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Campañas electorales: ¡Es la ética, estúpido!

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Cada uno puede pensar lo que quiera, pero construir una sociedad distinta implica correr riesgos. Y en este caso, el abuso del espacio público de todos con fines electorales, de la mano con el reinado de los recursos económicos para salir electo representante popular, es un tema de principios.

Hubo cierta ocasión en que apoyé la campaña electoral de alguien en quien confiaba sería un buen representante de los temas que me convocan.

De los, para mí, esenciales. Aunque, siendo honesto, han sido muchas las veces en que he colaborado en contiendas políticas como ciudadano de a pie, aquella la recuerdo con especial afecto: me regaló un ejemplo claro de la constante tensión entre las acciones basadas en la ética y las que se sustentan en el pensar pragmático.

Entre el idealismo y el realismo.

Forzando la memoria y evitando toda evocación limítrofe con el cliché, en el fragor de la batalla me enfrasqué en un diálogo -parecido al que transcribo- con uno de los profesionales que, al igual que yo, aportaba desde la comunicación.

Tenemos que dar una señal potente y evitar los rayados en los espacios públicos y, en el caso de las casas particulares, pedir al propietario su autorización y sólo cuando la tengamos, pintar las fachadas”, recomendé durante una reunión de trabajo sobre cómo difundir los mensajes.

“No es conveniente. Tomaría mucho tiempo ir casa por casa pidiendo permiso y, mientras lo hacemos, la competencia pintará todas las murallas vacías y llegará de todas formas con su discurso a la gente. Si los otros lo hacen, tenemos que hacerlo nosotros también”, fue la respuesta.

No estoy de acuerdo. Primero porque es lo que corresponde y, segundo, así la gente podrá diferenciar que estamos realizando una campaña en buena lid. Por lo demás, con eso de ‘si no lo hago yo igual lo hará el otro’ siempre existe el riesgo que de tanto pragmatismo termines convirtiéndote en lo mismo que cuestionas”, repliqué.

Quizás sea fome la historia, pero la saco del cajón de mi recorrido vital producto de la satisfacción que sentí cuando a inicios de la campaña recorrí las calles de Coyhaique. Me agradó lo que vi.

Un candidato a alcalde y tres listas de concejales decidieron arriesgarse, según tengo entendido sin ponerse de acuerdo, y no repletar con pancartas y palomas los espacios públicos comunes y sólo instalar estos elementos en los terrenos particulares previa autorización de sus propietarios.

¿Quiere saber quiénes son? Precisamente los postulantes cuyos rostros no nos sonríen desde cada rincón comunitario de la ciudad.

Desde ya he leído en las redes sociales que algunos candidatos que nos saludan hoy desde el costado de las defensas peatonales, debajo de un árbol o al lado de un poste, “explican”que el motivo esencial de esta decisión sería que sus contendores no cuentan con suficientes recursos económicos. Lo cual, por extensión, demostraría su escaso apoyo.

Cada uno puede pensar lo que quiera, pero construir una sociedad distinta implica correr riesgos. Y en este caso, el abuso del espacio público de todos con fines electorales, de la mano con el reinado de los recursos económicos para salir electo representante popular, es un tema de principios.

Hay una segunda decisión. La de la Lista C “El cambio por ti” en Aysén, de imprimir gran parte de su elementos de difusión (todos los que sea posible) en la región, aportando de esa forma al fortalecimiento de la economía local.

Por cierto que muchas veces es más barato elaborar el material en otras zonas del país por un tema de escala y costos de producción, pero a veces es necesario tomar las decisiones que se requieren para generar el cambio,  palabra hace un tiempo muy utilizada por la coalición hoy gobernante pero que con sus prácticas no hace más que profundizar el modelo desigual, insustentable y mercantilista hoy instaurado.

Y, por último, existe otra medida. Algunos medios (como éste, por ejemplo) y candidaturas han optado por descartar de plano una práctica que es rechazada por el Código de Ética del Colegio de Periodista de Chile, en su artículo 20: “El periodista establecerá siempre una distinción clara entre los mensajes informativos y los publicitarios, evitando toda confusión o distorsión deliberada de ellos”.

Se trata de la contratación de espacios (en prensa, radio y televisión) en los informativos para que las candidaturas difundan sus actividades como si fueran noticias. En el caso de los periódicos, es legítimo que un comando quiera asegurar que sus informaciones sean cubiertas, pero cuando exista pago por ello debe ser claramente informado al lector mediante alguna leyenda alusiva (la que más se utiliza es “inserción solicitada”). Igual procedimiento para los otros soportes. No hacerlo es, claramente, engañar a quien confía en que lo que se está entregandoes información que el medio cree importante conozcan sus receptores. Lo contrario es jugar al periodismo mercenario.

Son los pequeños cambios, pero significativos en simbolismo, los que hacen la diferencia entre quienes quieren la transformación (incluida la de volver a los principios y la ética) y quienes prefieren el status quo, más aún el mercantil.Y cuando la decisión involucra riesgos o asumir ciertos costos, se puede pensar que es posible el cambio cultural. Aquel que es el más difícil de los que con urgencia requerimos como sociedad.

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