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¿Podrá una cajita de mercadería resolver un problema estructural?

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Frente al anuncio del gobierno de entregar dos y medio millones de canastas (cajas) con alimentos básicos a ocho millones de personas –catalogadas como población más vulnerable en el contexto de la crisis sanitaria que vive el país–, no cabe sino preocuparse. También preocupa la simplicidad con la que el gobierno entiende que se puede sanar un cáncer de piel aplicando un parche curita sobre la metástasis; preocupa que ante un grave problema se aplique una solución tan rudimentaria. Cuesta mucho creer que el ministro del Interior le proponga a su jefe una medida tan antagónica a los postulados de la economía de libre mercado, que incentiva la producción y el consumo, en vez de la caridad.


La verdadera preocupación debiera centrarse en saber si el hambre actual tiene su origen en la pandemia y las dificultades de abastecimiento, o es que ella incluso es anterior al estallido social de octubre

Cada vez que un gobierno echa mano a la caja chica –léase el 5% del presupuesto regional destinado a emergencias– para comprar un poco de pan destinados a los hambrientos, se está abriendo la puerta de la miseria de antaño, cuando existía el raquitismo. Cuidado con eso de repartir los peces, hoy la gente necesita que el Estado le garantice condiciones justas para conseguir los peces: trabajo, seguridad social, oportunidades equitativas.

La decisión de repartir espaguetis y porotos tórtola tal vez es una medida comprensible en un escenario de guerra como predijo con gran sabiduría a inicios del estallido social el mismo Presidente Sebastián Piñera, pero inconcebible e inexcusable para una economía sana y promisoria como se ha afanado en garantizar el propio Mandatario. Sus dos y medio y millones de dadivosas canastas solo podrían explicarse parado al centro de un país tercermundista, como Gambia, o bien desde la cúspide tercermundista del cerro San Cristóbal, constatando de norte a sur y de oriente a poniente un país dividido en dos mitades, como es Chile, desde Arica a Magallanes: una, pletórica de bienes y servicios, y la otra, alejada a más no poder de los 25 mil dólares per cápita que la OCDE le asigna como ingreso promedio a los chilenos; una mitad similar a Luxemburgo, y la otra, más próxima a la endémica desigualdad latinoamericana.

Preocupa que si desde La Moneda se planea resolver una arista de la crisis sanitaria entregando esas canastas del hambre a ocho millones de habitantes, no se haya pensado en agregar un frasquito de alcohol gel; tampoco se incluye en ellas alguna lata de anchoas, o un trozo de queso chanco. ¿En qué momento el país se empobreció de esa manera como para tener que ir en ayuda de semejante cantidad de personas, valiéndose de la excusa de una pandemia? De seguro el oficialismo saldrá a explicar que no se trata de un abrupto aumento de la pobreza, sino que de una medida adoptada para evitar que la gente salga de sus casas a abastecerse en medio de la pandemia. Algo así dijo el alcalde de Santiago, quien explicó que sus vecinos no se están muriendo por el coronavirus, sino de hambre. Los vecinos de El Bosque lo dicen sin pudor: “Estamos pasando hambre”. ¿Dónde quedó la promesa de tiempos mejores con la que Sebastián Piñera pensaba improntar la vida de los chilenos a contar de marzo de 2018? Una –otra más– promesa incumplida.

Desde la perspectiva oficialista no habría de qué preocuparse. El gobierno está haciendo bien la pega, tanto, que empoderado de su rol protector de la sociedad, decidió ir de compras y dejar en la puerta de ocho millones de hogares una cajita con su tarrito de jurel y su litrito de aceite, incluida la comuna de El Bosque. Toda opinión o visión contraria debiera ser considerada sediciosa. No obstante, más allá de que resulte comprensible que el gobierno comience a fungir como dealer, llevando provisiones a alrededor del 50% de la población nacional, la verdadera preocupación debiera centrarse en saber si el hambre actual tiene su origen en la pandemia y las dificultades de abastecimiento, o es que ella incluso es anterior al estallido social de octubre.

Desde la teoría del complot permanente es dable pensar que este gobierno, al que aún le resta la mitad de su período, ya está dando manotazos de ahogado, evidenciando de este modo un absoluto descontrol de todo cuanto le corresponde garantizar; desde la seguridad hasta los puestos de trabajo para que la población se pueda sustentar; desde la adopción de medidas sanitarias efectivas y reales, hasta la provisión de insumos clínicos para agilizar los testeos del virus que validen las cifras que el propio gobierno entrega.

Manotazos de ahogado que –como se podría suponer– no surgen desde el puesto de mando, sino desde los bracitos del contramaestre Blumel, subalterno cuya principal misión es (era) preservar la seguridad y el orden de la nave, no la de comandarla. Pero, en fin, cuando el capitán ha perdido su timón, no cabe sino confiar en los segundos que son llamados a conducir la embarcación a puerto. Se sabe que algunos ex navegantes ya han sido reembarcados.

Acaso no resultará mejor atender la idea no conspirativa, sino bastante ajustada a la realidad, de que mientras se van poniendo dentro de las cajas de Piñera los productos definidos como esenciales para subsistir en tiempos de pandemia, ciertos accionistas se soban sus manitas a sabiendas que, ¡oh, milagro! ellos también se beneficiarán. Claro, porque cada kilito de azúcar, cada paquetito de tallarines, cada salsita de tomates, saldrán de sus bodegas y harán saltar de alegría a sus estados financieros a la hora de la repartición de utilidades. A río revuelto, ganancia de pescadores. (¿Habrán incluido su rollito de papel higiénico?, mejor que no).

Con el objeto de validar la compra directa y la consiguiente distribución puerta a puerta, en desmedro de entregar dinero en efectivo para que cada beneficiado compre lo que le plazca, los defensores de la idea dirán que esa es la única forma de garantizar que la gente no malgaste los recursos que son de todos los chilenos. En eso el gobierno es muy estricto y transparente. A Sebastián Piñera pareciera preocuparle una sola cosa: la reelección de su coalición, para lo que cualquier medida que se tome con el fin de mantener la nave a flote, es válida, sin importar si ella es parcial o temporal, como la repartición de las cajas del hambre, que como es de suponer, con suerte alcanzarán para tres días.

Convencerse que tal mendrugo aquietará los ánimos es no entender nada. Ahora que Blumel entrará en cuarentena preventiva, debiera llevarse una cajita de esas a su casa para darse cuenta que ella apenas supera la urgencia de un momento, y en caso alguno apunta en la línea de ofertar al país soluciones permanentes y definitivas, como es la provisión de fuentes de trabajo estables, sueldos dignos que permitan acortar las brechas sociales que solo enquistan odios y diferencias. Un país no puede pretender el desarrollo sin antes resolver su sana convivencia. De lo contrario, no solo una pandemia pondrá en jaque el modelo, también lo hará el propio modelo contra sí mismo, por mucho que un compungido Piñera les hable a los hambrientos: “Les pido tranquilidad”.

TAGS: #CajaAlimentos #Coronavirus #GobiernoPiñera #Pobreza

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