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Ideologismos, el arduo camino al fracaso

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Son muchos los ejemplos de países que han identificado que el problema es, precisamente, las cárceles ideológicas que restringen el espacio de las alternativas posibles. Por ejemplo, en Irán, no hay prácticamente personas que necesiten máquinas de diálisis. Me explicaron que lograr ese milagro era muy simple. El Ministerio de Salud iraní regala US$1.600 dólares a cada donante, así cada persona que necesita un trasplante lo obtiene, sin colas, sin listas de espera, sin sufrimientos.

Después de trabajar algún tiempo en el heroico Vietnam, vuelvo impresionado por su aproximación pragmática a las políticas públicas existente en los socialismos de Asia. Por  poner una fecha arbitraria, ese fenómeno comenzó en China con la increíble declaración “No importa que el gato sea blanco o sea negro. Mientras cace ratones, es un buen gato” popularizada por Deng Xiaoping en 1962, quien además ridiculizó el slogan promovido por la Revolución Cultural: “es mejor ser pobres bajo el socialismo, que ricos bajo el capitalismo”. Deng, práctico y directo, sugirió por contraparte: “La pobreza, no es socialismo”. Simple y directo. Acto seguido siguió la esquizofrenia total (para las formas de pensar tradicional de la izquierda), la política “Un país, dos sistemas”. Comenzó el tránsito chino hacia una economía de mercado, proceso que acaba de culminar con al reciente decisión del plenario del PC Chino relativa a que “los mercados jueguen un papel ‘decisivo’ en la asignación de recursos y alentará el desarrollo del sector privado”.

En Vietnam, dicha tendencia al pragmatismo se inició incluso antes. Comenzó en 1953, cuando Ho Chi Min inició la reforma agraria, la que inmediatamente redistribuyó la tierra a los campesinos, creando una nueva clase de propietarios. Cabe notar que dicha reforma agraria fue iniciada cuando todavía se combatía contra los franceses (la derrota de los ejércitos franceses -financiados por EE.UU.- en Dien Bien Phu fue en 1954). Al tío  Ho no se le pasó por la cabeza la tontera de colectivizar el campo, hacer granjas estatales o asentamientos campesinos.

La última innovación del socialismo vietnamita es el matrimonio igualitario. El régimen vietnamita (uno de los más conservadores de Asia) sorprendió el año pasado al barrio al declarar que, dado que personas del mismo sexo a veces viven juntas, entonces las leyes deben, simplemente, reflejar esa realidad. Así de simple, nada de largas disquisiciones ideológicas sobre el papel de la familia, el papel del matrimonio, o la convivencia. Al llevar a cabo esta reforma se muestra otra característica de los socialismos reales de Asia: no esperan que los problemas le exploten en la cara, más bien se adelantan a ello.

Así, los socialismos de Asia pasaron en el siglo pasado desde una aproximación ideológica en la definición de las políticas públicas a una pragmática. Ya no importaba el color del gato, éste solo debía ser eficiente en cazar ratones.

Desafortunadamente, en nuestro país seguimos haciendo políticas públicas desde una perspectiva fuertemente ideológica: acá todavía nos fijamos en el color del gato antes  que éste sea eficiente en capturar ratones. Un ejemplo es la lamentable cantidad de personas que sufren cotidianamente (o mueren) esperando un trasplante de riñón. Dichas  personas, para las cuales la política actual de trasplantes no ha sido una solución, carecen de alternativas reales en un plazo razonable, mientras se insiste en la línea de prohibir todo trasplante que no sea sobre la base de una donación de órganos. Es decir, la aproximación ideológica a este tema nos metió en el rollo que regalar dinero por un riñón para trasplante es “malo”, por lo que dependemos de los donantes voluntarios, los que no son suficientes. Esa aproximación significa la tortura cotidiana de decenas de miles de personas sometidas a diálisis (y de sus familias), y la muerte de muchas de ellas. Espero que quienes apoyan esa posición se  hagan cargo que esos sufrimientos y muertes están sobre sus conciencias.

A veces se propone otra “no solución”, la educación como forma de cambiar la cultura frente a los trasplantes, sin considerar que la educación es un tema de largo aliento. Cualquier sociólogo dirá que lo más difícil de cambiar en una comunidad es, precisamente, su cultura. Como ejemplo recomiendo leer el libro “Nuestra Inferioridad Económica” de Encina, escrito hace más de 100 años, y se verá lo poco que hemos cambiado. Entonces proponen una forma de “solución” que no lo es ni en el corto ni en el mediano plazo, y se puede dudar si sería una solución en el largo plazo. Y es tan así que quienes proponen esta alternativa no se atreven a decir en que plazo esa “solución” funcionaría.

Yo sostengo que no se debe ser tan cruel con las personas enfermas, que el problema de las personas con insuficiencia renal debe ser resuelto en un año, no en una década. Pero para ello debemos dejarnos de centrarnos en el color del gato, y sí preocuparnos de que éste cace ratones.

Son muchos los ejemplos de países que han identificado que el problema es, precisamente, las cárceles ideológicas que restringen el espacio de las alternativas posibles. Por ejemplo, en Irán, no hay prácticamente personas que necesiten máquinas de diálisis. Me explicaron que lograr ese milagro era muy simple. El Ministerio de Salud iraní regala  US$1.600 dólares a cada donante, así cada persona que necesita un trasplante lo obtiene, sin colas, sin listas de espera, sin sufrimientos. Los iraníes no postulan que las personas deben ser torturadas por años dependiendo de una máquina de diálisis para que algunos –que seguramente no necesitan trasplantes- se puedan dar el gustito personal de promover la “solidaridad”. Dato irrelevante, pero que menciono de todas maneras: es más barato ese trasplante que pagar años de diálisis. En Chile el 80% de los pagos que efectúa el Ministerio de Salud por servicios a clínicas privadas son, precisamente, para pagar por diálisis.

En nuestro país podríamos resolver ese problema en menos de un año. Bastaría ofrecer a algunos delincuentes presos la opción de ser donantes a cambio de su libertad anticipada, como forma de pago a la comunidad del daño efectuado y, si no es suficiente, regalar dos millones de pesos a cada donante voluntario, y ya tendríamos ese tema solucionado. Pero claro, eso realmente sería revolucionario, sería comenzar a preocuparnos que el gato cace ratones, antes que de su color.

Einstein dijo: “Es más fácil destruir un átomo que un prejuicio”. No espero mucho apoyo, pues como se dice al principio cambiar una cultura  es imposible. Sólo les ruego a quienes no tienen una real solución a este drama humano, no se atraviesen frente a los que si la tienen.

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Foto: Wikimedia Commons

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Comentarios

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Carlos Ortiz

27 de noviembre

Poner de ejemplo de pragmatismo a un estado teocrático como Irán. Excelente idea.

27 de noviembre

La realidad es compleja, hay que dejar atrás los simplismos.

Hay mucho que aprener de Irán, desde su estupendo sistema de educación público, hasta su sistema de salud, también público… Y también hay mucho que aprender… para evitar…..

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