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Locura, prejuicio y diferencia: una reflexión

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Sabemos por la experiencia cotidiana que en el mundo existen toda clase de personas. Conocer a alguien nuevo siempre implica adentrarse en un mundo diferente, en algo desconocido que, eventualmente y con el paso del tiempo, puede llegar a hacerse familiar. No obstante, casi todos hemos tenido también la experiencia de conocer a personas que no encajan con nada de lo conocido en el sentido de lo socialmente aceptado o reconocible. Personas que por su singularidad nos parecen algo extrañas o llamativas, personalidades con peculiaridades notorias que exceden los estrechos límites de los estereotipos sociales en los que acostumbramos a clasificar a quienes nos rodean. Éstos son los “raros”, los que no parecen haberse adaptado correctamente a los cánones impuestos por el marco cultural normativo que espera de los individuos una sujeción plena que promedie la individualidad para someterla al arbitrio del común denominador.

Un mecanismo habitual de la especie humana es recurrir al estereotipo para intentar encasillar al pobre diablo que no tuvo la suerte de moldearse según las normas y prescripciones de un guión social preestablecido y usualmente bastante rígido. Emerge nuestro conservadurismo y los referentes del imaginario colectivo terminan operando en la práctica como prejuicios odiosos. Y la etiqueta favorita más común contra la persona diferente es la de “loco”. Sin embargo pocos están al tanto de lo que realmente significa la locura.

En mi trabajo diario con pacientes psiquiátricos severos estoy acostumbrado a tratar con las psicosis reactivas, las esquizofrenias y los trastornos esquizoafectivos. En ellos, la persona es incapaz de distinguir la realidad de la alucinación, las explicaciones de los sucesos se vuelven delirantes y el lenguaje pierde toda coherencia y sentido lógico. Se dice entonces que el paciente ha perdido el juicio de realidad y se halla dentro del grupo de los desórdenes psicóticos. Esta es la verdadera “locura”, un término peyorativo y degradante que habitualmente aplicamos con ligereza a toda clase de personas diversas que en su originalidad no han querido reducirse a los dictámenes del promedio, a la mediocridad del grupo, a la comodidad de pasar desapercibido en medio del patrón generalizado y que por su irrenunciable excentricidad o su defensa del derecho a la diferencia se han sustraído a la presión de la masa para terminar siendo blanco de los dardos del prejuicio y del etiquetado fácil de mentes demasiado estrechas.

Ser diferente no es lo mismo que ser loco, porque se puede ser poseedor de una gran singularidad sin haber perdido el juicio de realidad ni presentar rasgos de personalidad patológicos.

La particularidad de cada persona y su distancia o cercanía con los prejuicios y estereotipos culturales no son un criterio diagnóstico en ninguno de nuestros manuales y programas de salud mental.

Por eso sugeriría a los lectores no tomarse tan a la ligera los etiquetados con los que generalmente se intenta explicar o evaluar la conducta que no encaja con una angosta y a veces miope visión del mundo. Hay muchos colores en el vasto universo de las estructuras de carácter. Y se requieren muchos años de estudio y sobre todo de experiencia clínica para ser capaces de comprenderlos con un mínimo de rigurosidad y respeto.

* Pablo Ianiszewski F. Psicólogo y psicoterapeuta 

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