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La aritmética del dolor y la purga

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Seguirá dominando la rabia, la pena, la sensación de injusticia, que finalmente, muy a largo plazo, quedará tapada por el devenir del tiempo, pero que mientras eso llegue a suceder, cada vez que se destape, saldrá con igual fuerza contra quienes nunca honestamente fueron capaces de enfrentarse al silogismo de reconocer, arrepentirse y pedir perdón.

Dolor. Inmediatamente después del 11 de septiembre del 73, sería algo más de un tercio de toda la población de Chile, en los años 80 hasta el retorno de la democracia, con seguridad más de la mitad. Millones de seres humanos, chilenos, siendo sistemáticamente ofendidos, ninguneados, en el mejor de los casos, oficialmente ignorados, despreciados, tratados como parias, vende patria, mentirosos, en el peor, torturados, violados, asesinados. Todos, millones, acusados de malos ciudadanos, delincuentes, culpables de querer destruir la sociedad y sus valores, merecedores por tanto de la ignominia absoluta de permanecer en silencio, relegados de opinar y participar del devenir del país. Los demás, algunos indiferentes, otros ejerciendo, disfrutando, implacables el poder, controlando las armas, la prensa, la economía, unilateralmente, sin dudar, con todo. Definiendo qué música se podía escuchar, qué se programaba en la tele, qué películas se podían ver, qué se enseñaba, quién ocupaba los cargos gubernamentales, qué se podía hablar en público, cómo se cantaba la canción nacional, cuáles eran las leyes, cuál la constitución. Dictadura.

Los horrores son el extremo natural de tal estado. Quien se opusiera, ¡qué sufriera las consecuencias! No hay jueces, no hay prensa, no hay policía, no hay donde acudir, donde quejarse, donde denunciar el abuso. Angustia, dolor inmenso, injusticia, rabia.

Purga. ¿Cómo purgar el dolor? Filosóficamente, mi experiencia es que sólo hay un camino, que tiene que ver con ser capaz de trascender el dolor, soltar, sin olvidar, no seguir enganchado y dejar que el presente y sus siempre infinitas posibilidades ocupen los espacios del dolor. La sabiduría nos permitiría lograrlo, quizás meditar, iluminarnos, en fin…

Como sea, hay circunstancias que ayudarían a superarlo o al revés, de no darse, a perpetuar el dolor. Una es el perdón. Primeramente quienes fueron víctimas directas de la represión más sanguinaria, recibir sentida y honesta súplica de quienes les infringieron tanto mal. Junto con ellos, todos los demás que padecieron el maltrato de ser despreciados por el poder dominante, excluidos con arrogancia y sorna de todos los asuntos públicos. Un perdón genuino, no formalista (al estilo del niño obligado que musita calladamente un perdón que ni siquiera logra escucharse), ni estratégico (del tipo “si sirve de algo, quiero pedir perdón”, casi orgulloso, esperando admiración de los demás, más que perdón). No, el perdón que podría servir es ese impulso irresistible que nace del arrepentimiento profundo, quemante, que invocamos sin pedir nada a cambio, casi sin siquiera esperar el perdón del otro, sino que simplemente como una suerte de ofrenda gratuita que hacemos buscando decir “sientas lo que sientas, pienses lo que pienses respecto a lo que te hice, lo entiendo y reconozco tu absoluto derecho a sentirlo o pensarlo, pero quiero que sepas que lo siento mucho, que quisiera volver atrás y cambiar mi conducta, que nada justifica lo que hice”…

En ausencia de lo anterior, seguirá dominando la rabia, la pena, la sensación de injusticia, que finalmente, muy a largo plazo, quedará tapada por el devenir del tiempo, pero que mientras eso llegue a suceder, cada vez que se destape, saldrá con igual fuerza contra quienes nunca honestamente fueron capaces de enfrentarse al silogismo de reconocer, arrepentirse y pedir perdón.

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