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Evaluar profesores

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Existe cierta tendencia a juzgar negativamente al profesorado chileno por cuanto critican el sistema de evaluación docente. En particular, los juicios negativos recaen sobre el liderazgo actual del gremio, cuyos desaciertos comunicacionales contribuyen a formar una imagen negativa de la actitud de las y los profesores en Chile hacia la evaluación docente. Lo que le cuento acá es que la lógica por la cual se cuestiona la evaluación docente no tiene nada que ver con que los profesores se nieguen a ser evaluados. Es más, la historia del Colegio de Profesores muestra que fue este cuerpo colegiado, en procesos participativos, el que impulsó la creación de instrumentos de evaluación docente de carácter formativo, y que en su centro tengan el desarrollo de una carrera profesional.  Por lo tanto, es falso que los profesores se nieguen a ser evaluados.

Sin embargo, lo que si existe es una crítica al proceso de evaluación y su diseño, en particular porque a pesar de su intención inicial, y lo que los profesores proponían, la evaluación docente no se instala como un proceso formativo, y se transforma crecientemente en una herramienta punitiva. El peligro de ello es que se crea artificialmente un enemigo de la educación –el(la) profesor(a)-, y se desvirtúa la discusión altamente compleja de la evaluación hacia mecanismos simplistas que implican purgas gremiales más que mejoramiento educativo, todo ello financiado por el Estado.

Hay que partir diciendo que el proceso de evaluación docente es un intento de imponer una cierta normatividad para la actividad profesional de profesores y profesoras. Esta normatividad tenía en su seno la necesidad de contar con mecanismos adecuados para una carrera profesional, a la vez que instalar capacidades colectivas para enfrentar problemas de calidad académica mediante el uso de conocimientos pedagógicos en contexto. Esta normatividad quedó establecida mediante la discusión técnica de un documento de estándares – El Marco para la Buena Enseñanza-, que se enfoca en aspectos técnicos de la enseñanza, y no indica mucha información respecto a los procesos de decisión pedagógica que se relacionan con los diversos entornos o contextos educativos.

Lo segundo es que la normatividad que se le entrega a la profesión mediante la evaluación docente implica ciertos compromisos ideológicos y valóricos que se obvian al enfatizar la implementación técnica. Ello reduce la riqueza de la información con que se juzga la instrucción y la enfoca en normar  procedimientos más que en aplicar principios pedagógicos a contextos de enseñanza y aprendizaje. A su vez, se oculta la discusión sobre los propósitos generales de educar a sectores sociales particulares, y asume como un supuesto inamovible la implementación curricular academicista. Ello repercute en que el juicio docente sea crecientemente sujeto a una especie de manual de docencia, y no dependiente de los principios para el diseño pedagógico que son parte de la formación profesional.

Lo tercero: asumiendo que podríamos estar de acuerdo en la normatividad profesional y sus formas, la asociación mecánica entre evaluación y ‘mejora’ en el desempeño profesional es una pregunta abierta que los investigadores en educación aún no han resuelto. Uno de los argumentos con que los profesores impulsaron la evaluación docente fue la condición de que su carácter fuera formativo. Una evaluación formativa se enfoca en entender cuáles son los significados que se le atribuyen a ciertas prácticas, con el fin de preparar y diseñar sistemas de apoyo que guíen esas prácticas hacia cierta (aceptada) normatividad. De forma diferente, una evaluación sumativa se preocupa de juzgar ‘cuánto’ sabe una persona en base a ciertos criterios de desempeño. Muchas veces (sino todas) esos juicios permiten decidir si alguien adquiere o no ciertas credenciales, o si se le permite el acceso a ciertos recursos. Un ejemplo de evaluación sumativa es la Prueba de Selección Universitaria. Si en el camino de una evaluación formativa se ofrecen incentivos individuales, la evaluación pierde su carácter formativo y se transforma en una competencia. La competencia disminuye la colaboración, y por tanto reduce la capacidad de formación profesional mediante interacción constante con pares más experimentados. Eso es lo que hicieron con la evaluación docente.

Por último, la importancia de la evaluación docente ha sido instalada políticamente como un proceso de políticas públicas y economía. Ese cierre disciplinar ha significado una reducción de la comprensión de los procesos pedagógicos del aula a nivel público, aun cuando la inmensa cantidad de información obtenida, que incluye horas y horas de grabaciones de profesores haciendo clases, se ha usado con fines de investigación. Ese mismo cierre disciplinar es el que asume que el conjunto del aprendizaje de niños, niñas y jóvenes en las escuelas puede ser juzgado con pruebas estandarizadas. La calidad, entonces, se reduce a un número. Sin embargo, la investigación indica que hay muchas dimensiones de la calidad educativa que no pueden reflejarse en lo que indica ya sea un número o un clasificador limitado.

En suma, que los docentes no quieran evaluación es falso. Es una ficción planteada por los políticos y seguida con facilismo por muchos que llegan y se lanzan a denostar al gremio y la profesión, particularmente en la prensa tradicional. Son también presa de ese facilismo los que confían en la reducción tecnocrática de los procesos pedagógicos, y por tanto llegan y se lanzan a criticar a los profesores a partir de los resultados del SIMCE y la misma evaluación docente. Solo para aclarar: son los docentes los más interesados en normar su profesión para la calidad y con fines de tener una carrera profesional digna y colaborativa. Las críticas a la evaluación docente no son un mero arrebato, son un proceso complejo de elaboración, del cual los profesores y profesoras de Chile tienen mucho que decir y aportar. Sería bueno escucharlos y considerarlos en vez de atacarlos y denostarlos.

——-

Foto: Escuela Alessandri Palma, Los ÁngelesLicencia CC

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Comentarios

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19 de octubre

Explicas muy bien el asunto. No obstante, creo que “el gremio” y sus voceros no han explicado esto de manera concreta. Y creo que esto sería esencial como argumento en torno a la discusión y el debate sobre la Educación, en vez de limitarse a vociferar ciertos eslogan.

¿No has pensado en ser candidato al colegio de profesores?

19 de octubre

Hola Jorge,
Me causa risa tu pregunta. Tengo un profundo respeto por los profesores y por la construcción de los movimientos sociales. Por ello, no creo que uno pueda pensar en candidatearse a algo sin antes participar en la construcción de una fuerza social capaz de sostener un proyecto. A mi me falta mucho para eso.

19 de octubre

Estimado Ivan:

Para incluir en el debate 3 documentos:

1).- “Evaluación docente 2010”: http://bit.ly/q5YMoZ

2).- Recomendaciones de la OECD respecto de educación y particularmente docencia:

* Asegúrese de que todos los programas de formación docente cumplan con estándares mínimos bien definidos.

* Actualizar los contenidos de conocimiento para los profesores, especialmente en los grados superiores de las escuelas primarias, a través del mejor financiamiento de programas iniciales de formación del profesorado en las universidades y en los programas de posgrado para docentes.

* Desarrollar un programa de inducción para nuevos profesores.

* Introducir exámenes externos de salida para la formación docente inicial.

Link del documento: http://bit.ly/nRTjEc

3).- Unesco: “Evaluación del desempeño y carrera profesional docente” http://bit.ly/pk7ms1

Saludos,

19 de octubre

Pablo, gracias por las referencias, pero me gustaría que comentaras más al respecto.
Desde mi perspectiva, las tres son un buen ejemplo de lo que planteo en la columna, en particular el documento de recomendaciones de la OCDE y el reporte de la evaluación docente 2010. El documento de la UNESCO es una excelente revisión que describe los sistemas de evaluación en términos de política comparada.
Mi crítica apunta a que no se puede juzgar la calidad como sinónimo de evaluación, menos aún cuando los instrumentos y sus resultados son usados sin (los declarados) fines formativos. Por último, creo que en Chile no ha existido un debate democrático respecto a qué es lo que se espera del sistema educativo, reduciéndo la discusión de la calidad a la técnica procedimental y descontextualizada. Creo que antes de declarar que la calidad es tal o cuál, se requiere un acuerdo democrático amplio que establezca cuáles son los propósitos de la educación. El acuerdo tecnocrático ya se ha agotado.

22 de octubre

Estimado Iván:

Lo correcto a mi entender es no sobrevalorar la evaluación docente, esta tiene y debe tener un carácter formativo, que apunte al mejoramiento continuo de la labor docente (y de cualquier otra labor). En esto es fundamental que el papel que juega el Director del establecimiento sea la de un líder que promueva mediante capacitaciones y entrenamiento el fortalecimiento de las debilidades encontradas por la evaluación, y potencie sus capacidades. Lo que debería discutirse es la carrera profesional docente, entendiendo esta desde la formación del profesor, su entorno y el desarrollo de la misma. Por supuesto que dentro de esta formación debe haber evaluaciones, sin embargo estas no deben representar una amenaza para el docente, sino una oportunidad. Ahora distinto es si por factores culturales de nuestro país, la evaluación es tomada como un medio para reducir o desvincular a los docentes de su actividad, hecho que se repite en otras actividades también; pero esto es otro problema, y debería abordarse de forma paralela.

Cito del texto OECD: Informe TALIS “Creación de entornos eficaces de enseñanza y aprendizaje”

“La evaluación del profesor y el retorno de información de la misma pueden ser instrumentos importantes para elevar la autoeficacia, y el reconocimiento
público puede potenciar esta relación”

Link: http://bit.ly/pcy8zS

Saludos

19 de octubre

Aquí surge la tensión clásica entre la mirada homogeneizante en educación que estandariza, desde miradas foráneas y que desdeñan los contextos y que además por mucho tiempo ha instalado en el imaginario del devenir educativo chileno a los profesores como variables a estudiar y ténicos que deben aplicar lógicas desde arriba; con la mirada heterogénea (Magendzo) que reconoce los contextos y fines particulares (que no están definidos en la educación chilena) y que reconoce al profesor como “profesional transformativo” (Giroux). Desde la óptica de la pedagogía crítica opto por la segunda. Pero todavía hay que generar más teoría praxis, discusión y relevar discurso.

20 de octubre

Estoy de acuerdo, y a la vez reconozco la tensión. Creo también que se puede ser crítico sin buscar la heterogeneidad total pensada como la defensa cerrada de identidades. Después de todo, yo creo que los sistemas educativos, al ser sistemas sociales, son un espacio donde existe la posibilidad de crear y compartir un conjunto de normas que permitan la convivencia social. El problema hoy es que las escuelas no otorgan eso, pues segregan y están segregadas. Es allí donde adquiere valor la pedagogía crítica como herramienta de integración social, pues permite cuestionar las estructuras de cierre que pone el sistema.
Saludos.

19 de octubre

Notable tu artículo, como profesor me refleja 100%. El tema no es que no queremos ser evañuados, sino que la actual evaluación presenta deficiencias enormes insoslayables ¿Qué soluciones existen al respecto? ¿Hay posibilidades de un cambio radical en la evaluación? ¿O de frentón es mejor desechar la evaluación actual e impulsar una nueva? Mientras existan académicos que deseen evaluar y nunca hayan entrado en una sala de clases el problema seguirá latente.

20 de octubre

Hola Cristian,
Tratando de responder a tus preguntas:
¿Qué soluciones existen al respecto?
Creo que hay una solución fundamental: volver a confiar en el juicio humano. Actualmente se desconfía en demasía de las capacidades de los profesores, y eso es problemático cuando lo que uno hace al enviar a los niños y niñas a la escuela es asumir que existe una institución confiable detrás. Junto con ello, fortalecer la colaboración colegial, que hoy no es muy extendida debido a la carga irracional de trabajo que se le instala a los y las docentes.
¿Hay posibilidades de un cambio radical en la evaluación?
No creo, en el ambiente político actual. La evaluación actual, con todos sus peros, fue un proceso difícil de construir. La radicalidad de un cambio requiere la radicalidad de una idea nueva, impulsada radicalmente (o sea, de forma masiva), y mediante la construcción de espacios de poder que la vislumbren como necesaria.
¿O de frentón es mejor desechar la evaluación actual e impulsar una nueva?
Creo que antes de hacerlo hay que tener una propuesta nueva. El Colegio de Profesores ya intentó desechar la evaluación docente en protesta por la falta de respeto a los acuerdos políticos, sin embargo, no les fue tan bien y terminaron desacreditados fácilmente ante la opinión pública. Yo sería cauteloso en rechazarla de plano sin haber construído un instrumento alternativo que tenga validez pública. Y si buscaría mecanismos alternativos de formación profesional, fuera del círculo de dependencia con el Estado y las municipalidades. Claro que para ello se requiere de mucha creatividad política y técnica.
Saludos!!!

19 de octubre

Estimado Iván, que bueno que te causa risa, aunque la pregunta tiene cierta ironía porque en el fondo, y a eso apuntaba esencialmente, pero veo que no cruzas la línea, Gajardo no es ni ha sido un buen vocero ni menos un buen constructor de movimientos…ahora se subió a un carro que otros han empujado.

20 de octubre

Sólo un comentario más. El 2010 sólo un 2% de los profesores que debían evaluarse no lo hicieron sin justificación (Rebeldes). Hay que romper ese mito de que no se evalúan.

Otra cosa. En muchos países la evaluación docente es muestral, y tiene fines formativos e investigativos. Que sea muestral abarata los costos, lo que permite medir en mayor profundidad.

20 de octubre

Buen dato Javier, gracias.

27 de octubre

Buen artículo. Es efectivo lo que indicas y para énfasis en uno de los aspectos que mencionas, el evaluar a los profesores es un proceso sumamente complejo. Por ejemplo la prueba Inicia, es más un indicador de quien no tiene contenidos mínimos para hacer clases, más que un indicador de estar preparado para ser un buen profesor. Me explico, con ese tipo de evaluaciones se pone un piso mínimo (dificilmente alguien que no domina contenidos los pueda enseñar), pero no se verifica que quien los tenga sea un buen profesor.
Diversos estudios muestran que las características que hacen un buen profesor, resultan no ser medibles facilmente (entusiasta, clases atractivas, confianza en sus alumnos, etc), salvo un aspecto (aprendizaje de los estudiantes).

Saludos.

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