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Políticas de la intransigencia: una estrategia que nunca resultó

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Al albor de las revueltas que en la región de Aysén exigen una redistribución más justa de los recursos generados en la zona, nos es posible apreciar nuevamente una tendencia por parte del gobierno del Presidente Piñera: una política de la intransigencia con los movimientos sociales. 
 
Esta política de la intransigencia se basa, esencialmente, en tres elementos: una visión de disfuncionalidad de los conflictos sociales, especialmente los originados e ideados fuera de las instituciones que integran el Estado; la criminalización de la protesta social, a través del uso y amenaza de la fuerza policial; y, finalmente, el uso del desgaste como la forma fundamental de resolver el conflicto. La sumatoria de estos tres factores produce una estrategia hostil de resolución de conflictos, basada en el “todo o nada” entre las partes, polarizando las partes en conflicto, y volviendo disfuncional cualquier tipo de conflicto. Por tanto, se combaten los síntomas, pero no la enfermedad. 
 
El movimiento contra HidroAysén, el movimiento localista de Punta Arenas, las movilizaciones estudiantiles por una educación gratuita, pública y de calidad para todos, y la actual problemática en Aysén no hacen más que demostrar la existencia de una política de la intransigencia por parte del gobierno, que al no resolver los conflictos tempranamente, los hace madurar y aparecer de otras formas pasado el tiempo. 
 
La política de la intransigencia debe ser entendida como una estrategia hostil de resolución de conflictos que proyecta los sesgos morales e ideológicos del gobierno a la hora de tratar las problemáticas creadas por el modelo neoliberal. Quizá se traduzca en términos exitosos a corto plazo, pero a la larga crea nuevos movimientos contra el gobierno, con temas nuevos pero exigencias trascendentales. 
 
Las lecciones a aprender son básicamente tres. En primer lugar, los movimientos sociales poseen pocos recursos: debidos a su naturaleza más bien espontánea y flexible, los movimientos sociales son en general débiles en sus inicios y poseen pocos recursos para mantenerse en el tiempo. De esta forma, la estrategia fundamental de las bases y de los dirigentes debe apuntar a crear una organización fuerte (con metas socialmente creadas), coordinada (comunicación amplia y funcional a nivel interna en pos de lograr sus objetivos) y coherente (sin contradicciones internas). Los gobiernos intentarán siempre explotar esta debilidad para matar por inanición al movimiento social, por lo que este debe usar a los medios de comunicación para legitimar su actuar y su existencia, a la vez que debe fortalecerse a nivel interno para evitar crear problemas adicionales. El hecho mismo de que los movimientos sociales tengan poco recursos tiende a hacerlos movimientos gremialistas, es decir, solo luchan por la defensa de determinados intereses, los cuales satisfechos, eliminan la razón de ser del movimiento. El gremialismo condena al movimiento a una breve e intrascendente existencia: esta es la principal lección que debemos aprender de HidroAysén y de Punta Arenas. 
 
En segundo lugar, los movimientos sociales tienden a la división: al no poseer una organización fuerte, coordinada y coherente, el movimiento social es proclive a las divisiones, producto principalmente de la frustración (brecha entre lo deseado y lo alcanzado) que puede sentir uno o más miembros dentro del movimiento respecto del manejo de los dirigentes frente a las negociaciones con el gobierno. Esto internaliza los sentimientos hostiles contra el adversario, creando enemigos internos contra los cuales disputar el liderazgo de la organización. Esto sucedió en plenitud en el caso del movimiento estudiantil del 2011, cuando a partir del 4 de agosto comenzó un proceso de decadencia, basado principalmente en la disputa entre el PC y la izquierda independiente, perdiéndose foco en el objetivo de alcanzar una educación pública, gratuita y de calidad por rivalidades internas entre quienes veían un rol muy moderado e incluso traicionero por parte del PC para con el movimiento, y quienes veían que se debía dar paso a una estrategia más hostil con el ejecutivo. La lección que debemos aprender es lo fácil que es dividir y conquistar un movimiento cuando este internaliza los conflictos y cómo el gobierno profitó de estas rivalidades a su favor. 
 
Finalmente, los movimientos sociales tienen demandas de largo plazo. Quizás este sea el principal rasgo de los movimientos sociales frente a otros tipos de agrupaciones: busca cambios trascendentales en el modus vivendis. Esto, sin embargo, se contrapone con la escasez de recursos de los que dispone como con su naturaleza divisionista. Así, mantener vivo un movimiento social durante el tiempo suficiente como para lograr un objetivo trascendental requiere, necesariamente, fortalecer su base organizacional para así evitar el uso irracional de sus recursos como para evitar divisiones a nivel interno. De esta forma, todo movimiento social debe aprender que para lograr un objetivo trascendental, la cooperación entre grupos descontentos potencia los recursos que posee, y que la existencia de un objetivo trascendental colabora en la erradicar las divisiones internas. Ignorar estas lecciones nos llevará a repetir la historia en lugar de aprender de ella y a hacer que las políticas de la intransigencia se vuelvan una política de Estado.
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