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Interpretaciones sobre el actual estadio del capitalismo histórico

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Corresponde señalar desde el comienzo que el término capitalismo histórico es usado en este estudio con el claro propósito de distinguirlo del capitalismo doctrinario. Mientras que el primero describe su evolución histórica, el segundo consiste en la proclamación de la sociedad ideal que el capitalismo procura instaurar. Algunos cultores de la macrosociología histórica argumentan que el sistema estaría ingresando a un desequilibrio, o más precisamente, a una turbulencia caótica que daría paso a un proceso de bifurcación histórica, cuyo destino es de suyo incierto. Una visión opuesta a esa interpretación está representada por las corrientes afines a la economía neoclásica y las corrientes postmodernistas. Ambas afirman que el sistema posee las competencias para superar los desequilibrios ya conocidos en el pasado y exitosamente superados.

Reconocimiento intelectual y emocional de una crisis por parte de la macrosociología histórica

El criterio en que se fundan las contradictorias interpretaciones de la macrosociología histórica por una parte, y de la economía neoclásica y el postmodernismo, por otra, reside en el reconocimiento o negación intelectual y emocional de una “crisis”

El análisis de sistemas-mundo adoptado por algunos practicantes de la macrosociología histórica postula que los sistemas entran en crisis cuando ya no son capaces de controlar los desequilibrios propios de su evolución y retornar a su funcionamiento normal. En el capitalismo, este funcionamiento es dependiente de la reproducción de las condiciones habilitantes de su razón de ser, esto es, la incesante acumulación de capital.

Condiciones relacionadas con la reproducción de los factores determinantes de la incesante acumulación de capital

A continuación, se describen aquellos factores considerados como de la mayor importancia: la destrucción del planeta por el modo de producción capitalista y la falta de disposición del sector capitalista para compatibilizar dicha producción con un crecimiento más amigable con el medio ambiente. El crecimiento económico es considerado como un fin en sí mismo y garantía mecánica de bienestar universal. Sin embargo, los niveles de desigualdad intolerables que ha generado el sistema empiezan hoy a ser reconocidos aún por algunos de los sectores más lúcidos de la intelligentsia capitalista


La disminución de la riqueza nacional representa una limitación extraordinaria en la capacidad del sector público para regular la economía, redistribuir ingresos y mitigar el crecimiento de la desigualdad.

A lo anterior hay que sumar la irrupción del COVID-19, que agrava los negativos efectos de los factores condicionantes de la crisis sistémica. Además, es claro que esa epidemia guarda una estrechísima relación con el modo de producción del sistema. Así lo ha estado demostrando por lo menos durante las dos últimas décadas la medicina de la conservación, una transdisciplina que se ocupa de la salud humana, animal y del ecosistema.

Otro factor que es necesario reconocer es la exigua competencia financiera de los sistemas públicos para enfrentar la crisis sistémica y la crisis sanitaria. En casi cuatro décadas -1980-2016- el 1% más rico de Europa continental y Estados Unidos percibía el 10% de los ingresos del mundo. En 2016 esta cifra se elevó a un 12% en Europa Occidental y a un 20% en Estados Unidos. Contrariamente, en este mismo país, los perceptores del 50% de menores ingresos descendieron de un 20% a un 13%.

Entre los factores que influyeron en Estados Unidos en este tipo de evolución hay que destacar la desigualdad educativa que se desarrolló en el marco de un sistema tributario cada vez menos progresivo, y en un incremento significativo del ingreso del capital entre los grupos mejor remunerados.

En Europa continental el deterioro de la progresividad del sistema tributario fue menor, y por eso también el aumento de la participación del 1% más rico en la distribución del ingreso fue menor. Al mismo tiempo en Europa continental las políticas educativas y salariales fueron más favorables a los grupos de ingresos medios y bajos.

Si ahora uno examina la desigualdad entre los habitantes del mundo, hay que señalar que el 1% más rico dobló sus ingresos en comparación con el 50% más pobre.

Junto a la tendencia anterior se constata una contracción de la participación de la clase media -conformada por los individuos situados en los deciles 6-9- en la distribución global del ingreso, y que abarcaba el 90% de la población de Estados Unidos y la Unión Europea.

Durante casi medio siglo -1970-2016- la riqueza privada neta subió de 200%-350% del ingreso nacional a 400%-700% en la mayoría de los países ricos. Cabe resaltar que en Rusia se triplicó, mientras que en China se cuadruplicó.

Al mismo tiempo, la riqueza pública neta en China y Rusia descendió del 60%-70% del ingreso nacional a un 20% -30%, y en Rusia de un 70% a un 30%. En Estados Unidos y el Reino Unido, la evolución de la riqueza pública neta fue negativa.

Japón, Alemania y Francia apenas consiguieron un aumento positivo, siendo Noruega la única excepción importante debido a la relevancia de sus recursos petroleros y fondos soberanos.

La disminución de la riqueza nacional representa una limitación extraordinaria en la capacidad del sector público para regular la economía, redistribuir ingresos y mitigar el crecimiento de la desigualdad.

También hay que considerar como una amenaza al sistema la oposición de los trabajadores aún organizados y de los grupos más vulnerables y nuevos y variados movimientos sociales (jóvenes y mujeres) a seguir aceptando sus condiciones de vida, y más aún, sus nuevas demandas por una distribución de los logros del sistema. El sector capitalista y los partidos, técnicos e intelectuales que les sirven de sustento ideológico no se muestran llanos a financiar con impuestos progresivos las políticas sociales que atenderían parte de las demandas anteriores

Joseph Stiglitz ha puesto un especial énfasis en el acrecentado poder del capitalismo de tipo “corporativo”

El capitalismo de tipo “corporativo” ha concentrado el poder y la riqueza, factores que están en el centro de la crítica de los sectores menos aventajados de la sociedad y los nuevos movimientos sociales al sistema capitalista. El capitalismo corporativo ha empleado todas sus capacidades para subordinar al Estado a la función de coadyuvante del proceso de acumulación de la riqueza y del poder. El papel del Estado en el fortalecimiento del capitalismo también ha sido destacado por Immanuel Wallerstein en sus estudios de las tres instancias de ciclos hegemónicos conocidos en la larga historia del capitalismo: Holanda en el siglo XVII, Inglaterra en el siglo XIX y Estados Unidos en el siglo XX. Stiglitz sostiene que la nueva amenaza del capitalismo no proviene del socialismo, ya fracasado como alternativa en la forma como lo hemos conocido. La cuestión hoy es cómo salvarlo de los propios capitalistas que, mediante el “asistencialismo corporativo”, han sabido emplear el poder del Estado para proteger a los grupos de más altos ingresos y poderosos en lugar de los más desfavorecidos. En este sentido, los capitalistas “han sido más estatistas que los propios socialistas”.

A lo anterior hay que agregar el desarrollo de la llamada “financiarización de la economía”. Cuando el aumento constante de todos los costos comprendidos en el desarrollo, establecimiento y protección de productos cuasimonopolizados es tan alto que ya no es posible mantener la incesante acumulación de capital, el sector capitalista transfiere la búsqueda de capital de la esfera de la producción a la esfera financiera. Esta solo relocaliza el capital existente, porque lo que más le interesa siempre es que aparezcan nuevos deudores que reemplacen a aquellos que cayeron en la bancarrota. Este tipo de economía tiene importantes efectos en el funcionamiento normal del sistema capitalista ya que puede llegar a agotar la demanda efectiva de nuevos productos. Esto es lo que se ha llamado la financiarización de la economía, aunque podríamos decir de forma más correcta que se trata de la búsqueda de lucro a través de la manipulación financiera, lo que conocemos como especulación. La economía especulativa requiere de un permanente y variado aumento del consumo a través del endeudamiento, fenómeno que es conocido en la historia del capitalismo, porque cada vez que se presenta un ciclo de contracción económica le sucede lo que Wallerstein llama una gran manía especulativa.

Resumamos ahora estas condiciones que impiden la incesante acumulación de capital: destrucción del planeta, falta de disposición del sector capitalista para compatibilizar crecimiento con preservación del medio ambiente, empeoramiento del sistema debido al surgimiento del Covid-19, exigua competencia financiera del Estado, oposición de trabajadores aún organizados y distintos movimientos sociales para rechazar los abusos del sector capitalista, oposición del sector capitalista al financiamiento de políticas que corrijan la desigualdad y financiarización de la economía.

Wallerstein sostiene que, dadas estas condiciones, las competencias del sector capitalista son cada vez menores para mantener su legitimidad y para seguir amparándose en el Estado y, de esta forma, sostener posiciones monopólicas.

Negación intelectual y emocional de una crisis por parte de la economía neoclásica y el postmodernismo.

Los errados supuestos de la economía neoclásica

La economía neoclásica basa sus modelos en el supuesto de que el universo social es fundamentalmente inmodificable. La existencia del capitalismo como sistema durante 500 años siempre habría demostrado su capacidad para superar los desequilibrios del pasado mediante las políticas de ajustes y la innovación tecnológica. Esto es, sin embargo, sólo una generalización empírica, porque su renovada existencia secular no constituye la prueba de una vida eterna. Wallerstein, siguiendo a Braudel y Prigogine, critica a las corrientes neoclásicas por no comprender que todos los sistemas sociales tienen una vida: un comienzo, un desarrollo normal y una crisis terminal. Otro aspecto en el cual hay que insistir es que la reversibilidad del tiempo es una hipótesis absurda. Esto es obvio en los procesos de calor o en los procesos sociales, y en todo aspecto de la realidad física. Prigogine adoptó una frase de Arthur Eddington, “la flecha del tiempo”, para criticar la hipótesis sobre la reversibilidad del sistema al tiempo predominante durante su vida normal. Él defendió la idea de que incluso los átomos estaban determinados por una flecha del tiempo, por no hablar del universo en su totalidad. Que esto fuese planteado por un científico del campo de las ciencias, Premio Nobel de Química (1997), sumaba plausibilidad a la insistencia en que los sistemas sociales eran sistemas históricos, y que ningún análisis, en cualquier lugar de sus niveles, podía dejar de tener en cuenta la flecha del tiempo, que marcaba una nueva dirección cuando los sistemas entraban en una crisis terminal. Así, en efecto, ocurrió con los imperios y las grandes civilizaciones del pasado.

La comparación de la economía neoclásica con la astrología puede ayudarnos a comprender otras de sus limitaciones

Al igual que la astrología, fue establecida como una materia especializada bajo el solo dominio de los expertos, sus consejos son requeridos en todo el mundo y gozan de una alta remuneración porque ambas, astrología y economía neoclásica, tratan de asuntos importantes que despiertan gran ansiedad e incertidumbre. En la astrología, las causas de la incertidumbre eran las sucesiones dinásticas y las guerras. Los economistas neoclásicos tratan de las ansiedades provocadas por las decisiones de inversión, la volatilidad de los mercados y la oposición que generalmente sus recomendaciones de políticas suelen generar en aquellos que deben padecerlas. Ambas funcionan como ideologías y se estructuran conforme al sentido común de las élites dominantes.

Escepticismo del postmodernismo de las grandes narrativas

Las distintas orientaciones postmodernistas de la década de los ochenta, surgidas de la frustrada revolución de 1968, la visible crisis del comunismo soviético y el relanzamiento de las ambiciones hegemónicas de los Estados Unidos, también contribuyeron a compartir el mismo supuesto de la existencia permanente del capitalismo, aunque esto no ocurrió sin una gran dosis de desesperanza existencial. “Consecuentemente, el postmodernismo cultural no pudo sostener una voluntad capaz de mirar de frente las verdaderas realidades estructurales”.

Entre los principales rasgos del postmodernismo hay que destacar su escepticismo de cualquiera pretensión teórica de gran alcance, o de lo que ellos llamaron las grandes narrativas, celebrando la duda, la ironía, la experiencia vivida, la deconstrucción de las creencias y la interpretación de prácticas culturales minúsculas. El postmodernismo surgió directamente de la revolución de 1968 y el ingreso a la academia de nuevos grupos de jóvenes. Hay que reconocer que puso en discusión asuntos que eran antes considerados como verdaderos dogmas, aunque, en verdad, “agitó aguas estancadas, pero dejándolas enturbiadas”.

Aquellos que se apartan de los cánones de la economía neoclásica recurren de una manera bastante simplificada al concepto de “destrucción constructiva” de Schumpeter

La destrucción constructiva permitiría la recuperación del sistema capitalista. Hay que recordar que el propio Schumpeter sostuvo que la misma automatización impulsada por la empresa capitalista la haría superflua y “saltaría en pedazos bajo la presión de su propio éxito”. Dicho proceso también destruiría los “pilares extracapitalistas”, como lo eran las instituciones remanentes del feudalismo que ofrecían alguna protección a sus distintos actores, tales como la hacienda, la aldea y los gremios artesanales. También destruiría las instituciones económicas del pequeño productor y del pequeño comerciante. Todas las instituciones anteriores representaban cadenas que no solamente entorpecían, sino que también protegían. El mismo Schumpeter define su interpretación como “paradójica” ya que creía que el capitalismo podría superar sus contradicciones. Sin embargo, terminó afirmando que el capitalismo caería como sistema histórico como resultado de sus propias realizaciones.

Randall Collins, refiriéndose a la teoría de Schumpeter sobre el efecto creativo que sucedería a la destrucción productiva gracias al proceso de innovación que caracterizó el desarrollo capitalista, dice que ella fue una simple extrapolación de tendencias históricas: el número de trabajos creados por los nuevos productos compensaría el número de los trabajos perdidos por la destrucción de los viejos mercados. Ninguno de los partidarios de esta teoría ha tomado en cuenta el desplazamiento tecnológico del trabajo comunicativo, la válvula de escape que en el pasado determinó la creación de nuevos trabajos que compensaron la destrucción de los antiguos. Además, hoy, a diferencia del pasado, todos los Estados que constituyen el sistema-mundo -centrales, periféricos y semiperiféricos- estarían envueltos en proceso de decadencia como consecuencia del agotamiento de las fuentes de acumulación del capital. Las razones de este proceso ya se destacaron anteriormente en un resumen que reiteramos: se trata del cambio climático y destrucción del planeta; desigualdad astronómica; irrupción del COVID-19; exiguas competencias financieras del sector público correlacionada con el aumento espectacular de la riqueza privada neta en países centrales; resistencia de trabajadores organizados y otros grupos sociales al deterioro de sus condiciones de vida; y movimientos sociales de distinto tipo que presionan al sector capitalista para que este asuma el costo de los efectos negativos de su modo de producción.

TAGS: #Coronavirus #CrecimientoEconómico Capitalismo

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