámite en que estoy enfocado. La secretaria, con diario en mano, lo deja a un lado con una sonrisa simple para darme aviso que el papeleo tenía que esperar 5 minutos. En esa espera veo mi celular, encontrándome con una funa en Facebook. Una mujer con hijos denunciando a su ex de maltrato psicológico.


Pienso en que la mayoría de las personas por desgracia no tiene la posibilidad de tener una vida tranquila pese a su situación de salud mental. Pienso en la gente que conozco, que ha sufrido de estas situaciones, y en que sus experiencias han sido inclusive más traumáticas y continuas conforme pasa el tiempo, nada comparado a lo que uno ha vivido

Esta vez ya no es 1999 en mi mente, es invierno del 2017. El frío se hacia presente por las calles de la ciudad, yendo raudo del centro a la periferia a juntarme con una de mis amistades, que recientemente había terminado una experiencia trágica amorosa. En su cara se podía notar un cansancio físico, y no era para menos, ya hace tiempo había tenido problemas y no levantaba cabeza. Quedé choqueado cuando me enteré que había sido víctima de violencia. Me lo dijo como si nada, pues ella lo había ocultado durante mucho tiempo.

Yo no daba crédito. Cómo nadie de su núcleo más cercano pudo ayudarla o cómo nadie pudo decirle que dejara esa toxicidad. Y yo era de su núcleo más cercano. Como nunca me di cuenta, en mi mente me preguntaba. Ella me veía acomplejado y en silencio, pensando en esta terrible revelación y me decía que no tenía la culpa. Pero me sentí culpable, pues quizá en cuantas ocasiones pude haber hecho algo, pero por no saberlo nada pude hacer. Tras despedirme, me llegaba inmediatamente un Whatsapp. Una compañera quería que nos juntáramos.

De la tranquilidad nació la conversación, empezaba a contarme que había tenido una crisis, pensando que era algo simple que le había sucedido. No me imaginaba ni de cerca, la terrible historia que se me avecinaba. Cada palabra era una revelación nueva de un sufrimiento horrible que llevaba en la oscuridad y que me era un golpe de frente a la realidad, de un nivel incalculable para las emociones. Se empezaba a desgastar su voz hasta llegar a sollozos, dando cuenta la horrible experiencia que había tenido, mientras estaba en pijama. Se volvió incapaz de hablar y de sostener su taza de té, quedando inmóvil ante las lágrimas que brotaban de sus ojos, al más mero recuerdo de lo trascendido. Inmediatamente la abracé, pues no encontraba otra forma de que mantuviéramos serenidad ante tanta desgracia. De su historia lo único que podía decirle era una palabrería que suena cliché, pero que ante ese relato, era la verdad única.

“Todo esto no es tu culpa”

Le dicen también eso al trabajador, en un tono mucho más diferente, pues le pasaron un cheque con efectivo en el documento que debía buscar yo a Huérfanos. No me sirve tener un cheque con efectivo pues la empresa no recibe así las platas, y quien había pagado al trabajador estaba avisado de esto. Vuelvo en mí, sin documento, de vuelta a la oficina, para hacer bases de datos en Excel. Siempre fui bueno en la tecnología, como otra neuróloga constató en 2000.

Es en ese año, que esa misma neuróloga les asegura a mis padres que tenía Asperger. Mis viejos no entienden nada en ese momento, pues era un trastorno aún desconocido para la sociedad del nuevo milenio. La experta les dice que es una ramificación del autismo, pero que tiene diferencias gravitantes. Una persona con este trastorno es capaz de desarrollar una vida normal, con ciertas dificultades, en especial en el ámbito social y motriz, pero que en lo demás puede ser hasta incluso superdotado. Jamás lo había comentado previamente, quizá por miedo a que la sociedad tienda hacia el rechazo, o porque sea visto como un paria o un incapaz.

Algo por lo que 2 millones de chilenos quienes tienen depresión o predisposición a ella, también experimentan, según la OMS. Algo por lo que medio millón de personas que tienen trastornos alimenticios también experimentan, según el Colegio Medico. Algo por lo que miles de autistas también experimentan. No tengo el numero de este ultimo, porque recién en 2017 se decidió contabilizar una cifra de población con trastornos dentro del espectro, y los resultados aun no están a la luz pública.

Algo por lo que esas 2 personas con las que había hablado también experimentaron. El miedo de hablarlo con alguien las carcomía, porque temían a la crítica social, al ostracismo moderno, que ya no se basa en política sino en banalidades, desarrolladas por gente que tiene más intereses que materia gris para entender contextos y situaciones de esta índole. Hoy tienen muchísimo menos miedo, pues con el tiempo fueron ganando fortaleza. Lo mismo por lo que tuve que pasar cuando era un escolar, como clásica víctima del bullying, del alejamiento, del no ser visto como un igual ante tus pares. Hasta el día de hoy tengo traumas de esa época, de las formas en que viví la soledad en esas paredes estudiantiles, con los que convivo día a día. Me medicaba fuertemente, para no tender a la depresión, pues al tener hiperansiedad uno siempre está en riesgo de caer en eso y cometer imbecilidades.

Se termina el Excel. Suena un estruendo. El Cerro Santa Lucía ha anunciado la llegada del mediodía en su lenguaje centenario y arcaico. Ese abastecimiento alimenticio que los camiones han dejado, ahora dan cuenta a nuestro olfato que la hora de almuerzo se encuentra cercana. Los artículos de oficina han sido utilizados por las entidades que abren hasta tempranas horas. La gente vuelve a colmar las calles en búsqueda de algún lugar donde pasar la ventana de tiempo. Mi mente vuelve al 2015 cuando me ofrecen un cigarro, a esa época por donde pasé por lejos una de las épocas más oscuras de mi vida. Quizá de las que me enseñaron el porqué de mi resistencia actual. Entré en una crisis vocacional justo en el primer año de derecho, durante un tiempo donde también estuve en alto riesgo de caer en un cáncer de esófago. No solo estaba deprimido emocionalmente, sino que físicamente debilitado debido a la alta medicación que tuve para salir del riesgo y con la mente apagada. Caí torpemente en adicciones (medicamentos, alcohol, comida chatarra, drogas) para calmar la ansiedad de todo lo que estaba sobre mi espalda, y llegue a pesar 113 kilos. Hoy, tras superar esa etapa, y mantenerme en un rango de peso normal, puedo ver que esos escapes de la realidad son momentáneos, y aburren. No te llevan sino a olvidarte de una realidad que siempre seguirá ahí cuando salgas del lapso, y a estar en un estatus que se vuelve rutinario y no te sirve. Le digo al compañero de trabajo que no, que no es necesario.

Pienso en que la mayoría de las personas por desgracia no tiene la posibilidad de tener una vida tranquila pese a su situación de salud mental. Pienso en la gente que conozco, que ha sufrido de estas situaciones, y en que sus experiencias han sido inclusive más traumáticas y continuas conforme pasa el tiempo, nada comparado a lo que uno ha vivido. Traumas que se me van de la cabeza cuando dejo el trabajo y subo al metro, y recuerdo que cada semana hay al menos un incidente en donde una persona intenta tirarse a las vías para acabar con su vida, a veces de forma infructuosa, a veces, con éxito.

Pienso en esa gente que no soporta vivir con tanto dolor y tanta angustia, con tanta soledad que es creada por su ceguera creada por su mente, o que es efectiva de tantas maneras, algunas más tenues, algunas más crueles. Pienso en esa gente que vive bajo el estigma social, la mirada violenta de una comunidad que hoy relaciona la enfermedad mental a la caricatura de un loco de atar, ya sea por las actuaciones de deportistas autodiagnosticados en páginas web o por películas creadas para satisfacer un ámbito comercial. Pienso en esa gente que vive en un país que recién el año pasado adoptó un Plan Nacional de Salud Mental, lo que nos dice el estado de la materia en la salud pública, y por tanto la capacidad de la gente menos pudiente en darse un tratamiento decente para poder sanar sus penurias. Pienso en cómo se invisibiliza a quien necesita nuestro apoyo, como se le deja de patógeno, de bacteria ajena al sistema. Pienso en las pocas fundaciones que han hecho todos los esfuerzos para evitar todo esto y han fallado no debido a que no hayan hecho nada, sino por todo lo contrario, debido a que su capacidad les impide poder hacer más de lo que ya hacen.

Llego a mi casa, y doy observancia que en tendencias de Twitter se encuentra el nombre de Violeta Parra. Hoy 5 de enero se cumplen 51 años de su suicidio. Una mujer que vivió con tanto dolor, con tanta pena, que evocó en su cancionero inmortal una expresión que va más allá de lo que cualquier humano puede ver. Y aun así en 1967 decía “Me falta algo… No sé lo que es. Lo busco y no lo encuentro… Seguramente no lo hallaré jamás”.

No existe una descripción en una frase que se adecue tanto como esta, al sentir de cada persona que tiene una cuestión de salud mental, pues sienten el vacío de eso que falta, y pareciera ser que como las cosas van, la mayoría cree que no hallará jamás lo que anda buscando.

Solo espero que en esta tierra que hoy parece estar plagada de tanto dolor, nadie crea que la solución sea el silencio eterno de la muerte, atractiva para muchos quienes se encuentran bajo estos viles tormentos. Porque al paso que marchamos, mucha gente seguirá su senda, en esta tierra de dolor aparente.

Yo sé que hay esperanza. Pero un país como este, es difícil tener presente que el poder de sanar ese dolor aparente, está en nuestra misma mente.

TAGS: #SaludMental autismo Síndrome Asperger

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