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El filósofo chileno Pablo Oyarzún en estética y hermenéutica

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Hemos querido pasar de un Oyarzún a otro, y manteniéndonos dentro de un campo más o menos delimitado por el título de pensamiento en Chile de la teoría estética y de la filosofía de la obra de arte. Pues primero hemos dedicado algunas líneas a Luis Oyarzún Peña, ya fallecido, y relevante en esos campos (y en poesía) en el Chile de los años 60 y 70 del siglo pasado. Y ahora dedicaremos otras a Pablo Oyarzún Robles, presente entre nosotros, y cuyos pensamientos en el ámbito de la estética –ya desde los años 80, y en permanente actualidad–, son sólo algunos de los que ha dedicado dentro de su amplia actividad filosófica en Chile y otros países.


El arte, significa la extrañeza como una peculiar diferencia en el conjunto del mundo compartido, y la familiaridad como la vuelta de la pertenencia, al considerar la adecuación de la percepción al fenómeno que podemos llamar el hacer del arte en lo humano

De Pablo Oyarzún queremos hacer aquí algunas notas relativas a un escrito que se conoce con el nombre de Estética y hermenéutica”, y que resulta de dos presentaciones: primero, una versión de 1991, con ocasión de un encuentro del Instituto de Letras de la Universidad Católica de Chile; y luego, en 1993, como parte de un seminario que dictó en Caracas, Venezuela.

Le interesan a este Oyarzún las reflexiones de Heidegger y de Gadamer relacionadas, dice, con ciertas decisiones filosóficas (“primordiales”; decisiones, no definiciones) para dar una forma conceptual a la reflexión de la obra de arte desde las consideraciones de la hermenéutica del siglo XX –cuyos nombres eminentes son precisamente los de quienes recién aquí he citado.

De esas meditaciones surgiría para él la convicción de que el rédito de esta hermenéutica del arte es su capacidad de ofrecer una “inscripción filosófica originaria”. Al proponer su interés en la pregunta por el “ser de la obra de arte”, ella nos puede devolver un posicionamiento del lugar general de la filosofía en el pensar (y una reconfiguración del asunto que conocemos como “del ser”). Oyarzún acude a la palabra “encuadre” para significar este propósito de señalar/instalar unas posiciones conceptuales al modo de fundamentos, dentro de las cuales puede aparecérsenos el valor del pensamiento hermenéutico.

Dejaré para otro momento mi interpretación de lo que Oyarzún nos propone en este escrito como pensamiento de la finitud, de la verdad como finitud, y de la condición de finitud como lo histórico en la existencia humana, todas derivaciones, al parecer, de los logros de esta hermenéutica, y pasaré más directamente a lo que le parece relevante de sus consecuencias para el acceso/comprensión de la obra de arte.

Recuerda Oyarzún la diferencia entre pensar el arte y pensar la obra de arte, en el sentido siguiente: en el “arte en general” parece que pensamos unos principios que se pretenden de orden universal, y que definen “algo como de arte” –o pensamos, además, ciertos propósitos o finalidades en la acción de un “creador” o de unos “receptores”, sean lectores o espectadores. Arte es esto y eso no es arte, pareciera afirmar categóricamente esa “filosofía del arte”; artistas son esos, o intérpretes/descubridores de los artistas son esos (y no los otros), parece continuar diciendo una filosofía de los sujetos en este mundo del “arte por definición”.

La comprensión hermenéutica de lo artístico, que se desprende de las concepciones hermenéuticas derivadas de los autores citados, tiende a generar una imposibilidad, o, más bien, impertinencia, del pensamiento estético para darnos un entendimiento de la “pretensión de verdad” que podemos intentar encontrar/descubrir en este (otro modo del) arte en tanto “es” obras de arte, afirma Oyarzún. En el pensamiento hermenéutico, por un discurso del “arte” habremos de concebir uno que junta el hacer humano, el sentido, (la “emoción”), la interpretación, y la obra –como eminencia del fenómeno humano habitando esta Tierra.

Según Oyarzún, desde el Heidegger de 1936 –“El origen de la obra de arte”–, habría quedado expuesta la trama categorial de todo lo que en la tradición filosófica ha aparecido con el nombre de “estética” o “teoría del arte” –habiendo quedado allí sin pensar, sin ser tematizado, el fenómeno de la “obra” (de la obra en cuanto humana).

Por su lado, Gadamer, leído por Oyarzún -por supuesto en “Verdad y método” de 1960-, habría mostrado la imposibilidad de esa estética de fundamentar la “originalidad” de su misma experiencia. Gadamer pondría su atención en un gesto de “abstracción” del pensamiento para instituir lo estético –y que consiste, básicamente, en alejar la cosa artística del “mundo” (lugar de lo humano entre las cosas), anulando la multiplicidad de la “pertenencia”. El arte pasa ahí a consistir en una experiencia que ocurre desde y vuelta al interior de una subjetividad, y que encuentra, eventualmente, una expresión en un objeto material (palabras dichas/escritas en la poesía, colores sobre un soporte en la pintura, sonidos de instrumentos en la música, etc.).

Esto dice: el juicio por lo que el arte sea (el “ser del arte”; que algo sea posible de pensar como “artístico”), tiende a ocurrir solamente como experiencias de un sujeto (“vivencias”). Ellas solamente las pueden determinar –de otro modo: que solamente unos sujetos privilegiados del “público” pueden definir. Lo artístico y lo “arbitrariamente” subjetivo se dan la mano. Con esto Oyarzún parece proponernos la comprensión que entrega Gadamer de una buena parte de todo lo que llamamos “arte moderno”. O sea, lo que es arte por decisión situada en alguien, o lo que es arte porque algunos lo “experimentan” como tal, y fuera de comparación con otras experiencias humanas (hay objetos “útiles” y hay “arte”).

Pablo Oyarzún expone de esta manera unas dimensiones clave para entender lo que la hermenéutica del siglo XX va a encontrar en la “obra de arte”. En artículos anteriores hemos visto las teorías de Luis Oyarzún de este “arte moderno”, que lo hacían destacar una paradoja de simultaneidad de “extrañeza y familiaridad” en la experiencia artística, alojada en una subjetividad (a estas alturas habrá que añadir: subjetividad no dice autoconsciencia). El arte, en cambio, como obras, ahora significa la extrañeza como una peculiar diferencia en el conjunto del mundo compartido, y la familiaridad como la vuelta de la pertenencia (“en-el-mundo”), al considerar la adecuación de la percepción al fenómeno que podemos llamar el hacer del arte en lo humano.

Se trata, con mis palabras, tan solo de abrir las reflexiones para transitar desde el conocimiento del arte que busca Luis Oyarzún, hasta la convivencia amplia de lo humano con su propio hacer, hacia donde parecieran conducir las referencias que Pablo Oyarzún dispone ante nosotros.

TAGS: #Filosofía Arte

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26 de enero

De una nota a Alejandro Fielbaun, en Paris (o sus alrededores) —
Hola Alejandro, apareciò ayer esta columna mìa que propone un elemento
para el diàologo con Pablo Oyarzùn, en los àmbitos conocidos como de
estètica y hermenèutica, en sus propuestas del siglo XX en adelante. Parece
que digo algunas cuestiones interesantes porque, con un dìa de publicada,
la breve nota (el paràgrafo; el fragmento), ha alcanzado casi 150 visitas –lo
que para una publicaciòn en filosofìa chilena parece bastante bueno. Espero
que tu encuentres aquì asuntos interesantes (y motivadores)…

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