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La fuerza de la historia y la explosión democrática

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Tal vez deberíamos inquietarnos por la sorpresa de algunos. Las fuerzas de las ideas democráticas estaban explosivamente vivas, no sólo en generaciones maduras, sino que también en los más jóvenes. Parece ser que la larga transición no tenía más que decir; que sólo se trataba de alternancias poco creativas de lo supuestamente ya instalado. Pero emergió la historia en los jóvenes, después del periodo de aletargamiento creativo que significó la transición pactada.

La transición con el dictador, dentro de una estructura sospechosamente democrática. Una transición con actores estratégicos limitados. Una transición con espesos residuos autoritarios que no permite abordar problemas tales como la reforma educacional, la apertura de los espacios de participación y el tratamiento en forma aislada de los diversos problemas, que no da paso a soluciones de fondo, porque tiene fuertes amarres constitucionales e institucionales.

La transición se hace con un claro déficit de constitucionalismo democrático; con déficit de institucionalización democrática, con déficit de lo público y con un déficit notorio de ética pública -entre otros- que no logran corregirse sino parcialmente en los gobiernos de la Concertación. Pero lo más grave es que la transición pactada consolida un déficit de equidad y de justicia. Todo ello se traducirá obviamente en un déficit de ciudadanía, de liderazgo político, de representación y por lo tanto de un déficit parlamentario. Es decir, la democracia en Chile, a pesar de los esfuerzos bien encaminados de la transición, es por naturaleza una democracia en déficit.

Los movimientos sociales y de los estudiantes expresan precisamente la inconformidad frente a una democracia deficitaria. Los desafíos que ello implica son de tal magnitud que pasan por reformas estructurales al sistema, aunque este concepto inquiete a muchos. No es posible solucionar el problema de la educación, sin tener claras referencias de qué país estamos hablando o qué país queremos construir, para especificar qué proyecto educacional es necesario para el país que proyectamos. No se trata solo de más dinero, ni tampoco de intereses más bajos en los créditos. Se trata de definir qué país, con qué justicia, con qué distribución del ingreso, con qué satisfacción, en último termino, de todos los derechos que implica la democracia y todos los deberes a los cuales estamos obligados. No se trata por lo tanto, de una mera reforma educacional, sino de una reforma integral, pensando en un país distinto.

Hay cierta confusión en algunos sectores políticos de diverso signo. Hay un miedo a la historia de nuestro país y a la historia particular de los partidos. Parece que tuvieran miedo de recuperar su propia historia. En ciertos sectores recorren escalofríos cuando se habla de Revolución en Libertad; Vía no capitalista de desarrollo o vía chilena al socialismo. Si se le teme a la historia, jamás podrán recuperar los partidos políticos su propia identidad y construir los nuevos proyectos. Sin historia no hay superación del pasado ni proyecto futuro.

La derecha pensada desde el gremialismo y que se traduce en la actual coalición de gobierno, si bien sigue siendo liberal y sigue siendo conservadora, en lo ético fundamental se rearticula para una nueva expresión en este capitalismo globalizado. Los no liberales, desde la izquierda a distintas formas de concepciones progresistas del desarrollo, no han podido proponer nada distinto, porque la crisis de los paradigmas los golpeó duramente. Sin embargo, el pueblo quiere estar presente “…en la gran corriente de justicia social deseada por sectores cada vez más numerosos de chilenos; para que todos los chilenos participen de los bienes de este mundo; en el deseo y la posibilidad del mundo de los trabajadores de participar en la gestión de las empresas; en la mayor participación de la juventud en las grandes decisiones del país; en el avance del mundo campesino que cada día se hace más responsable, en la parte que le corresponde del alimento de Chile, organizando con su inteligencia, sus manos y sus propios dirigentes el trabajo del campo; en el gran deseo que anima a todos los chilenos de construir con dignidad la auténtica soberanía de Chile (Mensaje de los Obispos de Chile 1973)”.

Esta es la historia que quedó trunca. Este texto hace parte del sueño que quedó aplastado hace más de 30 años, el sueño de una sociedad más justa, de una sociedad libertaria. Es el reclamo tácito que se expresa en la última encuesta de Adimark, donde el Presidente del país, solo alcanza un 31% de aprobación a su gestión y en sentido contrario aumenta al 62% la desaprobación. A las alianzas políticas no les va mejor: un 68% desaprueba a la Concertación y un 60% desaprueba a la Coalición por el Cambio. En estas cifras hay algo más que el rechazo o el descontento por una gestión. Hay algo más fuerte que una crisis de representación (que sí la hay).

Lo que hay es el rechazo de un país, que quiere recuperar su dignidad y su historia, que quiere ser parte en la construcción de un nuevo proyecto. Un país que quiere cerrar el paréntesis de una democracia de muy bajo perfil; que no quiere repetir errores, pero que reclama tener un lugar en la historia, recuperando una dignidad maltratada y aplastada por esta democracia deficitaria que aún permanece y que otros al menos quisieran perpetuar. 

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Foto: Kena Lorenzini

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17 de julio

¿podrá traducirse esta fuerza renovadora en reformas efectivas, dada las debilidades de los partidos políticos chilenos hoy?

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