#Internacional

La pérdida de soft power estadounidense en el contexto de la pandemia

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El año 2004 el politólogo estadounidense Joseph Nye, rebatía las ideas de Wallerstein y otros sobre la decadencia del poder estadounidense. En ese momento se hizo cargo de una reformulación del concepto de poder distinguiendo entre el poder duro (hard power) y el poder suave (soft power). Las dos fuentes principales del hard power, son esencialmente las del poder tradicional: la economía y la fuerza militar. Pero en el planteamiento de Nye, la clave del éxito en la política internacional se encuentra en el soft power, que implica la capacidad de atracción a través de tres elementos: la cultura, los valores y las políticas (interna y exterior).


La gran pérdida se manifiesta en el poder suave de la imagen y la capacidad de atracción hacia el país norteamericano, como una superpotencia eficiente en el combate de la pandemia

Como bien se expresa en el carácter chino de crisis (wēijī), esta implica un peligro mortal, pero también una oportunidad única. En esta columna me gustaría analizar como en el peligro mortal de la pandemia, Estados Unidos está perdiendo la oportunidad de liderazgo y de mejorar su imagen mundial, socavando su poder suave.

Ciertamente, la imagen internacional de China también se vio fuertemente afectada por ser el lugar de origen del virus, pero Estados Unidos pierde mucho más al convertirse en el epicentro mundial de la pandemia. Estado Unidos se convirtió en el país con más contagios (1,7 millones) y muertes (99.800) de Covid-19 en el mundo. Mientras que China, ha conseguido controlar el avance avance de la pandemia con cerca de 83.000 positivo totales y  4.634 muertos.

Dentro del contexto económico de la pendemia y la guerra comercial que había sostenido con China, Estados Unidos sigue disputando codo a codo su supremacía económica. Del mismo modo, su poder militar sigue siendo el mismo. Pero si ambas variables de poder quedaran en ceteris paribus (constantes) la gran pérdida se manifiesta en el poder suave de la imagen y la capacidad de atracción hacia el país norteamericano, como una superpotencia eficiente en el combate de la pandemia. De hecho, pierde simbólicamente el ser un referente de los avances científico-tecnológicos de la historia reciente.

Puede que la economía y el poderío militar no cambien, incluso puede que el cine, la música y las series estadounidenses sigan siendo igual de populares, por lo que el atractivo de la cultura lo dejaremos constante. Pero ahora sabemos que el Centro de Control de Enfermedades (CDC) no es el superhéroe de las pandemias que nos mostraba el cine y la televisión. Y que si bien Estados Unidos se consideraba un líder mundial en ciencia y tecnología con un gasto de un 40% del gasto total mundial en esa área, eso no le sirvió para detener el avance del mortal virus. Debemos detenernos entonces en el análisis de poder suave de las políticas y los valores.

En primer lugar, las políticas públicas en contexto de pandemia, encabezadas por el presidente Donald Trump, han sido sumamente cuestionables. De hecho, la lentitud de la Casa Blanca en la toma de desiciones fue clave en la expansión del virus. Esperó diez días después de su primer caso, para prohibir el ingreso de personas que hubieran visitado China en los últimos 14 días, pero no planteó ninguna medida, ni sugerencia de distanciamiento social hasta mediados de marzo.

Por otra parte, el presidente Trump comparó el Covid-19 con una “gripesita” y señaló que se pasaría con la llegada del calor en el hemisferio norte. Dio la imagen de tener todo controlado, cuando en realidad todos esos planteamientos eran ideas falsas. Comunicacionalmente se ha dedicado a mostrar a China como culpable y a través de su Secretario de Estado, Mike Pompeo, señaló que tenía muchas pruebas de que el virus se había originado en el laboratorio de la ciudad china de Wuhan. Sin embargo, la OMS ha reiterado que no ha recibido ninguna prueba que respalde su acusación. Hasta el día de hoy Trump da señales erróneas a la ciudadanía al negarse a usar mascarilla.

Estados Unidos, el país con las mejores universidades del mundo y con un centro de control de enfermedades de renombre mundial, también tuvo problemas en la implementación de los test para detectar el coronavirus. De hecho, fue el CDC quien desarrollo los test, pero cuando los distribuyeron por el país, se dieron cuenta que estaban defectuosos y tuvieron que cambiarlos, retrasando el proceso de identificación de pacientes con Covid positivo.

Por otra parte, el sistema de salud estadounidense se basa en seguros privados, no en una cobertura universal. En datos de 2018 cerca de 27,5 millones de personas no tenía seguro médico en ningún momento del año. Estas personas no asisten al sistema de salud por el alto costo de una consulta o un examen. Si a eso le sumamos los cerca de 11 millones de inmigrantes indocumentados, tenemos cerca de 38 millones de personas sin acceso a salud.

Además, como Washington no tomó medidas suficientes, finalmente fueron los gobernadores los que tomaron el timón de la situación, implementando medidas dispares. Esto implica que Estados Unidos no tiene una estrategia nacional coordinada contra la pandemia.

En segundo lugar, la perspectiva valórica tampoco ha contribuido al combate del coronavirus. Estados Unidos no ha sido capaz de conjugar el respeto a las libertades individuales con el bienestar de la sociedad en su conjunto. Las imágenes de personas manifestándose en contra de las cuarentenas y la de otros reuniéndose en playas y piscinas durante el fin de semana largo del Día de los Caídos, se han hecho famosas en el mundo. De una manera terrible una sociedad autoritaria como la China, resultó ser más eficiente en controlar la pandemia, afincándose en un conjunto de valores asiáticos, donde se pone el máximo valor en el bienestar de la sociedad, por sobre los derechos individuales.

En conclusión, Estados Unidos, una superpotencia mundial, con las mejores universidades, líder en ciencia y tecnología, con un CDC de renombre internacional y con un poderío económico y militar incuestionables, no fue capaz de manejar la pandemia y de ser un líder mundial en el combate contra el virus.

Esto implica que seguir la estela de los valores liberales, que la gente enarbola para manifestarse contra el confinamiento y burlar el distanciamiento social, también pierdan cierto atractivo. No en cuanto a defensa de libertades fundamentales, sino por un individualismo mal encauzado, opuesto al bienestar social. Por otra parte, ¿quién quisiera imitar la estela de las políticas de Washington contra la pandemia? Quizás líderes como Jair Bolsonaro, quien el día lunes 25 de mayo superó la cantidad de muertes en 24 horas por sobre Estados Unidos. El poder suave estadounidense y su capacidad de atracción han sufrido un duro golpe.

TAGS: #Coronavirus #EstadosUnidos #OrdenMundial #Poder

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01 de agosto

Adecuada reflexión. Nos permite un buen tránsito entre la teoría de las relaciones internacionales y la coyuntura del sistema internacional centrada en dos grandes actores, como son EE. UU. y China.

Junto con las conjeturas teóricas, siempre necesarias, ya que ayudan a caracterizar liderazgos como el de Trump, este mismo gobernante, pareciera ser, podría hasta inaugurar una nueva corriente de las relaciones internacionales o de la ciencia política, ya que ha trascendido varios umbrales del hacer gubernamental de una potencia como la norteamericana.

Pero el perfil y el accionar de Trump, como indican varios análisis, es responsabilidad, no sólo de él mismo, tampoco de los republicanos, sino que de variables estructurales a nivel global (capitalistas) que redundan en una des afección ciudadana estadounidense a los liderazgos tradicionales (no resulven problemas), que finalmente ceden a entregarle apoyo al ciudadano TRUMP, que hoy no sólo los tiene en vulnerabilidad sanitaria, sino que también con desprestigio internacional, como bien indica el autor por medio de su análisis

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