#Trabajo

¿En serio te despidieron por escribir Plaza Dignidad?

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Y sí. Y por haber reclamado con mis otras compañeras también. Ambos argumentos fueron parte de mi carta de no renovación de contrata.

Recuerdo que a mediados de 2018 un amigo abogado me preguntó cómo iba con el cambio de gobierno. Le debí contestar con mi apreciación inicial, que notaba algo extraño, sobre todo contra las mujeres. “No creo que se atrevan a despedirte, el movimiento de mujeres está cada día más fuerte”, me dijo. Habían pasado meses tras el mayo feminista de 2018, y claro, era imposible de prever que la situación se iría tornando en una pesadilla.

Mi bello amigo murió de cáncer meses después, sin enterarse que sí se atrevieron y que usaron todo el poder del Estado y sus instrumentos administrativos para lograrlo. Imagino lo enojado que hubiera estado.

Uno creería que la democracia llegó para quedarse, que los triunfos sociales y laborales muchas veces ganados con sangre, sudor y lágrimas son terreno conquistado. Pero ese es un gran error. La historia nos dice insistentemente que, así como la ocasión hace al ladrón, si existe la oportunidad, los abusadores aprovecharán su pequeño avance de poder para satisfacer sus más oscuros deseos. Bien lo sabemos todos los que vivimos esos días post 18 de octubre donde las violaciones de DDHH volvieron en gloria y majestad y sin que hasta hoy, exista ningún arrepentimiento de parte de quienes dieron la orden o la ejecutaron, en ese escenario, ¿por qué no se podría aprovechar la instancia y despedir a un par de nadies en plena pandemia? Total, ¿quién los detendría?

La sensación de que tú abuso, es uno más de una larga lista y que por más que se ganen juicios, no se logran detener actos arbitrarios, es una sensación agobiante. Sobretodo además sabiendo que eres el pelo de la cola frente a otros casos gravísimos, de los cuales aún no se logra avanzar en tribunales.

Aún así, tras dos años de ocurridos los hechos, la justicia falló a favor de nuestro derecho a la libertad de expresión, a no ser acosados, discriminados, despedidos en represalia por reclamar, a la integridad síquica, derechos que fueron conculcados por operadores políticos cuyo interés inicial quizás sólo fue hacer espacio para sus amigos, pololas o yes man de turno, y qué más fácil que apretar a un par de mujeres que consideran débiles para lograrlo, sacarse de encima a los respondones y de paso, despejar dinero para aumento de grados o quizás qué otras razones. Total, hubo un cheque en blanco. Y la línea de mando hacia arriba, a pesar de recibir todo tipo de avisos, reuniones, plenarios, decidió no intervenir.

A pesar del abuso insolente, el gran regalo que nos entrega la verdad jurídica es que construye la verdad histórica: tres fallos de jueces distintos condenaron al Estado a pagar indemnizaciones millonarias por culpa de autoridades y jefaturas con nombres y apellidos que siguen trabajando en cargos públicos o querrán volver a ser funcionarios nuevamente en cuanto cambie el color político del poder ejecutivo. Y ante esto cabe preguntarse: ¿es lícito que quienes le generaron daño al erario público sigan ejerciendo cargos que nos representan a todos?

Quienes decidimos alzar la voz en algún momento de nuestra vida, y defender a quienes fueron injustamente tratados, sin saberlo, nos convertimos también en parte de una larga lista de sindicalistas, pensadores y activistas de los derechos de los trabajadores.

Y es verdad que frente al abuso la primera sensación es sentirse triste, humillado y con el alma rota.Y en muchos sentidos los abusadores cuentan con ese efecto para lograr su objetivo: silenciarte.

Quienes decidimos alzar la voz en algún momento de nuestra vida, y defender a quienes fueron injustamente tratados, sin embargo, nos convertimos también en parte de una larga lista de sindicalistas, pensadores y activistas de los derechos de los trabajadores. Y saber eso dignifica a cualquiera. Porque no es ego el que aflora, sino, simplemente la dignidad de quien se enfrenta en desigualdad de condiciones frente al más ramplón de los abusadores. Y esa fuerza es la que me sigue aflorando, a pesar de lo lento o difícil de todo este proceso.

Estoy convencida, que la acción vulneratoria de despedirnos en plena pandemia buscó amordazar a través del miedo a quienes se quedaron trabajando: ya saben el castigo que merecen/obtendrán si osan desafiar a la autoridad, hay una fila larga de gente desempleada que estará feliz de usar su cargo.

La acción reparatoria, en cambio, espero envíe el mensaje que tener la oportunidad de abusar de tu poder jamás te otorgará ni el derecho ni la garantía de impunidad al hacerlo. Por más que se hayan sentido a sus anchas como amos y señores de las fincas de algodón en el sur norteamericano o en las salitreras chilenas, la noticia de último minuto es que aún los nadies tenemos derechos establecidos en la Constitución Política de este país. Y que para reparar abusos existen los tribunales de justicia, los buenos abogados y la acción de la prensa -por cierto.

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