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Recordar, repetir y reelaborar: A un año del 18-O

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Imagen de pagina de facebook del Grupo de Estudio Infancias, Psicoanálisis e Instituciones

A un año del 18 de octubre, fecha en el que se dio inicio a un estallido social en Chile como expresión de un malestar social generalizado del modelo político-económico neoliberal que nos impusieron a sangre, fuego y balas durante la dictadura cívico-militar, resulta relevante escribir estas líneas en torno a la importancia de la memoria colectiva como una herramienta de lucha que nos permite recordar para no repetir aquellos sucesos históricos que dejan secuelas en la sociedad, del orden de lo traumático. La teoría psicoanalítica por su parte puede aportar algunos elementos sobre la cuestión de la memoria.


Memoria es recordar y denunciar que el gobierno legitima, defiende y reproduce la violencia estatal hacia la población. Que nos declararon la guerra

Freud (1914) en su texto “Recordar, repetir y reelaborar” plantea que el sujeto en análisis repite en el acto ciertos aspectos de su vida psíquica en vez de recordar lo olvidado y reprimido. El sujeto repite sin haber que lo hace. Así, la repetición se opone al recordar. Por tanto, la repetición se vuelve un obstáculo en el análisis para reelaborar las representaciones inconscientes, apareciendo de esa manera la resistencia. Si bien Freud pensaba esto en el plano individual, en el marco de la práctica psicoanalítica del encuentro analista-analizado/a, también es posible ubicar esta lectura de la memoria en fenómenos colectivos. Tanto para el análisis individual como colectivo, es necesario recurrir a la historia.

Desde el psicoanálisis, la historia no es lo mismo que el pasado. En términos generales, el pasado tiene que ver con aquellas vivencias no articuladas y representadas simbólicamente a través del lenguaje. Son aquellas impresiones que dejaron marcas, pero que al no ponerse en palabras, quedan ubicadas en estados inconscientes. La historia por su parte, está del orden de lo simbolizado, de lo ligado a ciertos significantes que permitan producir un sentido. De esta manera, tal como afirma la psicoanalista María Anton, “hablar del pasado no es lo mismo que contar la historia”[1]. Es el acto de narrar, de poner en palabras, de resignificar las vivencias, lo que permite historizar el pasado.  Ahora bien, la historia es siempre social, porque se inscribe en relación al otro, al entramado del campo sociopolítico.

El pasado no es algo entonces “que ya pasó”, “que ya fue”, porque marca su presencia en el presente de distintas maneras, incluso en su ausencia. El pasado puede advenir historia, o no. Y si lo hace, habrán ciertos discursos de poder que tratarán de moldear –o deformar- la historia a partir de sus intereses. En ese sentido, por ejemplo, cuando se trata de las violaciones a los Derechos Humanos ocurridos durante la dictadura cívico-militar, ciertas narrativas que niegan y distorsionan la realidad de lo ocurrido, intentan no sólo justificar el golpe de Estado, o minimizar el terrorismo de Estado, sino que fundamentalmente hacer desaparecer los ideales del proyecto de la Unidad Popular, de Salvador Allende, de los desaparecidos y las desaparecidas, de todas las víctimas de las violencia estatal: que sus ideales políticos (justicia social, igualdad , solidaridad, poder popular) no se sigan transmitiendo generacionalmente. Pero, tal como ocurre en el análisis individual, la represión nunca es del todo completa, siempre queda un resto, una marca, una huella. Y, en algún momento, retorna desde lo reprimido.

Si nos remitimos al 18 de octubre del año pasado, desde ese día el gobierno ha estado enunciando un discurso en el que ha asociado las manifestaciones sociales con la violencia, criminalizándolas. Son esos significantes que ha puesto a circular y producir un determinado sentido asociado al “caos”, “vandalismo”, “saqueo”, “destrucción”. El pueblo por su parte ha intentado contrarrestar discursivamente (y en la práctica) esa retórica, enunciando sus propios significantes. Es interesante en este punto cuando Piñera el año pasado menciona la recordada frase: “Estamos en guerra”, e instantáneamente durante las protestas aparecieron distintas consignas respondiendo a ese lenguaje bélico. Una de las respuestas más conocidas fue: “No estamos en guerra, estamos unidos”.  Aparece la cuestión de lo colectivo como resistencia a la ofensiva del gobierno con la declaración del toque de queda. Respuesta que se podría interpretar como una declaración que da cuenta de una cierta reorganización del tejido social, del lazo social, profundamente quebrantado durante la dictadura. Se podría pensar que el 18-O marca un hito histórico en el cual comienza a haber un desplazamiento de un razonamiento individualista a una conciencia colectiva en la sociedad.

Desde que comenzó el estallido social –que prontamente deviene en una rebelión popular- el pueblo ha enunciado una serie de significantes vinculados a demandas históricas de los movimientos sociales (educación, salud, trabajo, pensiones, género), articulándose con el significante dignidad. Una vida digna es lo que aspiramos conseguir. Y redactar una nueva Constitución, es un primer paso.

Desde estas consideraciones, la memoria aparece como una herramienta clave de resistencia frente a las narrativas hegemónicas que insisten en remarcar el acontecimiento del estallido en relación a la violencia y el “orden público” (como una estrategia de deslegitimación de la protesta social), pero sobre todo es la herramienta de lucha imprescindible frente al negacionismo del actual gobierno en su responsabilidad sobre las violaciones a los Derechos Humanos, al terrorismo de Estado. Memoria es recordar y denunciar que el gobierno legitima, defiende y reproduce la violencia estatal hacia la población. Que nos declararon la guerra.

Retomando el planteamiento de Freud, si lo articulamos a este fenómeno, no es casualidad que el Estado chileno desde el período post-dictadura promueva constantemente políticas del olvido (desde la retórica de la conciliación, el perdón, la paz, la unidad nacional), que, de alguna manera, al no reconocer su responsabilidad política en el ejercicio de la violencia institucional, permiten sostener y reproducir – entre varios factores más – una suerte de compulsión a la repetición del Estado de violar constantemente los Derechos Humanos de la población.

Frente a esas políticas del olvido, políticas de la memoria, verdad y justicia son la respuesta.

Pero la memoria, tal como afirmaba Freud, no consiste en una mera reproducción mecánica y fiel a los hechos ocurridos, sino que principalmente en un ejercicio de reconstrucción, de resignificación del pasado. Y para eso, es ineludible poner en palabras las vivencias ocurridas.

La memoria instituye un relato, otorga una identidad colectiva como pueblo. Por ende, la reconstrucción colectiva de la memoria puede abrir la posibilidad de producir un sentido (o varios) que nos identifique y contribuya a la reconfiguración del lazo social. En ese sentido, el recordar y reelaborar no es un acto individual contemplativo, se necesita siempre de un/a otro/a, ya sea un/a psicoanalista, un grupo de amigos y amigas, o una asamblea territorial.

Hace sentido entonces que se refuerce la consigna “Recordar para no repetir”. La memoria colectiva es una herramienta de lucha clave en estos tiempos en los que ciertos discursos hegemónicos intentan constantemente imponer el negacionismo, la amnesia social y la desmentida como parte del sentido común de la sociedad. Pero no lo lograrán. Chile despertó, y no hay vuelta atrás.

Grupo de Estudio Infancias, Psicoanálisis e Instituciones

Sebastián Soto-Lafoy.

[1] María Cecilia Anton, “Pasado e historia en psicoanálisis”, Universidad Nacional del Mar del Plata.

TAGS: #18O #DerechosHumanos Memoria

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