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Violencia, radicalidad y sentido común

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«Aunque el izquierdismo es una enfermedad que suele superarse con la experiencia política, siempre habrá nuevas camadas de izquierdistas a los que habrá que recordar con paciencia que la política radical, como todo, se mide por sus resultados».  Pablo Iglesias.


Si queremos que la ofensiva del movimiento estudiantil no sea mero voluntarismo, es necesario que exista una condena tajante y dura a la violencia de encapuchados; pequeña, desorganizada, y con dudosa finalidad política

El movimiento estudiantil nuevamente está al centro del debate público, cosa que –lamentablemente- no ocurría hace años, esta vez no es porque sus demandas sean sentidas y defendidas por las sociedad, o por alguna actividad creativa que cautive a la ciudadanía, sino que por uno de los temas que han sido más difíciles de abordar por el movimiento social: la violencia. En menos de un mes, se ha remecido dos veces la conciencia nacional, primero con el asesinato de un trabajador municipal en Valparaíso, provocado por el incendio a raíz de una bomba molotov, y segundo, por la destrucción en la vía pública de una figura que representa a un profeta seguido por la gran mayoría de los chilenos: Jesucristo.

La violencia es un tema complejo. De alguna manera, todos la validamos, ya sea aceptando el consenso del monopolio de la fuerza por parte del Estado, o celebrando alguna fiesta patria que haya implicado el asesinato de personas para consolidar el estado. Es cierto que en los procesos de liberación nacional, existió violencia, pero entonces no es algo que sea condenado per se, sino que son sus circunstancias, medios y fines los que la hacen cuestionable.

En el caso del movimiento estudiantil, se podría abordar desde una perspectiva ética, luchamos por un derecho social; por igualdad; por oportunidades para todas y todos los hijos de Chile. Bajo esa lógica humanista, surge entonces un dilema ético, usar la violencia- en un estado de derecho- para impulsar una política pública, paradoja que no hace sentido, porque supera los estándares éticos de la sociedad, conseguir algo a la fuerza en una democracia.

Pero esto no se trata –solamente- de una discusión sobre ética y principios, el punto más pragmático es el táctico y utilizarlo como estrategia política, es decir, quemando edificios patrimoniales o rompiendo una imagen de uno de los símbolos más queridos por los chilenos. ¿Bajo qué punto de vista romper semáforos, cortar el tránsito a los ciudadanos y agredir a destajo puede ser una buena táctica política? No veo como eso podría ser posible, solo encuentro explicaciones viscerales, en donde algunas personas se dan el gusto de expresar su ira hacia este sistema (y que duda cabe de que la injusticia nos llena de ira, pero la idea es convertir esa ira en una expresión política, y hacer que las cosas cambien), pero no sirve de nada darse el gusto, porque eso va a perpetuar lo que nos llevó a estar indignados.

Este debate no es nuevo, en la clandestinidad de fines de los años 70, el Partido Comunista publicó un documento llamado “El ultraizquierdismo: Caballo de troya del imperialismo. En este texto se hacía una crítica a las tácticas del MIR, y ponía en evidencia como ellas habían sido funcionales al golpismo. En el documento citaban a Lenin quien decía (criticando al terrorismo como táctica política): “En la proclama no falta tampoco la teoría del terror excitante. Cada combate del héroe despierta en nosotros un espíritu de lucha y arrojo… Este tipo de combate sólo provoca directamente una sensación fugaz, pero, indirectamente, conducen a la apatía, a la espera pasiva del siguiente combate”.

El PC era claro en notar que “el terrorismo no sólo no ‘transfiere’ fuerza alguna al movimiento revolucionario sino al revés, facilita la acción represiva de la dictadura”. Guardando las proporciones de los contextos (sabiendo que los encapuchados no son terroristas, y que no estamos bajo una dictadura), creo que el Partido Comunista tenía razón en la lógica que observaba, este tipo de acciones terminan siendo serviles a los defensores de la clase dominante, y en el contexto de 2016, los mismos encapuchados le han dado el contexto (con la prensa como gran caja de resonancia), a políticos amigos de leyes represivas, para volver a plantear leyes como la antiencapuchados. El cuadro es el siguiente: la táctica de la violencia es tan mala que no solo inmoviliza a los movimientos sociales, sino que los hace retroceder, perder apoyo y generar las condiciones para leyes represivas

Observando el cuadro anterior, ¿Bajo qué concepto decimos que los encapuchados son los más radicales? La cosa es clara, los encapuchados son enemigos del movimiento social que lo hacen retroceder y entonces yo me pregunto ¿Es eso radical? No lo creo. Creo que la verdadera radicalidad está en la lucha política, en usar la razón y no la fuerza, que como decía Cicerón, es el derecho de las bestias. Por lo tanto, es mucho más radical Daniel Jadue impulsando farmacias populares, que todos los encapuchados juntos. Es mucha más la radicalidad de Boric, Jackson o Vallejo dando una pelea en una institucionalidad llena de candados, que cualquier persona rompiendo un semáforo. No hay que aceptar esa falsa idea de que la radicalidad se asocia a la violencia, porque se es más radical si se consiguen más resultados, y bajo este concepto, los grupos violentos, más que radicales, son reaccionarios.

El triunfo del movimiento estudiantil pasa por alcanzar objetivos, remover conciencias a nuestro favor, construir hegemonía y cambiar el sentido común individualista-neoliberal, por uno en que se valore la democracia y los derechos sociales. Eso ocurrió años atrás, pero es indudable que se ha ido perdiendo, creo que todos conocemos gente que nos apoyaba el 2011 y ahora no entiende al movimiento estudiantil, y uno de los grandes argumentos es la violencia.

Es cierto que la prensa -en general- magnifica todos estos actos, pero eso ya lo sabemos hace años. Entonces, con mayor razón debemos enfrentarnos a ella y si, queremos que la ofensiva del movimiento estudiantil no sea mero voluntarismo, es necesario que exista una condena tajante y dura a la violencia de encapuchados; pequeña, desorganizada, y con dudosa finalidad política.

TAGS: #Violencia Encapuchados Movimiento Estudiantil

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Comentarios

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Jorge Javier

14 de junio

Pablo, tu reflexión es fantástica en el sentido que abre muchas puertas para profundizar muchas aristas. Te agradezco mucho la lucidez!

Creo que la radicalidad se asocia con la violencia, al momento que se confunde con «brutalidad», algo que evoca al comportamiento humano instintivo, animal, primitivo de recurrir a lo más bajo en términos defensivos (entendiendo que la ofensiva estaría dada por el estado y sus políticas injustas). Se hace necesario entonces un ajuste de significado a nivel macro, aunque por estrategia comunicacional los medios no lo adoptarían.

Si radical es en realidad alusivo al resultado, podemos llegar a un nivel de relativismo nocivo en donde un buen fin justificaría cualquier medio, y se pierde de vista el «fondo de la forma», dando la ilusión que sólo se pierde la forma. Creo en la radicalidad en tus términos, pero con diversidad de escalas, sin reducirlo exclusivamente a quienes entran a la esfera del poder para intentar flexibilizarla, sino que elevando el valor de quienes luchan en sus micro-rangos de acción menos espectaculares (como tu por ejemplo, o como un buen vecino buscando reivindicar la vida de barrio en medio del individualismo).

Finalmente creo que generar justicia, por mínima que sea, es un acto revolucionario a gran escala, en un contexto tan hostil. Lo penoso es que la lucha social no se ha reinventado, haciendo que sus vicios y parásitos sigan prosperando, lo cual es totalmente funcional al poder. Un abrazo sureño primo!!

17 de junio

Buen artículo. Su lucha debería haber sido planteada siempre de esta menera, siempre movida por la razón, no la fuerza, y condenar tajantemente las actitudes violentas siempre.

Pero el artículo también denota siempre que esto de condenar o estimular la violencia es simplemente un manejo táctico. Hace 45 años los encapuchados serian catalogados de “jóvenes idealistas”, hace 30 serian catalogados de “héroes combatientes” y hace 10 eran también bastante aceptados para el movimiento. Ahora los estudiantes hicieron la agenda, ahora el gobierno que ejecuta esa agenda no tiene contrapeso en los diputados ni senadores, ahora esta claro que la violencia sí juega claramente en contra de su causa, es demasiado fácil decirlo esto ahora.

Pero que va a pasar cuando venga la frustración de que sin tener a nadie a quien culpar las reformas no resultaron ni cerca de las expectativas que se crearon, y los vientos cambian, los poderes se turnan, la actitud del país serán distinta, ¿ que pasará cuando vea su postura vencida por la razón? ¿Mantendrá este discurso tajante contra la violencia?

Le daré un consejo para entender y aguantar los años de frustración que vienen: Tenga claro que el estado, como cualquier otra entidad, tiende a defenderse siempre con las armas que se vea amenazado y la violencia debe ser condenarla por una cuestión valórica que debe estar dentro de usted, no por simple táctica política de su partido.

Saludos

Servallas

18 de junio

Comparto en cierta medida lo que se plantea, porque explica con cierta lógica parte del  confuso escenario de violencia que vivimos como sociedad, pero hay bajo esa mirada de sentido común, otro tipo de violencia, una violencia oculta, más dura quizás, que en el largo plazo  busca la destrucción de algo que muchos, muchísimos, ni siquiera perciben como un valor fundamental de nuestra corta y limitada existencia, la libertad del individuo. Desde tiempos remotos, desde la noche de los tiempos, un grupo se impone a otro, lo domina, lo violenta y lo maneja para construir su mundo, su utopia, su sueño de orden. Normalmente en el comienzo es una idea de cambio, una imagen idealizada de justicia, una problemática que se visualiza generalizada y sobre la que se cree tener la solución, entonces imponer  esa  solución requiere de la personificación, son otros, no se ataca el agua, los vientos, los elementos, es una personificación, es un diablo que nos hace sufrir, y el o ella, puede ser una casta, un colectivo, un grupo, una parte de la sociedad, y ese es nuestro enemigo, nuestro Satanás, la fuerza oscura que hay que destruir, y es en esa acción donde comienza la verdadera violencia, la que no se detiene hasta que un grupo controla a los otros, los somete, los domina y los hace funcional a sus locuras. La violencia que vemos hoy de encapuchados y compañía, no son más que aquellos que conociendo quien es su Satanás, porque otros se los han hecho saber, quieren adelantar los hechos.

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