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Recuerdos de Ana Frank

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Debo haber tenido unos diez u once años cuando me leí el Diario de Ana Frank, no podía imaginarme la vida en ese escondite donde Ana, su hermana, sus padres y la familia Frank vivieron durante más de tres años. Me costaba imaginar la vida sin salir, aunque hubiese guerra. Era impensable para mi soportar el confinamiento obligatorio, sufría mientras leía y a la vez admiraba el alma positiva, constructiva, imaginaria de Ana. Entonces sin entender mucho el contexto de la Segunda Guerra Mundial, sólo me enfoque en la historia de amor de Ana y Peter Van Pels.

Casi cuarenta años después, apenas vino el repliegue obligatorio a las casas, la vida adentro, íntima, insoportable al fin; se me vino a la cabeza esa historia de Ana Frank. Lo peor de todo, no lo recuerdo con exactitud, como epílogo del libro, se detalla que Ana y su hermana Margot mueren en Auschwitz en Bergen Belsen creo, el año 1945 víctimas de tifus e inanición. Me costaba creer tanta maldad, ya que todavía no lograba ver la misma en mi país.


Me hace recordar el hecho de asignar a los hogares, padres y madres la responsabilidad de enviar a los niños al colegio en plena pandemia. Pues claro se trata de argumentar con el concepto de “libertad” so pretexto de no tener poder estatal para imponer una regla tan básica como la salud pública y el bienestar común

Mucho años después, cuando fui a Amsterdam, lo primero que hice, fue visitar el museo de Ana Frank, me cristalizaron todos los episodios que inocentemente había imaginado sin contexto ni ideología. Su guarida, una casa enclaustrada tapada detrás de un gran clóset, con una puerta clandestina hoy por hoy un museo al fin.

Cuando comenzó la cuarentena, intenté, traté de que mis hijos leyeran lo mismo, pero fue imposible, no se puede luchar contra un tablet con tanta entretención viva, incomparable con tomar un libro. Lo busqué en mi biblioteca y encontré una versión destruida, llena de polvo y polillas. Traté de ventilarlo, limpiarlo, lavé la imagen de la tapa. Pero nada, a los niños no les llamó la atención.

Ahí quedó guardado el libro al lado de Freddie, la chica de pelo rojo cuyo nombre verdadero era Hannie Schaft, quién junto a las hermanas Oversteegen, formaban una suerte de comando especial que dependía del Raad van Verzet (RVV de la Resistencia holandesa) que tenían un especial cometido: seducir a soldados nazis en bares y cafés para acabar con su vida en cuanto se hallaran en un lugar apartado. Las niñas tenían apenas 14 y 16 años. Ese libro tampoco pareció interesarles, asi es que los tomé, los limpié y los releí yo misma.

Según mi amiga Cecilia, la verdadera revolucionaria era la chica del cabello rojo y no Ana Frank. Es muy probable que así sea, pero por el mundo dio vueltas la historia más víctima, más sufrida y cruel de la niña encerrada y su familia, por sobre la impactante y valiente vida de la niña del cabello rojo. Sin restarle mérito a Ana Frank por supuesto, ambas historias se contraponían por la lucha externa, frontal y audaz: estar oculta no es menos valiente sin duda, pero es otra forma de resistencia, de lucha contra los alemanes nazis: ambos libros me marcaron.

Como sea, me di cuenta que tratar de imponer mis recuerdos y la literatura que me formó bajo cierta ética de la justicia y el bien común, no tiene incidencia directa hoy por hoy para mis hijos. Entonces me pregunto: ¿cómo se constituye el espíritu crítico, consiente y éticamente justo para lo que yo creo al menos? Cómo me involucro en las redes sociales complejas e impongo valores de bienestar, de bien común en tik-tok, robucks, twitter.

Cuentan que hace poco se habría lanzado el juego Monopoly Socialista y que se caracteriza por fomentar el bien colectivo por sobre el triunfo individual, bajo el eslogan ganar es para capitalistas, la compañía de juguetes Hasbro diseñó una versión socialista del popular juego que al menos en mi generación se conoció como Monopoly o el Gran Capital. El Monopoly clásico consiste en recorrer un tablero con propiedades o bienes raíces donde los jugadores tienen la posibilidad de adquirir para arrendar y construir en las mismas propiedades. En esta nueva versión se busca una sociedad compartida y utópica en donde no existe un único ganador; ganan o pierden todos los jugadores. Los participantes recorren el tablero trabajando juntos para hacer una mejor comunidad al administrar proyectos como una escuela, un museo y hasta un restaurante vegano.  En la otra versión, cada vez que un jugador daba la vuelta completa al tablero, recibía por parte del banco un monto en dinero X, que en esta ocasión es reemplazada por un monto muy inferior, haciendo referencia a que éste es un salario digno. Es decir se gana lo que se necesita y no es necesario acumular riqueza innecesariamente.

Pero en honor a la verdad, tampoco podemos descansar en estos juegos y pensar que los niños están a salvo, recuerden que quienes los diseñan son los mismos que los del Monopoly tradicional, por lo tanto, el mensaje puede estar cargado de ironías y prejuicios. Según Nick Kapur, profesor en la Universidad de Rutgers en Estados Unidos, señala que todas las menciones a la asistencia en salud universal, al ambientalismo y la democracia, son una fuerte parodia al socialismo como una sociedad utópica y anticuada.  El mensaje final es que serás esclavo de uno u otro modelo económico, y esto es complejo de comprender para los niños de menos de 8 años, ya que una puede tener las herramientas para verlo, pero ningún pequeño puede hacerlo tan claramente.

Entonces me entra la duda, sobre qué herramientas tenemos las madres y padres con los niños que estamos formando. Ser austero, justo, medido, ético, cortés, honesto, solidario. Y si para ellos no es suficiente que nosotros actuemos así: ¿cómo formar una generación que busque el bien común por sobre el individual? Tampoco me gusta leer por internet consejos de autoayuda para vigilar a los pequeños. Se que ellos no se autocontrolan, pero ¿qué puede ser tan distinto como salir a una fiesta encondida de los padres? Los peligros que acechan son distintos, hay personas dañadas e inescrupulosas, como siempre las hubo, pero hoy por hoy son más sofisticadas. Hay un mundo tecnológico allá afuera de gente que no conocemos y que son capaces de lo peor y contra eso hay que luchar pero sin miedo, sino solamente enfrentando al adversario con mayor inteligencia, informando los niños, entregándoles herramientas pero no de supervisión, sino de autocontrol, de ser capaces de ver el peligro donde no lo ven.

Nuevamente me rindo, pues está más que claro, que el modelo económico no busca el bien común, es mas bien lo contrario, y se refuerza en estos juegos y aplicaciones online, se escuda en la riqueza personal, la belleza y el erotismo en el cual cada uno da fuerza a sus cualidades individuales e iniciativas creativas mayores que el resto. De esta manera, puedes tener seguidores, y al tener más seguidores tienes mayor aceptación, mayor puntaje y más dinero para seguir comprando los productos que el mismo juego te ofrece: negocio redondo. Entonces ¿cómo competir frente a este enemigo abstracto y muy atractivo para los niños?

Según los datos que ha dado la empresa, Roblox tiene 31 millones de usuarios activos diarios. Esos usuarios pasan entre media a tres horas al día en sus juegos (unos 156 minutos) y la edad también llama la atención: el 54% de las personas que lo usan son niños y niñas menores de 13 años. Y todo sin violencia ni grandes efectos o historias, solo entretenimiento, creatividad y comunidad. Cualquiera puede jugar, respetando las normas de comportamiento, pero se invita a que, además de jugar, se colabore en esta plataforma para crear otros juegos en los que todos puedan participar. Roblox se presenta entonces como la primera compañía que explota explícitamente la atención de niños y niñas (después de Disney). El problema de cualquier plataforma dirigida a niños es la de los riesgos que plantea para su seguridad mental. Los abusos que se han realizado en otras plataformas son también habituales en Roblox, donde se han dado casos bastante perversos. También ha habido críticas similares para Fortnite y TikTok otras dos plataformas que se han convertido para muchos jóvenes en algo así como la nueva forma de ponerse de acuerdo y juntarse: ya no lo necesitan hacer en el mundo real, porque se ven, exploran y conversan juntos en cualquiera de estos espacios online.

Lo más impresionante, es que, como todas las herramientas y tecnologías nuevas, las empresas (sean estatales o privadas), aunque hoy por hoy son todas privadas, le cargan la mano al hogar a los padres y madres y al criterio de la familia al fin. Lo mismo fue con la televisión hace cuarenta años atrás. Nadie se hizo cargo de su contenido, y con Google hace veinte años. Las empresas lanzan un producto, definen a su usuario y se lavan las manos. Así por ejemplo hace tres años atrás en EEUU, hubo una niña involucrada en una escena extremadamente perturbadora mientras asistía a la violación de su propio personaje virtual por parte de otros usuarios. El caso generó indignación de otros miembros de la comunidad virtual y Roblox solo indicó que el pirata “fue sido expulsado permanentemente de la plataforma y que el creador logró usar una estrategia para pasar lo más desapercibido posible”.

Esto me hace recordar el hecho de asignar a los hogares, padres y madres la responsabilidad de enviar a los niños al colegio en plena pandemia. Pues claro se trata de argumentar con el concepto de “libertad” so pretexto de no tener poder estatal para imponer una regla tan básica como la salud pública y el bienestar común.

¿Podrá Ana Frank o Hannie Schaft, competir con Roblox? ¿Y si creamos las historias en que estas niñas de manera virtual por ejemplo, que cada vez tengan menos cosas que más, que se vayan quedando con lo básico para vivir, vestirse y comer. Cómo cambiaría la experiencia de los niños frente al peligro, la injusticia y la escasez. Frente al incentivo perverso del consumo infinito: sería enseñarles a vivir con lo necesario, recuperar especies en extinción, construir casas sociales con luz solar, reciclar basura, proteger el océano.

Quizás tengamos la esperanza de que estás plataformas puedan convertirse en algo educativo, con contenido social e histórico. Aunque me temo que a la empresa millonaria del consumo simplemente no le interesan estos valores universales del bien común.

Nunca creeré que los poderosos, los políticos y los capitalistas sean los únicos responsables de la guerra.

No, el hombre común y corriente, también se alegra de hacerla. Si así no fuera, hace tiempo que los pueblos se habrían rebelado.

Ana Frank

TAGS: #Coronavirus #Infancia Ana Frank Confinamiento

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29 de Abril

Es deprimente, pero es la realidad, hay otro libro llamado “La fábrica de cretinos digitales”.

¿Nativos digitales con cerebros defectuosos?

Saludos

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