Democracia es sistema y valor subversivo - El Quinto Poder
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Democracia es sistema y valor subversivo

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Las democracias europeas fracasaron en el siglo XX en el traspaso de un régimen democrático-liberal que era necesario superar para construir un régimen democrático-social. Lo que fue barrido, especialmente con la llegada del fascismo, fue el Estado de derecho, es decir aquella organización de la sociedad civil que se funda sobre los derechos y la autonomía del individuo como sujeto, libre e igual, del ordenamiento social. Es este Estado de derecho, que nace de la Revolución Francesa, que fue destruido bajo la sombra de la imposición de los mitos y de los regímenes totalitarios.

Fue este Estado de derecho el fruto más maduro y superior del liberalismo político y de la civilización europea del 1700 y del 1800 y que no tuvo ninguna posibilidad de acceso en la nueva organización política que se estaba construyendo en la Unión Soviética, en el nombre de la dictadura del proletariado. La Revolución Francesa no cruzó nunca las fronteras de la vieja Rusia, ni las de la URSS comunista.

Ciertamente, en el transcurso del siglo XX, la democracia política conoció una significativa expansión. Una parte, al menos, de su intrínseco patrimonio “subversivo” que sobrepasa los cánones censitarios del Estado constitucional típico del 1800, se tradujo en un sistema institucional específico. Aunque parezca paradojal, la difusión de los regímenes democráticos ha favorecido una progresiva pérdida de una identidad teórica de la noción de democracia. Como señala Sartori, se ha producido una “evaporación conceptual de la democracia” que debe ser clarificada. 


La sociedad civil es, hoy, mucho más que una pura agregación de fuerzas materiales del actuar social, más que un sistema de relaciones privadas que casi se contrapone al sistema de las relaciones políticas.

La democracia es, antes que nada, el régimen político que tiende al máximo del desarrollo de las normas y procedimientos “laicos”, que proclama la transparencia de las libertades formales, las igualdades sustanciales. Que coloca, en el centro, personas que tienen el derecho a ocupar espacios y a condicionar los procesos de composición de los intereses y de la voluntad pública.

Su mayor elemento de novedad, respecto del pasado, es el sufragio universal de hombres y mujeres. Este es el elemento caracterizante de la “democracia de los modernos” como diría Bobbio. En el esquema liberal clásico tenían un rol central los procedimientos de organización del universo político, pero no lo tenía la dimensión y la amplitud de este universo.

El sufragio universal ha desencadenado procesos que sobrepasan sea la idea del “homus economicus” del liberalismo, que el reduccionismo clasista-económico de la cultura socialista.

El sufragio universal iguala a todos, independientemente del rol social, legitima todos los proyectos de composición de la voluntad pública, sin que ninguno de ellos pueda ser discriminado, y autoregula a la propia democracia, en el sentido que incorpora los nuevos principios que el viejo liberalismo rechazaba: “una cabeza, un voto” y la libertad de asociación política y sindical.

Ello significó, en su momento, un proceso de modificación cualitativa del régimen político y se constituyó en el principal aporte a la democracia en el siglo XX. En esto, el verdadero punto de expansión es la ciudadanía que, obviamente, muta cualitativamente sus propios fundamentos. En la democracia ningún interés puede imponerse sin construir un nivel de consenso, sin una generalización político-jurídica, sin representar una clara dignidad moral.

Tal como lo señala el politólogo italiano Umberto Cerroni, la democracia está sujeta a reglas que condicionan su calidad y carácter: la primera regla es la del consenso, todo puede ser hecho si se obtiene el consenso del pueblo, nada sin él. La segunda regla, es la de la competición, para construir el consenso, todas las opiniones pueden y deben confrontarse entre ellas. La tercera regla, es la de la mayoría, para calcular el consenso, se cuentan las cabezas, sin cortarlas, y la mayoría es la ley. La cuarta regla, es la de la minoría. Si no obtienes la mayoría y eres minoría, no estás fuera de la ciudad, puedes ser el jefe de la oposición y prepararte para derrotar a la mayoría en el próximo enfrentamiento.

Esta constituye, a su vez, la regla de la alternancia, de la posibilidad para todos de dirigir el país. La quinta regla, es la del control, la democracia es controlable. La sexta regla, es la de la legalidad, no sólo tenemos que fundar las leyes en el consenso, sino la misma carrera por el consenso debe fundarse en las leyes y por tanto en la legalidad. La séptima regla, es la de la responsabilidad, tienes derecho a reivindicar cualquier interés particular, pero a condición de que sea un común denominador sobre el cual se pueda construir el interés general de la comunidad.

Estas reglas son establecidas para garantizar la reproducción de la democracia y por tanto el proceso permanente de afirmación de libertad y de igualdad entre los hombres, y funciona, fundamentalmente, para garantizar una democracia representativa.

Norberto Bobbio, subraya que, la participación de los ciudadanos no depende sólo de reglas, sino esencialmente de valores que la democracia es capaz de transparentar y difundir. El primer valor, es el de la tolerancia, la superación de los fanatismos, de la vieja convicción de poseer, al unísono, la verdad y la fuerza para imponerla. Consecuencialmente, el otro, es el de la no violencia. Popper, dice que un gobierno democrático se distingue de uno no democrático en que en el primero los ciudadanos pueden desembarazarse de sus gobernantes sin que medie un enfrentamiento armado. El tercero, es el ideal de la renovación gradual de la sociedad a través del libre debate de las ideas, del cambio de mentalidad y del modo de vivir.

El contratualismo moderno, según Bobbio, nace del cambio de una concepción holista y orgánica de la sociedad, nace del hecho de que el punto de partida de cualquier proyecto social de liberación es el individuo singular con sus pasiones, intereses y necesidades.

A partir de esta visión, la sociedad política, y la política misma, es un proyecto que debe ser reconstruido continuamente, un proyecto no definitivo y, por tanto, susceptible de ser revisado permanentemente.

La actualidad del contractualismo deriva del hecho de que las sociedades poliárquicas son sociedades en las cuales gran parte de las decisiones colectivas son tomadas a través de negociaciones que terminan en acuerdos y que permiten reconfigurar el contrato social.

A partir de las conquistas democráticas del siglo XX, la inspiración progresista debe trabajar porque, se pueda construir un proyecto de contrato social más avanzado del neo contractualismo liberal, que incluya, en sus cláusulas, un principio de justicia distributiva.

En este fin de siglo, se concentran procesos políticos muy profundos que ya ahora están redefiniendo los confines de las principales tradiciones teóricas. El léxico de la política se ha envejecido rápidamente, y el recambio de las categorías es siempre lento y tormentoso.

El 1900, se cerró adoptando la democracia sin adjetivo, como jerga oficial de la política, “como enigma resuelto de todas las constituciones “como diría Marx. El gran tema es como difundir una homogenización de los niveles culturales que permita la viabilidad de la sociedad de masas, como asociar la protección de las pretensiones de cada uno con la responsabilidad hacia la expectativa de eficiencia de los otros, como universalizar e internalizar una profunda cultura de los límites y de la complejidad.

En tanto, ha ya iniciado la estación de los nuevos derechos que tienen que ver con la paz, el ambiente, la información, la no manipulación, el tiempo, la diferencia. Se trata de derechos metaindividuales, “de cultura”, que ninguno puede gozar si no lo gozan los demás. Ellos se colocan mucho más allá del “Homus economicus” y evocan la imagen de aquel individuo social libre que Marx proyectaba en un lejanísimo futuro y, que, sin embargo, vive ya entre nosotros como un elemento que desestabiliza aquello que la democracia tiene de estático, de burocrático, y lo reemplaza por las energías de ciudadanos que empoderan su acción a través de los nuevos canales que abre la globalización y la revolución digital de las comunicaciones. Si no nos escuchan, decían los indignados de España y lo teorizó Hessen, no los dejaremos dormir.

Los cambios epocales colocan, obligatoriamente, en marcha un proceso de reflexión de tiempo epocal, que obliga a la reconceptualización de la política desprovista de certezas, de ideologismos, desnuda en su propia autonomía y secularización.

Son más de 2000 años que se discute en el mundo civil sobre la democracia y aún no se logra definir, más ampliamente, su contenido y su expansividad. Cada vez que cambian, de manera radical, los equilibrios que han sido columnas del orden social , la democracia, que es también una forma de este orden, es inmediatamente contaminada por contradicciones que la colocan en cuestión y que, sobre todo, la recolocan en el primer puesto del análisis teórico cultural y práctico.

El fin del comunismo como sistema, el fracaso rotundo de la organización política que sobre, la ideología comunista, rusificada por la Revolución de Octubre, se construyó y que no podía contener la revolución que superaba el capitalismo y la hegemonía que el marxismo de Marx le atribuye a la clase obrera por la simple razón que no había capitalismo ni clase obrera, han librado el campo de la democracia de uno de los contendores de la democracia liberal, lo cual, sin embargo, no resuelve los vacíos y los límites que ella observa, sino por el contrario, la obliga a nuevos desafíos.

La construcción política de la democracia no conoce más fronteras como principio y como sistema al cual se aspira. En el oeste, en el este, como en el sur del mundo,es decir , en realidades con historias y culturas muy diversas se observan esfuerzos por dar a la idea de la democracia contenidos ideales y, al mismo tiempo, instrumentos necesarios para que ella pueda ser el “factotum” de la nueva civilización. Esto dilata, prácticamente al infinito, el campo teórico en que se mueve el pensamiento democrático, entregando diversas variantes que se agregan a las del pasado lejano o al más reciente. En realidad, la sociedad moderna ha roto las compuertas, botado los muros y presenta un panorama de posibilidades y de chances de vida históricamente superior y no reducible al creado por la sociedad industrial incluso avanzada.

Este panorama es rico de luces y de sombras. Junto a vastos y profundos procesos de liberación humana propiciados por el progreso tecnológico, por la difusión de la enseñanza, de las redes digitales de la comunicación sin confines, como del rápido cambio de las costumbres y de las tradiciones, nacen, continuamente, nuevos procesos y formas de dominio, mas allá y mas complejos seguramente que los impuestos por el dominio de la guerra fría, hacen girar en negativo aquellas mismas condiciones de vida originariamente orientadas a transformar al hombre en un ser más libre y autónomo.

Una primera interrogante que es obligatorio plantear cuando la democracia se ha consolidado, como valor y forma, es si la concepción liberal democrática agota la potencialidad del principio democrático. El terreno de esta verifica no puede ser sino el problema de la relación entre poder constituyente y soberanía democrática.

Es claro que el tema de la democracia no puede prescindir de aquello que Kelsen ha tratado de colocar fuera del campo: el problema de los valores y del valor constituyente. Aquello que está afuera del sistema formal, está destinado a regresar continuamente en campo. La democracia occidental, ha explicitado, a través de las constituciones, su carácter “formal”, es decir, de democracia de los derechos y de los procedimientos, también en los momentos en que ha introducido significativas referencias al principio de sociabilidad. Pero, estos últimos, son más bien programas políticos y no connotaciones formales y estructurales del ordenamiento del Estado de derecho constitucional.

En la democracia liberal está sancionada la supremacía del mercado, como mercado económico y como mercado político, y aparece excluida cualquier posible contestación de esta superioridad. Fuera de este esquema, queda la posibilidad de innovar sobre el tipo de conflicto dominante y las restricciones para colocar intereses no negociables –como la naturaleza, el valor de la diferencia sexual, la paz, – es decir aquellos, a partir de los cuales, es posible instituir una jerarquía de valores.

El poder constituyente, la innovación discontinua, está fuera –como lo señala el politólogo italiano Pietro Barcellona- del paradigma de la concepción liberal democrática, así como está fuera, también, el problema de las premisas materiales de la libertad de participar al “juego democrático”: la certeza de la propia vida, de la sobrevivencia y el control de la información necesaria para orientarse en las decisiones y elecciones.

La democracia liberal democrática no aparece en condiciones de colocar límites ni al poder constituyente ejercitado sobre la base de eventos extraordinarios, ni al poder económico, político, de producir límites sustanciales a la libertad formal de los ciudadanos. Esta democracia, de los derechos y de las normas, tampoco está en condiciones, como la historia de hoy lo muestra, de defenderse así misma frente a los graves fenómenos de corrupción y a la destrucción de las condiciones materiales de la libertad producidas por las diversas oligarquías económicas y políticas. Si deseamos, entonces, enfrentar seriamente este gran tema teórico, debemos comenzar a discutir de la democracia formal y de los vínculos que es necesario introducir a los múltiples poderes que están más allá de su horizonte y de su control, y que condicionan, en negativo, la esencia misma de la democracia como sistema.

Es por ello que la estrategia democrática del cambio, está, integralmente, por ser aún definida, en términos de nuevos instrumentos y nuevos conceptos. El principio democrático tiene que ser extendido mucho más allá de los confines de la libertad de la democracia liberal y entrar, directamente, en la relación entre el poder democrático y el alargamiento de la frontera de los derechos, entre formas organizadas del conflicto y la reconstrucción del consenso.

La democracia, como orden social, frente a este radical cambio de los equilibrios sociales, tiene la gran tarea de dar forma política a este incesante proceder hacia lo nuevo. Pero para hacer esto, ella tiene hoy a disposición, de una parte, pocos modelos teóricos y, de otra parte, institutos y reglas institucionales que se demuestran, a cada paso, caducos.

Los rasgos nacientes del post-modernismo llevan a la fragmentación social, con la creación de una multiplicidad de sistemas y subsistemas parciales, y se mueve hacia una modificación radical de aquello que, en un tiempo, podíamos llamar el “status libertatis” del ciudadano y de las relaciones entre ciudadanía social y organización política. Si la complejidad es, en su esencial abundancia de oportunidades para un sector de la sociedad y del mundo y si esta abundancia los transforma en seres temerosos e inseguros, entonces se comprende que la función de los sistemas sociales orientados a la reducción de la complejidad sea exaltada, hasta el punto que la reducción de los sistemas de las preferencias posibles casi preconstituye la suma de las decisiones que pertenecen existencialmente al sujeto, al individuo o al grupo.

En este ámbito la libertad no es más la libertad de los modernos, según el constitucionalismo liberal clásico – es decir la libertad negativa, aquella libertad que asume la semblanza del dominio reservado -, pero no es tampoco la libertad de los antiguos, la libertad positiva, que contempla como bien máximo del individuo, la participación en la polis en las decisiones colectivas. Es, en efecto, en su esencia “otra” libertad, una libertad que interviene en la elección, de oportunidades diversas, de aquella que es más congenial o que corresponde a la dirección que cada uno desea darle a su propia vida, al propio ser, en el tiempo histórico. Libertad como autonomía.

Es, en definitiva, por tantos aspectos, la traducción civil de la visión del individuo, también del individuo moderno constituido sobre la base colectiva, que se autocomprende como proyecto, como ser enteramente volcado hacia el futuro, en si mismo y en las relaciones con los otros, con los cuales comparte un común destino. Esto comporta, fuertemente, como una recolocación del individuo en su significado ético de persona, centro autónomo de decisiones y autodeterminaciones, justamente, aquel individuo personal que la visión más radical de la sociedad, como conjunto de sistemas autoreferenciales, había expulsado, por considerarlo incompatible con los mecanismos objetivos que presidía la actividad selectiva del sistema mismo.

Hay que subrayar que es el momento de crisis de la modernidad y también la crisis del universo de los mecanismos preconstituidos y predeterminados, unilineales y unidireccionales que corrían hacia un fin histórico ya inscrito en la construcción de los acontecimientos humanos. La sociedad cerrada, autoreferencial, típico del último siglo, tiende a fraccionarse ulteriormente, pero, también, a abrirse, en una interacción post-dialéctica en las contradicciones de un mismo sistema, entre este sistema y el ambiente, lo cual hace más libre e imprevisible, y por tanto más riesgoso pero también más vital, el “juego social”.

No podemos negar que la sociedad post-moderna está en condiciones de generar amenazas mortales para la democracia: la autorrefencialidad del sistema de los partidos, la inflación del poder, la neutralización del consenso, el peso de los negocios privados en la política como espacio público y el intento de capturarlo son motivos para reflexionar sobre la sobrevivencia del régimen democrático no sólo como fue concebido en el modelo clásico, sino también en el neoclásico.

Sin embargo, más allá de todo esto domina el hecho de que la democracia tiene en si misma una verdadera razón fuerza: no hay alternativa a la democracia. El fracaso de los totalitarismos de diversa matriz e ideología nos permite afirmar categóricamente este hecho. No tenemos, entonces, otra alternativa sino aquella de dedicarnos a reformular una teoría democrática y un proyecto práctico que contenga las críticas sobre sus límites, que asuma las nuevas razones, los nuevos derechos, la nueva justicia, los nuevos sueños y utopías, en un esquema conceptual que sea contemporáneamente de reconstrucción y de revisión permanente.

La concepción neoclásica de la democracia, que interpreta la sociedad contemporánea como una poliarquía y encarga al pluralismo competitivo la tarea de organizar el proceso colectivo de tomas de las decisiones políticas, es a su manera, una teoría “realista” de la democracia, pero como todas las teorías realistas, ésta corre el riesgo de detenerse más acá del problema que debe resolver.

Los correctivos a las arbitrariedades, a las siempre posibles dictaduras, incluso de las mayorías, se encuentra ya en el principio de correspondencia donde las preferencias del “consumidor” político son asumidas como vínculo con el “empresario” político que desea transformar en tejido y, después, utilizar el consenso, incluido el dato electoral.

Por otra parte, para el hombre moderno –y lo será todavía más para el post-moderno- cualquier retorno hacia cánones objetivos naturalistas de una moral social, aparece definitivamente precluido, a menos que no se recurra a fundamentos sobrenaturales de alguna fe religiosa o de algún fideísmo laico, que sin embargo, no es accesible a todos los integrantes de la sociedad, sin embargo, la concepción de la obligación política como pura sumisión al comando político legitimado en el plano de los procedimientos, es aún un punto débil, una fragilidad conceptual que no está resuelta y que aún no está claro cómo superar…

Existen hoy dos principios-base que compiten en sostener la cooperación social y en inspirar la estructura fundamental de la sociedad. Ellos son la idea de la utilidad y la idea de la justicia. Estas dos ideas presuponen, a su vez, otras dos, que son parte del patrimonio genético de la humanidad, especialmente de aquella occidental: la idea de la libertad y aquella de la igualdad. Se debe sostener firmemente esta premisa que es, conjuntamente, epistemológica y antropológica. Los hombres que buscan una idea-guía de su manera de vivir en la sociedad, la base inspiradora de su pacto de unión, son hombres libres e iguales, en el sentido que ya poseen lockianamente el derecho a la igualdad de la libertad. Esto, porque solo hombres libres e iguales pueden buscar un acuerdo entre ellos sobre algunos principios guía de la vida asociada, dado que si así no fuera, se estaría suscribiendo, más que un pacto de unión, un pacto de sujeción, en el sentido hobbesiano, de transmisión de su voluntad social a un soberano que se erguiría por encima de ellos y obtendría sólo sus obediencias.

La libertad y la igualdad son premisas de la forma democrática de la organización social. La democracia, en efecto, en su creación como estructura social, es también una asociación y, obviamente, ninguna asociación es pensable fuera de las relaciones paritarias en el sentido de la igualdad de libertad de cada uno y de todos.

La búsqueda de un acuerdo sobre el criterio guía de la cooperación social es, entonces, en definitiva, el motivo conductor de la asociación política, casi una razón específica de ser y, en algún modo, su propia ley de desarrollo.

Cierto, el utilitarismo es el principio dominante de las sociedades modernas del bienestar. El está en la base de la economía política moderna, del mercado como forma de organización económica, de la empresa como macro-sujeto de la producción y del intercambio y aquello que más cuenta, es el principio interiorizado en la conciencia colectiva de grandes masas que a este principio inspiran sus comportamientos en tantas manifestaciones de la vida social.

Pero, de cualquier forma, la utilidad como principio de ética social, no es todo, es un concepto débil. No está en condiciones de ocupar toda la globalidad del horizonte de la convivencia humana. Hay derechos superiores, como los mismos derechos de libertad, que no pueden entrar en la mezquina contabilidad que, como aquella de la concepción utilitarista, coloca ganancias y pérdidas, deseos y necesidades, en una pura lógica del bienestar individual. Como dice Rawls, el sentido común nos empuja a creer que “cada miembro de la sociedad posea una inviolabilidad fundada en la justicia, o, como dicen algunos en el derecho natural, sobre el cual el bienestar de cualquier individuo no puede prevalecer”

En realidad la doctrina utilitarista, da por descontado el hecho que el interés de la maximización del propio bienestar lleva al individuo a no preocuparse de los efectos que tendrá, sobre la estructura de sus derechos, de aquellos de la libertad a aquellos sociales y a aquellos ulteriores, es decir, de tercera y de cuarta generación.

Es el principio de justicia, y no aquel de la utilidad, el que parece más idóneo a gobernar la cooperación social entre hombres libres e iguales, el más idóneo para conferir a la edad de los derechos, de la cual habla Bobbio, y a la sociedad postmaterial, el más eficaz de los principios regulativos.

El problema de las relaciones sociales de hoy, no consiste tanto en asumir uno u otro principio, cuanto el de tener junto a sí mismo una justificación democrática de los propios ciudadanos que permita asumir uno u otro principio. Es aquí que es posible separarse de los connotados metafísicos o naturalistas que la conciencia moderna, después de Kant, considera totalmente privados de un verdadero fundamento racional.

Según la teoría neocontratualista pasa por este camino la lenta y difícil reconstrucción del fundamento moral de las decisiones políticas y por tanto de la democracia. Ello pasa, necesariamente, a través de la reconstrucción de las comunicaciones entre los participantes y la asociación política. Por tanto, la manera para salir del círculo vicioso es aquella de una renovación profunda de la teoría de la acción social, en la lógica de la restitución del actuar dotado de un sentido que es propio y exclusivo de las personas.

Existen diversos grados de vínculos sociales, pero el vínculo social que preside a la dimensión política del operar humano es poco más que una interacción, un actuar, esencialmente comunicativo, en el cual la estrategia discursiva no mira al poder y al dominio, sino a un lenguaje común a través del cual se pueda articular un discurso una operatividad común. Es esto, aún hoy, lo que podemos llamar la dimensión horizontal de la política, que no excluye la dimensión vertical, pero que constituye una condición de base que favorece una comunidad de las comunicaciones sin la cual se resta terreno a la política y esta se entrega totalmente a las formas más brutales de poder del hombre sobre el hombre.

La política, como discurso común, que toma decisiones y hace posible la toma de decisiones en forma colectiva, corresponde en la práctica el mantenimiento, en el horizonte de la sociedad compleja y diferenciada, de una “esfera pública” en la cual son todavía posibles el debate y la competencia sobre fines colectivos y tareas comunes. Es este el significado de la polis, en su acepción más clásica. La antipolis no es más que la supresión de la esfera pública o su excesiva restricción. Pero la polis de la postmodernidad no vivirá sólo de las relaciones paritarias y de comunicaciones a través del lenguaje político.

Ella está animada por una fuerza interna que la estructura y la transforma en funcionante. De ella se generan formas políticas de organización, de producción de la dirección política y de su continua y cotidiana implementación.

Hay un paso, por tanto, en la historia de las democracias occidentales que se cumple bajo la señal del asociacionismo político, allí donde partidos y movimientos movilizan masas y propician la participación en todo el poder político, entendido en su esencia de poder y de gobierno de la sociedad.

Aparece como evidente que muchas debilidades de la teoría democrática, que han cruzado nuestro tiempo, están ligadas al hecho de que en ellas falta un análisis suficiente del carácter, composición, estilos, estructura de las fuerzas políticas. No se trata, naturalmente, de negar o redimensionar el rol de los partidos en la democracia de masas, sino el de redefinir el límite intrínseco que ellos tiene en el interior de la dimensión horizontal de la política como mediadores institucionales del discurso político. En efecto, el problema más delicado, que dice relación con el rol de los partidos, se produce en el momento del traspaso entre horizontalidad de la política y su verticalidad, entre la paridad de la relación política y su necesaria desigualdad en el organizar la potestad pública y, entonces, en la constitución del verdadero y propio nivel de la autoridad de dirección en la articulación del Estado.

En las democracias modernas, y especialmente en aquellas contemporáneas, la relación entre fuerzas políticas y formas políticas –es decir la estructura institucional del Estado – no es dirigido, como en la primera organización de la representatividad, donde los partidos absorvían, dentro de sus mismos y se expresaban excluyendo cualquiera otra opción de los ciudadanos en cuanto participantes activos del proceso político. La sociedad civil es, hoy, mucho más que una pura agregación de fuerzas materiales del actuar social, más que un sistema de relaciones privadas que casi se contrapone al sistema de las relaciones políticas.

De alguna manera, el sistema político ha perdido su rol central como sistema unificante de todo tipo de relación humana organizada y ha retrocedido al rol de uno de los tantos sistemas parciales en los cuales la sociedad se ha dividido y diferenciado, asumiendo las funciones de especialistas de producción de las decisiones colectivas que atingen propiamente al funcionamiento de las instituciones de naturaleza exquisitamente políticas.

De esta manera, cada sistema social desempeña un rol propio en la organización de las relaciones sociales, corriendo, el gravísimo riesgo del cierre de cada sistema en si mismo y por tanto, de la autorefencialidad de éste. Es inútil, por tanto, buscar en el sistema político el centro coordinador de las organizaciones sociales, dado que los espacios de las relaciones sociales se han alargado en dimensiones territoriales, y aún mas en el campo virtual, de manera tal que superan los confines de las sociedades nacionales para colocarse en la trama del planeta entero y que confiere a las relaciones humanas un ámbito que se proyecta hacia el mundo entero.

Si la modernidad, en sus albores, había encontrado en la verticalización de la política su propio principio de orden y en el Estado su Leviatan, su garante de la paz social, capaz, con el monopolio de la fuerza física, de clocar fin a la guerra de todos contra todos; ahora seguramente, se debe recurrir a la operación inversa, a la cual nos han preparado siglos de pensamiento civil destinado a garantizar la libertad del individuo justamente contra el Estado.

Ahora se recoloca en el escenario de la historia el individuo, pero no el individuo individualista, como tampoco aquel individuo liberal, sino exactamente el individuo democrático, el titular de un Estado de ciudadanía en la cual se unen, entre ellos, derechos y deberes políticos, civiles, sociales y económicos.

Aquello que no es más permitido a la política, ni siquiera a la política democrática, de colocarse como centro coordinador de todas la relaciones humanas, es consentido al ciudadano de una sociedad democrática, el cual, recoge en sí mismo, de manera autónoma, el goce de todos sus derechos y responde de todos sus deberes.

Un problema crucial es aquel de definir un elenco de precondiciones de la democracia que puedan transformarse en factores de esencia de ella. Entre los señalados por diversos autores, subrayo: la transparencia de los procesos decisionales, la autonomía individual y el respeto de la autonomía de los demás, las garantías formales de la libertad individual, el acceso pluralista a la información, las relaciones sociales y políticas a nivel horizontal, la confianza recíproca, la tolerancia, la disponibilidad al compromiso, la institucionalización del cálculo costos-beneficios en materia de cuestiones sociales y ambientales, la descentralización de los procesos decisionales en economía y en la política.

De esta manera surge la concepción de la fusión de lo “sustantivo” y de las “pre-condiciones”, los cuales definen los grados de democracia la posibilidad que ella quede siempre como un proceso abierto.

Los desafíos son múltiples. La democracia, como ideal, es subversiva, y como práctica teórica, debe ser la que crea las condiciones hegemónicas, culturales, del cambio permanente en una sociedad compleja, diferenciada, global, que ya no es analizable solamente a través del pensamiento lineal, de lo bueno y lo malo, del orden y de la crisis, como conceptos contrapuestos, ya que de la crisis puede surgir también un nuevo orden.

Es decir, hay que pensar la complejidad con un pensamiento que como dice Edgar Morin incorpore multidisciplinariamente todos los factores sin meterlos en la camisa de fuerza de la dialéctica como contraposición y síntesis, que tanto amaban sea Hegel que Marx, sino haciendo convivir diversas dimensiones que se presentan en la realidad.

TAGS: #Democracia #Modernidad Sociología

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14 de noviembre

Treinta mil caracteres es un esfuerzo que vale la pena reconocer. Más aún si es sobre democracia.

Dicho eso, me quedé muy distraído tipo los 10 mil caracteres, pensando en cómo veo la democracia. Un día se me ocurrió definirla como el ejercicio de la razón.

Y claro, eso cuestiona los prejuicios sobre asuntos laicos que se puede discutir utilizando la evidencia y, luego se me desarma el castillo que estaba leyendo.

Sólo quise dejar una primera impresión breve. Me digo, el ejercicio de la democracia debe encontrar la razón y para ello necesita un mecanismo de búsqueda.

En la razón está el acuerdo. La razón no es un asunto de mayorías o minorías. La razón es la forma de utilizar los siguientes mil millones de dólares del Presupuesto Nacional. La razón es qué monto se prioriza dónde. La razón define la prioridad. ¿Qué es lo que más valoramos como prioridad?

Yo supongo que es tener paz para con nosotros mismos y los demás; gozo a pesar de no ir las cosas demasiado bien y amor por los demás.

Luego, veo que las prioridades están en la formación para lograr paz. En satisfacer necesidades básicas para evitar el anti gozo, como que todos duerman debidamente abrigados, sin hambre y deseosos de despertar a un nuevo día. Y que cultivando formas de interacción social, se logre un clima donde haya preocupación por lo que y quienes nos rodean.

Luego, podría pensar usarse los siguientes mil millones de dólares en hacer competencias familiares en vez de comprar armamento.

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14 de noviembre

Vi en el texto ciertas clases de premisas en orden a la democracia. Como bases o definiciones. Un meollo que le da consistencia, pero, donde apareció ésto, no podía dejar de observar que hay condiciones que sencillamente no se cumplen, luego, confirmo mi idea de que no puede ser una democracia este sistema intimidante que puede alojar el desarrollo de iniciativas que no me cabe duda que no están en orden a la razón y a las preferencia de las personas que se supone representa.

Me digo además, queda abierta la posibilidad de encontrar un nuevo sistema, modificado o no, pero, mejorado con algún nuevo algo. En torno a esos algo, hemos visto el fin del binominal -para ser cambiado por otra cosa truculenta- una nueva Ley de Partidos, más gente al Congreso y todo eso no termina por constituir una democracia ante mi opinión.

Pero, también me digo, qué pasa si le coloco al sistema una herramienta teórica que me permita inferir diferencias, cambios o deltas en el sistema, luego de operar esa nueva herramienta con nuevos procedimientos. Y me digo además, la Cámara Ciudadana Digital de lo que usualmente hablo, es aquella herramienta, porque en ella todos podemos expresarnos institucionalmente si lo deseamos para contraponer teorías, base de la democracia como la definí, buscando así la razón.

Hoy el sistema político que se dice democrático, no permite a los ciudadanos la expresión de ideas, y no ha mecanismos de análisis de ella, ni métodos de establecimiento de conclusiones.

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