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El mito chileno de Ícaro

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Ícaro vive junto a su padre Dédalo, un padre viudo soltero que hace todo lo posible por educar a su hijo para que puedan escapar de la población Creta. La tarea no es fácil, la familia Minos controla todo el territorio, desde redes políticas hasta las de tráfico de drogas. Con calma y buena letra, Dédalo le inculca el valor de la educación y el trabajo gracias al esfuerzo compartido. Con el pasar de los años, culmina la creación de las alas, es decir, los niveles secundarios y superiores de educación.

Ícaro, durante su formación profesional, legítimamente piensa que no le debe nada a nadie, todo lo que ha logrado ha sido fruto de su propio esfuerzo y el de su padre, juntos le han torcido la mano al destino, sin embargo, al momento de recordar esos días grises, despotrica cada vez que puede contra la protección social y la educación/salud pública. Después de titularse y acceder al mercado laboral, con la misma magnificencia de Alsino, empieza a volar.


Nadie podría oponerse al natural y sano deseo de progresar en la vida. Sin embargo, es necesario preguntarse si la actitud para alcanzar dichos objetivos justifica los medios.

Al pasar el tiempo, empieza a saborear las dulces mieles de la meritocracia, el mayor acceso a bienes y servicios por medio del crédito y mejores remuneraciones: sin duda, mejora su calidad de vida. Durante su tranquilo vuelo se encuentra con otros entusiastas Ícaros, quienes le sugieren tomar nuevos riesgos. Dédalo le aconseja prudencia, pero el hijo no escucha a su padre: consume más de lo que puede permitirse, hace bicicletas bancarias, empieza a invertir en instrumentos financieros que no entiende, entre otras cosas y el inexorable efecto del sol en sus alas de ceras genera lo inevitable.

Afortunadamente, el fin de esta historia no es tan trágico como el de la original griega. Nadie podría oponerse al natural y sano deseo de progresar en la vida. Sin embargo, es necesario preguntarse si la actitud para alcanzar dichos objetivos justifica los medios. Los Ícaros de hoy, deberían/deberíamos aprender a valorar y reivindicar más las redes de protección social y lo público, que si bien distan mucho de lo óptimo, ayudan a sobrellevar los efectos de la pobreza a quienes todavía no tienen sus alas, o por alguna razón, las han perdido. Nadie está libre de volar demasiado cerca del sol.

TAGS: #EducaciónPública #ProtecciónSocial meritocracia

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