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La única revolución armada en los 70 fue la reaccionaria de 1973

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Como buen 11 de septiembre en Chile, hoy se han conocido nuevamente varias opiniones de lo sucedido hace ya 46 años en 1973. Como siempre sucede, a la exigencia de justicia de quienes aún buscan los cuerpos de detenidos desaparecidos en dictadura, se contraponen quienes, para no dar a conocer su verdadera opinión del golpe y la masacre, intentan bajarle el perfil a la fecha, llamando a la unidad y a olvidar a figuras como Salvador Allende y Pinochet, intentando ponerlas al mismo nivel.


Quienes realmente mostraron su fuerza política, económica y armada no fueron quienes “lo querían todo”, sino quienes lo tenían todo y querían seguir conservándolo

Es una buena técnica y son, por lo general, las nuevas generaciones de la autodenominada “nueva derecha” las que la repiten para mirar con distancia el gran evento que institucionalizó un legado que hasta hoy defienden como si fuera lo “sensato” y lo moderado.  Pero la cuestión no es tan así. No hay moderación alguna en lo que hoy se defiende, ya que no solo es el triunfo del privado desregulado por sobre a la institucionalidad propia de una democracia liberal, sino también el resultado de la única revolución sangrienta que nuestro país vivió en Chile en los setenta: la reaccionaria.

Sí, porque solo basta leer la historia de Chile para entender que quienes realmente mostraron su fuerza política, económica y armada no fueron quienes “lo querían todo”, sino quienes lo tenían todo y querían seguir conservándolo. El Ejército de Chile no defendió la institucionalidad democrática ni nada parecido, sino que la destruyó para, con el tiempo, poner el Estado de Excepción al servicio de la violencia ideológica de un sector que convirtió sus intereses corporativistas en leyes de la República.

A diferencia de lo que se repite hasta el cansancio, lo sucedido el 11 de septiembre no fue una acción desesperada por salvar la democracia, sino la destrucción antojadiza del sistema democrático garantizado por la Constitución de 1925. Salvador Allende, lejos de ser un revolucionario déspota que quiso terminar con lo que, hasta entonces, era lo imperante, en cambio, murió defendiéndolo en contra de quienes lo quisieron destruir, desde el primer día de su gobierno, para no mover estructuras sociales que les parecían conveniente perpetuar. Porque en eso consistió este hecho revolucionario, en destruir todo para realmente no cambiar nada.

Ahora, claramente Chile cambió y, sobre todo,  se despolitizó. Las que fueron visibles controversias políticas, en dictadura comenzaron a ser entendidas como “lo prohibido”; el debate de ideas y los enfrentamientos verbales que traían consigo, comenzó a ser mirado con miedo por el ciudadano promedio.

¿No fue eso el corazón de la revolución que padecimos y seguimos padeciendo? ¿No ha sido, hasta hoy, este cambio cultural el que nos ha impedido, ya sea por terror o por comodidad, hacer algo al respecto? Todo lo que tememos hoy es producto de la tarea civil-militar, revolucionara/reaccionaria, de quienes decían oponerse a un cambio radical; de los que vistieron de cordura caprichos ideológicos que luego se transformaron en “la realidad”.

Tal vez el gran logro de una revolución, es que el adversario político defienda tus principios como si fueran los suyos. Y eso sucedió sin duda en Chile. Ya en democracia, lo institucionalizado en dictadura fue legitimado con votos, aunque estos fueran hacia la centroizquierda. Todo se hacía de acuerdo al itinerario revolucionario: los victimarios tenían puestos en un Congreso diseñado por la revolución, y hasta fueron actores políticos en el debate contingente.

El dictador, lejos de ser juzgado, era entrevistado, y su curiosa personalidad era vista por muchos como un aspecto “simpático”. Mal que mal era el guardián de lo realizado; el ojo vigilante que sacaba militares a la calle cuando no le gustaba lo que se estaba haciendo.

Pero tal vez la muestra más clara del triunfo revolucionario, fue que este militar, con el tiempo, empezó a ser mirado con desdén incluso por quienes le dieron sustento ideológico a su acción armada. Quien fuera el héroe del poder, murió siendo ignorado por quienes asistían a sus cumpleaños apenas unos pocos años antes, pero el relato político institucional siguió intacto, incluso floreado con discursos democráticos de quienes  lo apuntaban con el dedo en los ochenta.

Por lo tanto, hoy hay que saber qué es lo que comenzó aquel 11 de septiembre; es de suma relevancia que el cuestionamiento a lo impuesto siga vigente y crezca, porque al no suceder, se puede llegar a la ilusa idea de que esta revolución se terminó con el plebiscito en contra del dictador, o con una u otra reforma a ciertas lógica originarias, cuestión que no es cierta y que el relato hegemónico repite una y otra vez.

TAGS: #11Septiembre #GolpeDeEstado #Revolución

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