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De la sociedad de mercado a la sociedad de verdad

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Vez que se toca el tema, los satisfechos del modelo chileno argumentan que la economía de mercado se ha extendido por todo el mundo y que, por tal motivo, es insensato cuestionar las instituciones, idearios y procedimientos que tiñen de oropel la vida nacional. Son múltiples sus recursos para convencernos de que lo que ocurre en Chile es igual a lo que pasa en Argentina, México, Estados Unidos, Suecia o Tailandia.  Que en todas partes existe la iniciativa privada, que por doquier se paga por bienes y servicios, que en la mayoría de las naciones se utiliza el dinero para las transacciones. Y al ser estas realidades denominadores comunes en todo el orbe (algo discutible, en todo caso), nadan contra la corriente quienes cuestionan la vía chilena al capitalismo.

Lo que no señalan quienes así transmiten (algunos con conocimiento, otros fruto de la ignorancia) es que aunque las tres variables mencionadas son consustanciales a las economías de mercado, no necesariamente todas operan de la misma forma. Nadie, que yo sepa, está planteando en el país fundir las monedas o quemar los billetes, que no son más que mecanismos estándar de intercambio de bienes y servicios. Es un sistema de consenso que, como tal, no tiene ética ni moral. El trueque sigue siendo más comunitario y propende hacia la reutilización, lo que lo hace más sustentable ambiental y socialmente. Pero el problema principal de Chile no es que se sustente en una economía de mercado: es que se ha convertido en una sociedad de mercado, donde ya no sólo el intercambio sino que gran parte de sus valores están asociados al concepto de consumidor, a la importancia del tener (y el aparentar), a la capacidad económica individual.

Ejemplos hay por montones. El más detestable, a mi modo de ver, es el de las administradoras de fondos de pensiones. La capitalización individual en que se sustenta el imperio económico de las AFP no es otra cosa que una oda al individualismo y la falta de solidaridad. Los que mucho tienen (en un país desigual como el chileno en demasiadas ocasiones producto de variables de contexto como el origen familiar y social extendido a la formación educacional) tendrán una buena pensión, mientras que quienes hayan tenido un precario pasar laboral deberán conformarse con migajas. Y esto se replica en todos los ámbitos de la existencia, incluidos los esenciales para el justo vivir. En una sociedad como esta, medida por el dinero, es fácil que surjan, como en una primavera materialista, valores asociados al individualismo (todo depende de mis éxitos personales, no de la sociedad), la desconfianza (se debe proteger la propiedad privada), la ambición (sin ésta es imposible progresar), la liviandad (nada es tan importante en el mundo de lo desechable), la inconsciencia ambiental (el ser humano no se alimenta de árboles ni pajaritos), la mirada utilitarista de la naturaleza (al no represar sus ríos, Chile pierde millones de dólares en el mar).

Uno podría entender que quienes se han beneficiado con este modelo de sociedad sean los principales defensores de su perpetuación. La paradoja es cuando son precisamente los que han perdido en este esquema quienes repiten tales consignas, en circunstancias que debieran preferir uno en el cual el Estado, depositario del bien colectivo, tenga mayores atribuciones (no hipertrofiadas, está claro) para asegurarles una vida en dignidad en una sociedad en la cual no tienen herramientas para competir. Porque podrán tener su trabajo y empeño, pero a la luz de la desigualdad existente en Chile de nada servirán ante el entramado social e institucional que permite que los mismos de siempre mantengan el poder. Es cosa de mirar el origen mayoritario de quienes habitan los mejores barrios, estudian en las mejores escuelas y universidades, ocupan los mejores cargos en las empresas. Algo similar ocurre en el Poder Judicial, el Parlamento y el gobierno.  Excepciones habrá siempre, pero no soy yo quien ha inventado que en nuestro país la élite intelectual, económica y política proviene un 65 % del estrato alto, un 31 por ciento de la clase media y un escaso tres por ciento de los estratos de menor nivel socioeconómico.  En Alemania, en tanto, la distribución es de tres tercios similares.

En una sociedad de mercado, a pesar de la ilusión de alcanzar la vida que muchas veces sólo ven en televisión, los que están abajo tienen menos posibilidades de acceder en calidad a derechos básicos en previsión, salud (el Plan Auge ha sido un aporte en contrario), educación, vivienda, agua potable, electricidad, y todos los que son esenciales para vivir en dignidad. Porque mientras existan carencias en tales aspectos, los que más tienen siempre podrán conseguir el apoyo (político, ciudadano, simbólico) de los que viven en déficit a través del bono, el regalo, el aporte o la responsabilidad social empresarial. Aportes necesarios en la urgencia, pero inútiles en el tránsito hacia el cambio de nuestra injusta realidad. Seguir manteniendo estas prácticas como algo positivo y legítimo a todo evento, no nos permite avanzar en las transformaciones estructurales que Chile requiere.  Y una de ellas es pasar de una sociedad de mercado a una sociedad de verdad.

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Foto: Roberto García / Licencia CC

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Comentarios

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13 de junio

El modelo chileno es mercantilismo moderno, capitalismo, no libre mercado. El mejor ejemplo del modelo que lleva a la concentración es Costanera Center, en desmedro de los pequeños comerciantes en Providencia, propietarios por lo demás.

Lo que se ha extendido en el mundo y que se ha mantenido por varios siglos, con Estado de Bienestar incluidos, es capitalismo. Y claro, el detalle no es la propiedad privada o la iniciativa privada que son claves en una economía solidaria, sino el privilegio que surge y se mantiene no “por acción del mercado” sino de un actor identificable, el Estado. Ya lo habían dicho hace siglos los anarquistas, pero como los consideran extremos, pocos ven lo cierto de sus ideas.

Así, legalmente se nos obliga a cotizar en AFP al momento de tener contratos, y no se nos permite elegir entre un seguro en un banco, o un fondo en una mutual, o una caja de compensación, etc. Ahí se ve el claro carácter mercantilista y no de libre mercado del sistema.

Y el sistema es tan mercantilista, que contrario a lo que dices, personas que tuvieron buenos sueldos, o relativamente decentes, ahora recibirán pensionas bajísimas.

Concuerdo en que somos una sociedad de mercado producto de ese mercantilismo, pero no sé si eso pueda cambiar, pues el ser humano es un maldito depredador. Incluso en sociedad supuestamente más comunitarias, las personas siguen siendo depredadores, ambiciosas, codiciosas, arribistas, materialista, etc.
Por eso, me parece que asocias ciertas ideas de manera antojadiza con el individualismo o la propiedad privada (que es ser dueño de tu trabajo o de lo que produces con éste). No me gusta la propiedad del rey, obtenida por conquista, pero sí la del artista obtenida por su talento.

La desconfianza también surge en sociedades que se presumían colectivas, como la RDA por ejemplo. La ambición ¿Ha sido suprimida en algún “modelo”?; la liviandad, ese es un problema de todas las sociedades, me parece que también se ve en Corea del Norte por ejemplo, en China, ante el atropello de una guagua; la inconsciencia ambiental también surge en sociedades supuestamente más colectivas, no olvidemos el caso de la misma China, o la URSS, en Dzerzhinsk, donde productos químicos fueron durante años depositados en un acuífero que sirve para proporcionar agua ‘potable’ a la ciudad. La esperanza media de vida, a día de hoy, es de 42 años para los hombres y 47 para las mujeres. También está Norilsk, ciudad industrial fundada en 1935 como un campo de trabajo en Siberia. Para qué hablar de la Greda en Chile.

El problema central es el egoísmo, incluido el del Estado, que sustenta un régimen mercantilista, y casi monárquico.

Y Alemania, bueno, es ciertamente más desarrollada que Chile, pero también es una sociedad de mercado. Tuve la suerte de estar en Frankfurt y apreciar eso. La clave son las instituciones que impidan que el Estado otorgue privilegios.

Saludos y paz

13 de junio

Hola Jorge. Gracias por tus aportes. En realidad, pienso que los seres humanos portan todos esos valores que he mencionado, y muchos más, pero en diversa dosificación. La crítica a la sociedad de mercado a la chilena es que se basa en aquéllos, se sustenta en tales. Todas las sociedades deben tener individualismo, ambición, competencia y así ad eternum… el problema es cuando consideran aquello su esencia.

Sobre la contrastación con el Estado supuestamente comunitarista, no he hecho acá una defensa de tal. Creo que hay que contrapesar el actual sistema con más interés colectivo que individual. Eso sí.

Saludos, estimado.

Alfredo

13 de junio

Faltó la segunda parte de tu comentario (lo digo en buena),
¿Como pasamos de la sociedad de mercado a una sociedad de verdad?
Se necesitan propuestas, Una nueva Constitución es necesaria para tener una democracia “no protegida”, de partida.
Y el modelito Neoliberal que nos estruja, y que favorece a esas elites que Cogobiernan en el Congreso, ya demostró que solo produce desigualdad, hay que cambiarlo.
Eso esperamos como propuesta mínima de un “candidat@” a ser president@ de Chile.
Pero no solo promesas, para mentiras, ya tenemos a la UDi y Rn.

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