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¿Y qué cosa vibra, compañeros?

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Aún me sé el himno de memoria, el del Instituto Nacional. Admito, con cierto pudor, haberlo cantado a todo pulmón en esa última semana de clase, entre abrazos fraternos y melancolía. Admito también, probablemente haberme quedado haciéndolo un par de años en esas juntas club de Toby mientras todos íbamos a las universidades, cumpliendo el cometido institutano de «crear ciudadanos para un Chile mejor», que encomendó algún personaje con calle propia en Santiago Centro.

No soy, ni por personalidad ni ethos profesional, de proponer soluciones ni me interesa ensanchar el plano de la discusión. Aquí, a modo de testimonio de las contradicciones, un breve descargo de lo que significa seguir activando la tecla de «lo institutano», incluso cuando llevo muchísimo más tiempo afuera que dentro.


De las entrañas de San Joaquín, a los 11 años, me extirparon y re acomodaron en «el centro cívico», a estudiar lejos de mis amigos, de mi casa, de mi entorno socioemocional. Se nos olvidó que el 51% de la población no somos nosotros

Renegamos, con énfasis y constancia, de la herencia y del marco discursivo del primer foco de luz de la nación, con mi grupo de amigos (hombres todos, institutanos todos, profesionales todos, como no serlo). Nos alegramos cuando entra en crisis, y cada vez comparto más el impulso gutural de un amigo que conocí en la universidad (institutano, también, como no serlo, con su polerón de 4to medio que ya no le quedaba y su reloj conmemorativo con ese odioso escudo): «Que se queme esa hueá».

No es por odio, no del todo al menos, es en parte porque visibiliza la contradicción. Ni chicha ni limoná, es lo que probamos los que fuimos al IN sin ser parte de la élite intelectual, de las familias institutanas, de los que no vamos a ser presidentes, alcaldes, diputados. Es que con toda la energía depositada en renegar de la figura, la tensión y contradicción de tenerlo en el repositorio de la memoria afectiva, de las personas, de las contradicciones, golpea con fuerza cuando se enfrenta a la imagen que se tiene del colegio. Somos el perfecto resultado del experimento.

Profesionales todos, como no serlo, se nos infla el pecho en las reuniones familiares. Cumplimos. Aquí estoy, sentado en mi oficina – checklist: primera persona con oficina en mi familia -, mirando mi título – primer profesional de la familia, otro cuadrito rellenado. Cantamos el baile de los que sobran, con energía, para el desconcierto de los que dejamos en el camino, los que en verdad lo están bailando.

De las entrañas de San Joaquín, a los 11 años, me extirparon y re acomodaron en «el centro cívico», a estudiar lejos de mis amigos, de mi casa, de mi entorno socioemocional. Se nos olvidó que el 51% de la población no somos nosotros. Testosterona, ensayos PSU, Pink Floyd y Herman Hesse. Que inteligentes, que críticos, que puntas de lanza. Que tristes, por sobre todo, ahogándonos en la pestilencia de nuestras propias incongruencias y falsas imágenes alimentadas por un espejo que si lo miramos con detalle, como rezaban Los Bunkers, se quebrará.

Y sobraron en el baile tantos, mi amigo que fallece por tener que trabajar de noche para pagar el IP y lo apuñalan por un teléfono en El Pinar que antes fue mi barrio. Y sobraron en el baile tantos, mi amiga que conocí en el magíster que tuvo la mala suerte de nacer mujer y de regiones. Teniendo todas las genialidades que se me achacan solo por ser hombre profesional institutano y santiaguino, estoy aquí disfrutando los privilegios que ella estaba totalmente capacitada para asumir de mucho mejor manera que yo.

Otra de las tantas historias que podrían entrar en cualquier franja electoral construida sobre la base del discurso del mérito (como la clásica franja del candidato institutano que logró salir del IN y luego gerenció CENCOSUD). La contradicción se habita: ¿Y si yo pude, porqué tu no? Error en la formulación, puntos de interrogación que sutilmente ocultan la crudeza: Yo pude porque tu no. Corta y precisa, aunque nos eduquen junto a los facsímiles en hacer la vista gorda al subterráneo de nuestros privilegios.

Y ese espacio que no es chicha ni limoná se alimenta, porque miramos para atrás y vemos eso, pero nos contentamos para mirar a los que si encarnarían (creemos) el ethos del colegio: Los matemáticos. Ese grupo de gente que hizo todo lo que había que hacer. Fueron a Beaucheff, hicieron un postgrado, se ganaron una beca, van camino a Alemania, a Francia, donde se les ocurra. Vemos sus autos, vemos sus pasajes a China y pensamos «que clásico institutano encarnado». Lo mismo, en un ejercicio perspectival, deben pensar todos los que nos ven.

Porque yo, ocultando mi condición de ex alumno, no lo saco a colación, por esa mezcla de verguenza, tedio y contradicción. No está en mi currículum, lo encuentro ridículo. Pero ahí está, en el Currículum Oculto, en el «Habitus»: «Debes ser institutano», como si fuera un halago, recordándome que de esto no se escapa. Porque el privilegio se encarna, se transmite silenciosamente disfrazado de capacidades. Los mismos que tuteábamos a los inspectores y profesores, hoy repitiendo eso en la oficina, en la Universidad. Explicación unidireccional de «encarnar las cualidades académicas que necesitaron», muchos profesores, colegas, jefes, depositan esa confianza en mí. Es la décima oculta que cambia la métrica, es lo que no se dice pero se mira.

Yo pude porque tú no. ¿Que se queme? ¡Qué se queme! Quizás así me costaría menos renegar de algo que al menos no se puede observar caminando por la calle. ¿Qué opinas de este reportaje? Me preguntaba un amigo después de un concierto, mientras escribía una nota para un medio nacional. Al parecer, somos fácilmente identificables, y debía movilizarnos emocional e intelectualmente que se hable de ese gigante de piedra.

Somos el perfecto ejemplo del triunfo del modelo. Profesionales, hombres, exitosos, poblados de micro machismos. Pero además somos críticos, creemos, nosotros no nos compramos el cuento, lo hicimos distinto. Lo hicimos distinto humanistas, lo hicimos distinto magíster, lo hicimos distinto viaje a Europa, lo hicimos distinto cuenta corriente. ¿Lo hicimos distinto? Ese hueón es ingeniero, que paja.

Y cuando hablamos de tener hijos, renegamos del IN. Mi compañera, hermana de institutanos, reniega del colegio. ¡Jamás lo meteríamos ahí! Evidentemente, nosotros tendríamos a este chiquilllo hipotético en un colegio de neoizquierdistas con tufo de agua ardiente, como rezaba Redolés. Ellos estudiarán en Ñuñoa, porque obvio que nosotros no seguimos ese juego (¿Verdad?).

¿Que se queme? ¿Que se acabe? Yo no me lo compro, ni el modelo ni el discurso, solo compro títulos, casas, viajes. Somos el perfecto botón de muestra de la contradicción encarnada y alimentada de el privilegio mediano. ¡Jamás directores de una empresa, esos hueones son un asco! ¡Jamás inJenieros Beaucheff, esos hueones son puro ego institutano!

¿De qué arrancamos? De nuestras propias miserias iluminadas por el cúmulo de expectativas, acciones, discursos y prácticas dirigidas en torno al colegio ese. De ese que me adivinan que salí, de ese que protagoniza todos los «¿Te acordai hueón…?», de ese mismo.

Claro que nos enchucha que los pacos entren al colegio, a cualquier colegio. A todos, transversalmente. También nos podría enchuchar que cuando pasa en este se tome todas las portadas. ¿En qué diario salió la muerte de mi amigo? ¡Nadie se va a meter en hueás por el Gaete!

Termino para seguir haciendo todo lo que se espera que haga. Para volver al cómodo sitial de la crítica distanciadora, que esconde la profundización de esa forma de vivir post-instituto. ¿Y qué vibra, compañeros? Vibra encarnado, en el día a día, con penas, rabias y buenos recuerdos. Vibra con sentido de la injusticia, de que podamos echar mano a todo este esfuerzo, recursos, interés, presencia mediática y asociación con «lo bueno», vibra, aunque queramos apagar ese foco de luz, que ni por lejos es el primero de la nación. Vibra, cuando canta desafinada y desatinadamente El Baile de los que sobran.

TAGS: Instituto Nacional

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