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Lo chévere de Chávez

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Para muchos fue un ferviente defensor de la democracia latinoamericana y el reflejo en vida del recordado Simón Bolívar. Para otros tantos, era un dictador de izquierda que, por medio de su ‘populismo barato’, lograba mantenerse en el poder, llegando a constituirse en el ícono de la inconsecuencia izquierdosa. Sin duda opiniones contradictorias que quizás nunca encontrarán puntos en común. No obstante, dos preguntas surgen acá: ¿cuál fue el motor que tenía Chávez? ¿Qué es lo que lo motivó a perpetuarse en el poder?

Hace una semana, Chávez pasó a la historia del pueblo latinoamericano. Para muchos fue un ferviente defensor de la democracia latinoamericana y el reflejo en vida del recordado Simón Bolívar. Para otros tantos, era un dictador de izquierda que, por medio de su ‘populismo barato’, lograba mantenerse en el poder, llegando a constituirse en el ícono de la inconsecuencia izquierdosa. Sin duda opiniones contradictorias que quizás nunca encontrarán puntos en común. No obstante, dos preguntas surgen acá: ¿cuál fue el motor que tenía Chávez? ¿Qué es lo que lo motivó a perpetuarse en el poder?

La primera respuesta, y que imagino los lectores están pensando, es la búsqueda desenfrenada de poder. Sin duda puede ser una posibilidad, pero es un denominador común de todos los políticos hoy en día. Ya lo decía Habermas, los sistemas económico y político son esferas que inevitablemente reproducen mecanismos de poder. En esta lógica, llegar a ser Presidente de la República habría bastado, pero hubo algo más que lo motivó a encarnar al mítico Simón Bolívar. ¿No lo creen? Yo definitivamente creo que sí. Acá hay tres ideas que comencé a pensar en la micro, en mi trayecto hacia la universidad, y que podrían explicar por qué Chávez buscaba con tanta vehemencia no sólo alcanzar el poder sino, perpetuarse en él.

En primer lugar, históricamente América Latina ha sido una región de dolor y miseria, por ende la búsqueda de reivindicación surge como un derecho. Con esto no me refiero a que América Latina sea el ‘patio de atrás’ del mundo, ni a que no haya mostrado avances en los últimos años, pero el desarrollo latinoamericano siempre ha sido a golpes, y se ha basado en una dialéctica constante entre ‘colonos y colonizados’. Desde la literatura latinoamericana con exponentes como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Eduardo Galeano (por mencionar algunos) se ha dado a conocer el enorme sufrimiento que ha tenido la región desde la conquista, hace ya más de 500 años. Quizás para muchos suene absurdo pensar tan atrás en la historia, pero es un hecho que ha condicionado nuestra forma de pensar, de observar, de procrear y de entender la vida. Ya lo dicen los ecologistas políticos de nuestra región, comandados por Enrique Leff y Héctor Alimonda, al basar parte de sus estudios en la de-colonización, vista como la perspectiva latina para posicionarse frente al poder homogeneizador de la modernidad. Así surge la primera razón que pudo haber motivado a Chávez: poder para combatir la historia.

En segundo lugar, lo que comenzó hace 500 años con la conquista, desde hace ya 40 se ha extremado con la política neoliberal liderada por Milton Friedman, el Banco Mundial y la Universidad de Chicago. Con matices y distintos grados de profundidad, la lógica neoliberal se ha instalado en Latinoamérica reafirmando sus debilidades (sociales, culturales y ambientales) y perpetuando (e incluso extremando) las inequidades. Economías extractivas, la desenfrenada inversión extranjera, la debilidad del Estado en lo referido al resguardo de los recursos naturales, se han transformado en la lógica imperante de la región. Si bien hay algunos países que se han resistido más (al menos discursivamente), como era el caso de Venezuela, hay otros que ‘lisa y llanamente’ se han entregado a los números económicos y al crecimiento del PIB. Como si ese PIB les diera de comer a los sectores más vulnerables del país. El ‘chorreo’ se instaló en las dinámicas político-económicas de la región, gatillando desastres ambientales irreparables, liderados por empresarios y políticos de gran poder. Algunos casos son en la Amazonía producto de las plantaciones de soya y, más cerca aún, en la Araucanía, producto de las empresas forestales. Acá surge la segunda razón: poder para combatir a los poderosos.

En tercer lugar, la misma historia que nos caracteriza y nos asemeja a otras regiones colonizadas como África y Asia, nos invita a la integración como región. El presidente de Uruguay Mujica ya lo mencionaba abiertamente en la pasada CELAC UE, donde invitaba a los mandatarios a formar una sola voz e intentar pasar por sobre sus diferencias, y así convertirse en un solo bloque. Con menos retórica (a mi juicio) que Mujica, otros mandatarios también han motivado dicha integración, pensando en el bienestar de la región y en la necesidad de posicionarse en forma unida. Solo así, argumentan, se podrá hacerle frente a la avasallante entrada de los países BRICS (especialmente China) y a las presiones por parte de los países poderosos. A pesar de esto, dentro de los países se observan diferencias notorias y desconcertantes, que sin duda perturban a los que promueven dicha integración. Acá surge la tercera razón: poder para ser escuchado.

Tres elementos que creo se instalaron ‘a fuego’ en la mente y en el corazón de Chávez. Si bien todos se sienten  (y nos sentimos) con el derecho a crucificar sus decisiones y acciones, creo que estos tres elementos permiten entender su línea argumentativa. Si bien el poder muchas veces (o la mayoría) corrompe, resulta natural pensar que se busque poder para enfrentar dicho poder, por muy paradójico que suene. En general concuerdo con el discurso de Chávez, ya que esencialmente creo que vivimos en un mundo imperialista, a pesar de que la gran mayoría de los países colonizados hoy disfrutamos de nuestra ‘independencia’. En la forma, creo que le faltó paciencia y que fue un tanto obtuso. Quería ver en vida los cambios que proponía para la región, lo que lamentablemente no era posible. Para recuperar el tiempo perdido se necesita mucho más que 11 años en el poder. Además, pensó que usando los mismos mecanismos que criticaba (agresividad, opresión), iba a lograr los cambios que anhelaba. A mi juicio, ahí yace su gran error. Error de forma, más que de fondo.

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