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La lógica del ego tras las elecciones municipales

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Tras la hecatombe que generaron los comicios locales del pasado 23 de octubre, se han generado una serie de reacciones destempladas por parte de ciertos dirigentes y actores del mundo político: algunos celebrando ciertos hitos de importancia (cuyo alcance aún está por verse), mientras que en el caso de la Nueva Mayoría una parte no menor está rasgando vestiduras por los malos resultados, no asumiendo las responsabilidades colectivas, y culpando principalmente al gobierno, específicamente a la Presidenta.


Esa es la política que está en crisis, y en vez de tomar responsabilidades en su superación, profundizan el malestar y la enfermedad en que se encuentra la discusión y la acción de lo público.

Lo cierto es que no es para nada alegre el hecho de que la participación electoral siga bajando, y ahí existe una responsabilidad compartida de las organizaciones políticas, de los anteriores gobiernos, y por qué no decirlo, también de las demás organizaciones intermedias, porque se ha caído en la concepción de que el bien común no se construye colectivamente, sino que cada quien se arregle como puede, porque si bien estamos en contra del estado actual de lo público, sólo nos dedicamos a criticar sin comprometernos a la acción. Ejemplo de ello es una organización de estudiantes secundarios, que en su radicalidad discursiva llamó a no votar, y la respuesta será más radical que su llamado: el desalojo inmediato de un alcalde de derecha ante un tipo de movilización que ellos utilizan frecuentemente.

Desde el año 1990 a la fecha, no ha existido ninguna política seria que promueva la formación y la participación ciudadana, al contrario, la ciudadanía se atomizó en la educación cívica (que luego se eliminó de los liceos, y que bueno que se retome en 2017), y se dijo que era importante votar, pero no hubo interés en que esa promoción recogiera los sentidos, las necesidades y las opiniones del común de la población. De hecho la mayoría de los espacios de participación sólo se realizaron con una lógica funcional a las políticas previamente determinadas. La Concertación en su momento se fue institucionalizando en el Estado y fue perdiendo paulatinamente su presencia en el mundo social, la derecha (sobre todo la UDI) cooptaba las organizaciones vecinales con el asistencialismo y la izquierda se reagrupaba sobre todo en las organizacionales gremiales y estudiantiles, pero en el territorio su incidencia era menor.

Esa disociación de la social y lo político fue poniendo de moda a la “clase política”, un concepto de derecha, pero que ahora todo el mundo utiliza, incluso sectores de la izquierda y el progresismo. No se dan cuenta (o pretenden que no) que ello aumenta la distancia del pueblo con los gobernantes y las instituciones, porque conceptualmente ellos avalan que sea un sector minoritario el que se ocupe de la actividad política, cuando en realidad es una actividad pública, y siendo así debería ser interés de todo el régimen democrático que la participación fuera mayoritaria. Está bien que para la derecha eso no sea problema ¿pero qué ocurre con los otros sectores? Precisamente por esa no diferenciación y la política de los consensos la derecha pudo ganar la presidencia con Sebastián Piñera.

Cuando la Concertación fue derrotada, no solamente fue en un sentido electoral, sino que su proyecto se derrumbó, de hecho estuvieron un año paralizados, siendo una oposición sólo de nombre, hasta que estalló el movimiento educacional del 2011. La Nueva Mayoría se fundó como una necesidad de emprender reformas que deberían haberse discutido desde la vuelta a la democracia, y recogía por primera vez sentidas demandas ciudadanas, algunas de ellas incluso expresadas hace dos décadas atrás, pero que fueron desoídas, o bien tergiversadas. De hecho, algunos personeros le pidieron a Michelle Bachelet que volviera a Chile a encarnar dicho proyecto, ya que su primer gobierno si bien siguió la línea concertacionista, tuvo un mayor apoyo ciudadano ya que tuvo políticas sociales cuya intención realmente era combatir la desigualdad, aunque su alcance fuera discutible. Ahora muchos le dan la espalda.

Al parecer en una parte de la Nueva Mayoría se expresó luego de la derrota en las municipales el poco compromiso programático con las reformas y la política emprendida, que bien es insuficiente, claramente representa un giro importante a lo realizado anteriormente. El culpar solo a la Presidenta de los resultados francamente es vergonzoso, y demuestra la poca autocrítica y la incapacidad de asumir los costos políticos necesarios para analizar bien el escenario y salir al paso de este revés, aflorando los intereses mezquinos y la visión cortoplacista de ciertos personeros interesados en sacar provecho. Esa es la política que está en crisis, y en vez de tomar responsabilidades en su superación, profundizan el malestar y la enfermedad en que se encuentra la discusión y la acción de lo público.

Un partido que viene disminuyendo su votación progresivamente desde el año 2000, que le ha puesto zancadillas de manera reiterada al gobierno, ahora suspende su participación en el comité político de La Moneda para “llamar la atención y enmendar el rumbo”. La disociación de lo social de lo político, el interés del poder por el poder, el caudillismo, la poca capacidad de construir colectivamente, entre otros aspectos son los responsables del estado actual de la política. Pero a algunos el ego los tiene cegados: más que pensar en el país piensan en sí mismos, y operan tal cual en la serie “House of cards”.

Es hora de hacer un giro verdadero a la situación, partiendo por vencer los egos y hacer una sincera autocrítica colectiva, y que posteriormente se tomen definiciones. En esto claramente no ayuda la discusión de qué personaje será candidato, sino el proyecto que representan: relegitimar el sistema, cambios al estilo de la transición o profundización de las reformas actuales. Los ciudadanos políticos esperamos una discusión sobre qué pasará con la educación, la salud, las pensiones, la política habitacional, etc. Si no es así, seguirán los comentarios como “Ay si igual te tienes que levantar mañana a trabajar” o “Son todos corruptos”

La derecha es la única que puede sacar cuentas alegres con la abstención y ciertas victorias específicas, pero la izquierda y el progresismo no puede caer en el conformismo, y si de verdad hay un interés serio de mejorar la situación del país y no retroceder en lo alcanzado, hace falta mucha generosidad y altura de miras para que la salida a esta crisis de legitimidad del sistema político sea positiva para la situación de los chilenos y no de la misma minoría que se beneficia del neoliberalismo.

TAGS: #PartidosPolíticos Ciudadanía elecciones

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02 de noviembre

No comparto para nada su visión política aunque coincido en un par de ideas muy puntuales, su articulo es una autocrítica racional.

El dilema en su sector es que las elecciones son parte del sistema que cuestionan y descalifican, por lo tanto lo consecuente con eso es no votar, pero todo indica que al menos en el corto plazo esa conducta beneficia al sector político rival. Estoy de acuerdo que la derecha gana por omisión de la izquierda mas que por votación propia.

La apuesta entonces de ustedes parece que ha sido que en el mediano-largo plazo el sistema colapse o al menos zozobre lo suficiente para reformular todo.

Pero el sistema ha resultado ser bastante mas robusto. Parece que no bastó desgastarlo con antipropaganda durante un cuarto de siglo para lograr por fin la presidencia, las dos camaras, y las alcaldias mas significativas, en fin, teniendo todo a favor aún asi el sistema parece estar muy lejos de un reemplazo definitivo.

Hay aparentemente necesidad de reemplazo, pero no hay reemplazo.

Saludos

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