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Acerca de la eliminación de la filosofía

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En la última semana ha trascendido la propuesta del MINEDUC para reformular la estructura curricular de III y IV medio que incluye la eliminación de la filosofía del plan común y la fusión de historia y ciencias. Este hecho ha tenido amplia cobertura y en distintos medios de comunicación se ha levantado una oposición tajante a esta medida. Se han alzado en contra académicos, estudiantes y periodistas, señalando las bondades de la filosofía para el cultivo del pensamiento crítico. Sin embargo, cabría preguntarse sobre la novedad de esta medida, pues si analizamos la historia de las reformas llevadas a cabo desde la vuelta a la democracia, la eliminación de la filosofía aparece como la consecuencia necesaria de un conjunto de prácticas llevadas a cabo por el Estado y los agentes educativos que apuntan a estructurar una educación funcional centrada fuertemente en la obtención de resultados en evaluaciones estandarizadas de carácter nacional e internacional.


Dentro de esta lógica la filosofía es innecesaria y poco funcional. Sus resultados no son medibles, al menos en el corto plazo, en evaluaciones estandarizadas. Por lo tanto, no es novedad que estas pocas horas que aún conserva en el currículo quieran ser extirpadas a fin de ser aprovechadas de manera más productiva.

A mi entender, podemos distinguir dos grandes hitos en las reformas escolares postdictadura: el primero ocurre con la reforma curricular del año 2000, cuando se articulan los planes y programas en base a contenidos mínimos obligatorios y aprendizajes esperados, implementando un modelo con escasos resultados que incluyó, entre otras cosas, la reducción de la filosofía al último año de la enseñanza media. El segundo hito lo constituye la reforma curricular del año 2010, donde la falsa dicotomía entre aprendizajes esperados y contenidos mínimos es superada por la noción de objetivos de aprendizaje y se actualizan todos los planes y programas con excepción de los de filosofía. En medio de todos estos cambios, por supuesto, hubo un conjunto de medidas complementarias: implementación de la jornada escolar completa, aumento en las horas lectivas de lenguaje y matemáticas, fusión de las artes plásticas y las artes musicales, el intento de reducción de las horas de historia (que aparece nuevamente en la fusión de esta disciplina con ciencias naturales) y el aumento de la cantidad de áreas y niveles a evaluar en el SIMCE.

En este contexto, la eliminación de la filosofía aparece como una medida que es incluso tardía desde el punto de vista de la lógica del sistema, pues si analizamos  los cambios que han habido en la legislación que regula la educación, se puede observar claramente que el objetivo del sistema es la obtención de resultados. Así pues, mientras la antigua LOCE ponía su foco en la realización de evaluaciones periódicas “a lo menos, al término de la educación básica y de la educación media”, la actual LGE señala que la Agencia de Calidad de la Educación debe elaborar planes de evaluación que incluyen la participación en evaluaciones internacionales. Ya no es entonces solo el SIMCE, ahora es también la prueba PISA.

Ha ocurrido por tanto una profundización de un enfoque positivista de la educación. Dentro de esta lógica la filosofía es innecesaria y poco funcional. Sus resultados no son medibles, al menos en el corto plazo, en evaluaciones estandarizadas. Por lo tanto, no es novedad que estas pocas horas que aún conserva en el currículo quieran ser extirpadas a fin de ser aprovechadas de manera más productiva.

Es aquí, entonces, donde viene el espacio para la autocrítica. Si la situación actual no es sorpresiva ¿Por qué permitimos que se llegue a este punto? ¿Cuál es el rol que hemos jugado como pedagogos y como practicantes de la filosofía? Al parecer nos hemos encerrado en burbujas académicas que carecen de comunicación con otras disciplinas y hemos estado ausentes de los grandes cambios que la sociedad está impulsando. Ha habido una especie de auto marginación del debate social, una especie de auto invisibilización que ha tenido como consecuencia el peligro de la desaparición de la disciplina. Es hora, por lo tanto, de cambiar nuestra forma de accionar, la pasividad y la reactividad no pueden ser más el camino a tomar. Debemos aprovechar los espacios que se han abierto a partir de esta coyuntura y tomar un rol activo en la propuesta de ideas que apunten a la construcción de la sociedad.

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