img-677923

Cuando vas en el aire, aproximándote al suelo, cuesta asumir que te estás sacando la cresta. Al instante siguiente estás con el cemento a milímetros de tu nariz, tus manos y rodillas ardiendo y más allá, tu bicicleta, algo destartalada con la rueda aún girando. Ese es un momento de silencio, de una extraña quietud, donde finalmente asumes que te has caído y comienzas mentalmente el control de daños.

Después llega la señora buena onda y comienzas el lento proceso de pararte. ¿Me pegué en la cabeza? es la primera pregunta que te haces. Mueves tus articulaciones, estiras los dedos, revisas tus magulladuras. Aparece el bendito pañuelito desechable que te ayuda a parar la sangre de tus manos, tu pera, tus rodillas. Tu orgullo sigue estampado en la vereda. 

Todo esto me sucedió camino a mi trabajo pedaleando por la ciclovía de Simón Bolívar en Ñuñoa. Iba con casco y sí, tuve suerte. Pudo haber sido peor.  

¿Por qué me caí? Simplemente porque el estándar de esa ciclovía no es apto para recibir ciclistas.

Entremos en detalles. La vía va desde Antonio Varas hasta Avenida Ossa y en ella puedes encontrar todas las aberraciones posibles. Es angosta y en algunas partes no caben dos bicicletas. En toda su extensión puedes encontrar al medio postes, árboles, paraderos y hasta kioskos. Muchas veces, para esquivar todos estos obstáculos las vías de ida y vuelta se separan generando curvas imposibles que muchas veces obligan a salirse hacia la vereda o la tierra. O a sacarse la cresta, como en mi caso. Esto sin contar a peatones y autos que, como en todas las ciclovías, la usan para caminar o estacionarse.

Incluso a la altura de Montenegro, un kiosko obliga a dar una ajustadísima curva, donde no tienes visibilidad para saber si viene o no alguien de frente. Esta curva es hacia la calle, generando una situación de enorme peligro en caso de que se encuentren dos bicicletas de frente y alguna no logre dar la curva de manera perfecta. Esto podría terminar con una persona incrustada en un auto provocando un accidente mayor. Si esto pasa, ¿qué autoridad asume la culpa?

Asimismo, los automovilistas que llegan desde diversas calles a cruzar Simón Bolívar no son advertidos  de la existencia de una ciclovía. Tienen que adivinarlo. El nivel de señalética tanto para autos como para los ciclistas es por decir lo menos, deficiente.

Peor es que no hubiese ciclovía. Ese argumento lo he escuchado muchas veces y definitivamente no estoy de acuerdo. Creo que en este caso, y en muchos otros, es mejor es que no existan. Mejor es no tener estas pseudo-ciclovías charchas que son un gran espejismo de seguridad que pone en serio riesgo a quienes tranquilamente las usan confiando en que fueron bien diseñadas. Para ciclovías charchas, ya no estamos.

No  pretendo levantar banderas de nadie, simplemente quiero exigir como ciudadano que cuando se construya infraestructura pública sea con los estándares de seguridad y calidad correspondientes para que podamos todos, los que andan a pie, en auto, en transporte público o en bici, disfrutar y movernos de manera segura y cómoda a nuestros destinos.