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Plebiscito: Democracia representativa hasta el borde

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¿Qué es lo que se expresa tras la necesidad de un plebiscito? ¿Cuáles son las razones de su invocación mesiánica? ¿Por qué la aparición de este dispositivo ultra democrático? Por cierto que las preguntas formuladas pueden parecer excesivas, no obstante creo que permiten detenerse, acaso brevemente, en este nuevo escenario que, a mi juicio, viene a estabilizarse como la madre de todas las batallas y a imprimirse como la bajada de telón triunfante del movimiento estudiantil en este tramo de las demandas históricas.

Más allá de la  necesidad específica del plebiscito, y de plantearse como una gran victoria o como el cierre de proceso excepcional, se piensa necesario penetrar en las razones de su aparición, de su retórica y relato que, por cierto, no pegaba con tanta fuerza desde la década del 80.

Los plebiscitos ciudadanos son dispositivos de excepción al interior de un sistema democrático representativo. En democracia, el principio de representatividad anula o más bien posterga permanentemente cualquier invocación universal relativa al pronunciamiento de la sociedad civil de manera empírica, esto es, que ella decida. Para estos efectos se ha engendrado el parlamento, la tribuna de los notables, siguiendo a Rancière. Los parlamentos de los sistemas democráticos occidentales se despliegan a nivel fáctico, formal y orgánico, bajo un solo gran principio: ser la materialización institucional de la voz de un pueblo que, dada su multiplicidad y heteronomía, es incapaz de representarse a sí mismo, ya que navega en los mares del desorden y la dispersión. El parlamento convoca y abrevia las demandas ciudadanas en tierra firme, lejos del oleaje social desorganizado y relativo.

El dispositivo plebiscitario aparece más bien como un agente que perturba y distorsiona la democracia sistémica, representa un peligro y revela un gran acontecimiento contextual y profundamente social en lo político, como lo es que la clase política propiamente tal ya no es representativa de los intereses de los diferentes sectores sociales, desplegándose sobre su propia crisis, arraigándose en su desafiliación del vox populi, generando desconfianzas y fracturas. Para una democracia como la nuestra, el plebiscito es un noble y penetrante agente subversivo de la democracia misma.

El plebiscito lleva a la democracia representativa hasta sus bordes, le produce un des-madr a la clase política que ve, ahora, en la manifestación popular el riesgo de alcanzar una figura formal que dinamita las bases mismas de su poder. Ya no es sólo la calle, ya no es sólo el alzamiento unido de diferentes sectores sociales; ahora es el inminente peligro de ser derrotados por una mayoría que no quiere ser secuestrada por los vaivenes de la performance parlamentaria.

En una sociedad como la nuestra, donde los partidos políticos son prácticamente agencias de empleo y una posibilidad cierta de movilidad social y adquisición de redes (si es que ya no se tienen), un plebiscito retuerce la dinámica de que lo social sea capturado por lo político, de que sea decidido en el hermetismo de las “comisiones de trabajo” o flagelado por la “política de los acuerdos”.

Siendo honesto, no esperaba tanto de este movimiento, no creía en tal nivel de externalidades posibles. Mi visión inicial era la de un grupo de estudiantes que, dadas las enormes deudas históricas del sistema educativo chileno, se organizarían coyunturalmente pero que al final, una vez más, terminarían enfrentándose entre ellos o siendo carroña de los partidos políticos como le pasó al noble movimiento “pingüino”.

En Chile no existen las formas constitucionales para la creación de un plebiscito ciudadano que permita “normalizar” nuevamente a una sociedad después de una crisis institucional de estas magnitudes. No obstante, la presión en las calles que se oxigena una y otra vez puede provocar este golpe al mentón de la clase política y sus afanes neutralizadores. La última vez, la calle, las barricadas y las cacerolas fueron la base para derrotar una dictadura brutal logrando un plebiscito. Esta vez la calle nuevamente puede provocar cambios estructurales a un sistema educativo cuyos beneficios han sido ponderados sólo para un puñado de privilegiados (me incluyo).

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Foto: Desacato 

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17 de agosto

Totalmente acuerdo con los plebiscitos como manifestación de la voluntad del pueblo soberano, pero me surge una enorme duda a la luz de tu posteo: ¿por qué hablas del poder casi tectónico del acto plebiscitario si no conocemos las preguntas aún? Hacia dónde voy con esta interrogante, simple: la ley no elabora realidades, menos la felicidad como creían los ilustrados del siglo XVIII.
Y en cuanto a la referencia a la dictadura, el plebiscito de 1988 fue una medida que la misma constitución del 80 contemplaba para “legalizar” su continuidad bajo una democracia de utilería. Otro cuento es que una mayoría democráticamente se impuso.

17 de agosto

Gracias Marcelo por el comentario. Lo que llamas “tectónico” es a mi juicio un poder desestabilizador que el dispositivo “plebiscito” trae adherido al interior de una democracia representativa. Si hay plebiscito, es porque los “representantes” están en crisis de legitimidad. Por eso, en esta perspectiva, el plebiscito nuevamente dinamitaría nuestro formato democrático..
Lo segundo, por cierto que el plebiscito del 88 tenía carácter constitucional, pero sería ingenuo creer que esta fue la razón fundamental de su instalación. En cualquier momento los milicos lo vetaban y punto. La movilización callejera, la estabilización de un escenario de crisis a nivel internacional que se produjo por la ocupación de la calle fue mucho más determinante que la figura constitucional.
Saludos y gracias de nuevo por la discusión.

07 de septiembre

Creo compartir algunas apreciaciones del autor de esta columna. Para la salud de la democracia chilena me parece que es necesario que las consideraciones que se exponen en la columna estén presentes en el debate sobre el plebiscito.
Creo en los plebiscitos, pero también estimo que la convocatoria a este tipo de consulta democrática se relaciona con el desgaste de las capacidad políticas de la clase gobernante , por tanto el debate sobre el plebiscito debe también articularse sobre estas premisas.

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