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Nuevo gabinete, el día después de mañana

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La designación de Chadwick en Interior, más que buscar abrir espacios de diálogo con la oposición, adquiere sentido dentro de un diseño de contención en el que La Moneda buscaría moderar el daño que le irán infringiendo los “ex ministros” candidatos, así como a administrar las serias fisuras entre los partidos de la Alianza y el Ejecutivo.

Los magros resultados de la elección municipal en la derecha han precipitado cambios en las estrategias y equipos de gobierno cuyas repercusiones tenderán a expandirse en una nueva etapa política. El mismo día de la elección, el vocero de gobierno, Andrés Chadwick, reconoció que “nos hubiese gustado tener un mejor resultado, teníamos esperanza. Debemos tener la humildad de escuchar la decisión del pueblo”.  Al día siguiente, en contraste con el mensaje público que apelaba a la humildad en la derrota, algunos medios de prensa, no precisamente opositores, daban cuenta de las iras del Presidente Piñera durante la jornada y el mal clima que se instaló en el Palacio de gobierno.

La noche de la elección no sólo echó por tierra el expectante balconazo que celebraría la reelección del alcalde Zalaquett y alzaría a Golborne como el candidato del sector con mejores opciones, sino también dio un vuelco decisivo en el esperado cambio de gabinete. Mientras en días previos se daba por hecho que el equipo de gobierno se desmantelaría para conformar una futura bancada piñerista en el Senado y en la Cámara; después de la elección, un retraído mandatario se vio obligado a reconfigurar opciones en el aislamiento de Isla de Pascua.

El cambio de gabinete, aunque modesto, tiene tres aspectos significativos: en primer lugar, no habrá un equipo parlamentario procedente del gabinete que defienda a ultranza la obra de este gobierno y la eventual proyección de Piñera para una postulación el 2018. Al parecer, el mandatario, en una sempiterna tendencia a ver el vaso medio lleno, habría manifestado esta posibilidad en ambientes cada vez más públicos, algo que podría explicar en parte la rabia presidencial el día de la elección.

En segundo término, los cuestionamientos crecientes y transversales sobre la mala gestión de Hinzpeter en Interior y el cuestionable rol de la cartera en la implementación de la votación, terminaron por disolver el eje fundacional del gobierno. Durante casi dos tercios de mandato, Hinzpeter aparecía como una figura incombustible con licencia para confrontar lo que se le pusiera por delante, desde movimientos sociales, fiscalía nacional, poder judicial o partidos políticos, mientras no trepidaba en victimizarse por las críticas que instalaba a cada paso, análogo al dicho “con el mazo dando y a Dios rogando”.

En tercer término, la designación de Chadwick en Interior, más que buscar abrir espacios de diálogo con la oposición, adquiere sentido dentro de un diseño de contención en el que La Moneda buscaría moderar el daño que le irán infringiendo los “ex ministros” candidatos, así como a administrar las serias fisuras entre los partidos de la Alianza y el Ejecutivo. Hay que considerar que las campañas oficialistas tendrán que tomar prudente distancia de la impopularidad y desconfianza que genera el mandatario y su gobierno, algo que tendrán que considerar también los aspirantes al Congreso.

Un último punto, aunque pareciera marginal en la conformación del nuevo escenario oficialista, es la designación de Hinzpeter en Defensa y sus eventuales efectos. Al respecto caben varias prevenciones: la posibilidad de que insista en incluir a las Fuerzas Armadas en asuntos de seguridad interna, especialmente la lucha contra el narcotráfico, dado que Allamand ya había comenzado a instalar el tema en la Estrategia de Seguridad y Defensa que se presentó al Senado, pero que terminó morigerando con posterioridad. El futuro del Plan de Alerta Temprana que impulsa la Subsecretaría de Defensa, que no es otra cosa que controlar desde ese Ministerio el flujo de información de Inteligencia, cuyos fines y consecuencias siguen siendo una incógnita. Asimismo, el rol que jugaría Hinzpeter en el proceso del inminente fallo de la Haya por la controversia marítima planteada por Perú, en especial asumiendo, desde su más irrestricta lealtad al Presidente, la  política de “cuerdas separadas”, consistente en diferenciar o anteponer el impulso a las relaciones económicas bilaterales respecto del litigio. En buenas cuentas, desde el nuevo “refugio”, el otrora hombre fuerte del gabinete podría impulsar una agenda plagada de puntos polémicos que, a estas alturas, difícilmente podrá endosársela al candidato presidencial de su propio partido.

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