#Ciencia

¿Qué índice indica lo indicado? Ciencia (social) y (auto) legitimación

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Durante el pasado fin de semana se publicó una nota en un diario nacional que aludía a un proyecto de investigación financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, FONDECYT, adjudicado por la investigadora de la UC Diana Espirito Santo, de Antropología. Amplificada la nota – tendenciosamente referida a “el estudio de los espíritus” – por una serie de actores de las ciencias naturales dotados de la legitimidad de sus campos, las respuestas que en Redes Sociales ha habido a esta noticia dan cuenta de problemas de legitmidad (como producto histórico) y de legitimación (como proceso de diálogo entre ciencia y sociedad) que atraviesan a toda la red de actores que protagoniza este debate.

En primer lugar, existen las críticas al financiamiento de una investigación “que fomenta y promueve las estafas”, por no tener un ojo crítico a la producción de un mercado en torno a una serie de prácticas rituales en cuestión. De la mano de ella, toda una serie de argumentos sobre la indignación social que produciría que este tipo de trabajos se desarrolle con fondos públicos, y el rol del científico en “producir” ciencia “para el desarrollo de Chile”.

En segundo lugar, existe la defensa al interior de las Ciencias Sociales. Las comparto, por cierto, y no está demás dejarlo claro. Sin embargo, noto con preocupación algunas argumentaciones que giran en torno a la calidad y competitividad interna de la propuesta: “Es que el paper citado está en un journal con factor de impacto alto”; “La competitividad de Fondecyt Regular asegura de por sí la calidad de los proyectos adjudicados”; y el tipo de colonialismo intelectual a mi juicio más peligroso: “Ella tiene un Doctorado en la UCL”.


¿Donde circula la investigación, cómo se socializan y legitiman los problemas trabajados?

En ambas trincheras, disculpándome por lo burdo de la exposición del campo en cuestión, la matriz desde la cual se socializa la noción de ciencia y los elementos que la harían legítima se desdibujan en un ejercicio de golpear la mesa con algún elemento de autoridad: Desarrollo, Universidades Top 100 en el Ranking de Shangai, el peer review de alguna revista que tenga un muro de pagos para una multimillonaria empresa de editorial de artículos científicos.

En ambas trincheras, por cierto, elementos que sacar para un ejercicio de reflexividad para la comunidad epistémica de las ciencias sociales: ¿Donde circula la investigación, cómo se socializan y legitiman los problemas trabajados? ¿Qué rol cumplimos en la construcción colectiva de una sensación de retribución y articulación de la ciencia social con “los problemas del país”?

Leí en algún tuit la crítica – legítima, atenta, en el meollo de la cuestión – a que el paper al que se alude ya sea para deslegitimar o para robustecer el CV de quién lamentablemente está en el centro de las miradas – es un paper (1) “de buena calidad”, y en una (2) revista con muro de pago (el acceso está mediado por una suscripción, usualmente de una colección de revistas que suelen contratar las Universidades, y por las que autores o revisores pares no reciben pago: ¿Guarda esto relación con su contenido, reflexión, construcción colectiva y aporte a una sociedad mejor, sea lo que eso signifique? Para nada.

Sobre lo primero, sale a la luz rápidamente la legitimación de la estructura de ranking de la producción de ciencia. Es una revista anglosajona, con muro de pago y tutelada en sus contenidos por un conjunto de revisores formados en o formando en universidades de elite. Es una buena revista, por su índice de impacto (cantidad de veces que otros buenos papers citan a este buen paper).

Sobre, y siento que aquí es el debate del huevo o la gallina: ¿En verdad una investigación de un Fondo Nacional, concursable y de una entidad pública, debiese socializar sus resultados con esta comunidad en particular? No digo, pues lo desconozco, que la investigación contemple una serie de espacios para socializar sus resultados con su comunidad: estudiantes, postgraduados, actores locales. Deben existir, no quiero poner en tela de juicio – y menos por desconocimiento – el despliegue ético y de compromiso antropológico que de seguro hay de por medio. Sin embargo, para la entidad que financia esta investigación, lo importante es que durante la ejecución del  proyecto (y sin esto, el proyecto está “adeudado” por quién se lo adjudica) se deben producir papers que estén contenidos en revistas de una serie de bases de datos extranjeras y pagas, como el paper en cuestión. Podría, eventualmente, no publicarse, enseñarse, dialogarse o exponerse nada en Chile, y eso no sería problema. Pero que el resultado no esté refrendado en un journal de la web of sciences, ojalá de la anthropological association o en la Duke University Press, eso sí activaría  las alarmas de la ciencia en Chile.

Triste momento, por cierto, el que esta columna nos permite ver. Injustos, parciales y sesgados también los comentarios contra la investigación, la investigadora y la comunidad científica que sostiene el proyecto. De eso no hay duda. Pero también es triste, o cuando menos preoucupante, que esto tiene relación con aquello que no se está comunicando, o que se está haciendo sin el éxito que podría tener.

Recuerdo en este punto el bello prólogo a un libro recién traducido de Antropología (tomo nota de la hipocresía de criticar esto mientras me tomo de un Doctor de Cambridge, que publica en Routledge sus libros por más de 40USD): La vida de las líneas, de Tim Ingold, quién nos invita a pensar en la Antropología como una aventura, una forma de hacer filosofía con los otros en el mundo, conversando. En un momento dice algo así como que parte del recorrido de la academia contemporánea está en darse cuenta de que uno puede subir el castillo de marfil (La Universidad, como institución) para darse cuenta de que el rey está desnudo.

¿Por qué reyes se están desenvainando las espadas ahora? ¿Por Elsevier, Scopus y la noción de que un PhD en la Ivy League son razón suficiente para que la investigación sea relevante? ¿O es acaso por sostener de que si la investigación no tiene una correlación directa con el PIB es pseudo ciencia? Ambas monarquías me parecen del todo prescindibles, y quizás debieran dar paso a un diálogo más atento, compartido y alejado lo más posible de estos castillos simbólico y materiales, sobre cómo, por qué, y sobre todo con quienes estamos haciendo aquello que se ha llamado, para bien y para mal, “ciencia”.

TAGS: #Fondecyt Fondos Concursables Investigación científica

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