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Gramsci y los intelectuales

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El tema de la relación entre cultura y política, vinculado al papel de los intelectuales, es central en la conformación de la teoría de la hegemonía planteada por Gramsci.

En los escritos anteriores a Cuadernos de la cárcel, el Gramsci joven ponía énfasis en especial en el valor moral de la cultura, tema siempre importante en él, a partir de Gobetti y de Croce. Al respecto, cabe recordar que a comienzos del decenio de 1980 Enrico Berlinguer lo transformó en el elemento que confiere la diversidad del quehacer político por parte de los comunistas. En los Cuadernos, Gramsci se refiere de manera más directa al papel político de la cultura, que es la verdadera productora de la hegemonía, del despliegue de la guerra de posición y de la formación del consenso.

Hay momentos en que Gramsci se refiere estrictamente a la cultura humanista en el ámbito de una concepción historicista, con la finalidad de conformar el carácter de la conciencia y de la voluntad del hombre colectivo. Otras veces, explica la cultura en sentido antropológico, como expresión de la concepción de vida propia de un pueblo. De allí, el gran valor político e ideológico que confiere a la cultura, que podría considerarse integrada por tres elementos principales: la historia, la obra de los intelectuales y el fin ético político.


El intelectual contribuye a la toma de conciencia de la función histórica de la clase de la cual depende, pero a la vez entrega los elementos para que esta clase ejercite su hegemonía.

A través de la guerra de posición, es decir de la construcción de una contrahegemonía que genere una nueva conducción política en la sociedad, se producen las transformaciones culturales en la sociedad civil, para lo que se requiere una verdadera socialización de los conocimientos precedentes, a fin de poner de relieve su carácter historicista, permitir el surgimiento del consenso colectivo -que supone una fase ya superior de internalización de nuevos valores, superando los adquiridos con anterioridad – y de la propia conciencia crítica; es decir, de un instrumental metodológico que ponga en cuestión todo dogma, todo precepto fijo y en definitiva acerque a la ciencia.

Su meta es el desarrollo de la filosofía de la práctica, que constituye el momento superior entre la reforma protestante y la Revolución Francesa, entre Robespierre y Kant. Ella será la base para la creación de un grupo propio de intelectuales y para la educación de las masas populares, que de esta forma pueden superar la cultura idealista. Al respecto, es válida la contribución del Iluminismo francés, que supo llegar a las masas campesinas y desarrollar un espíritu laico en la cultura.

Su interés consiste en indagar acerca de la cultura de masas, ya que concibe el quehacer cultural como elemento esencial de la reforma intelectual y moral, base de la transformación de los aparatos ideológicos del Estado y del Estado mismo.

Se han formulado críticas a Gramsci en relación con su visión “intelectualista” del papel de la cultura, sin embargo, él no perdió de vista – incluso al aislar metodológicamente los factores culturales en la superestructura – el hecho de que la reproducción ideológica es expresión de la clase dominante, y por tanto, en última instancia, es producción económica.

Toda gran expresión cultural comporta una transformación productiva, aun cuando no signifique un reemplazo del “bloque histórico”. Toda transformación de las relaciones de producción se da a través del surgimiento de una nueva cultura, que forma los agentes de la transformación económica y, a la vez, debe significar una revolución ideológica que antes y después del ascenso al poder debe conformar la nueva sociedad civil.

Precisamente el nexo dialéctico de la estructura con la superestructura, en el vínculo orgánico del “bloque histórico” Gramsci identifica el papel de los intelectuales como categoría social específica. Es el teórico marxista que dedica más espacio a la definición de la función de los intelectuales y a su integración social, ya que este problema aparece indisolublemente ligado a la formulación de una estrategia revolucionaria que tenga necesariamente en cuenta la tendencia creciente a los cambios en la estructura social que se producen en el capitalismo desarrollado en virtud de la revolución científica, y que se acentúa en la transnacionalización del capital.

Tiene razón Franz Marek al afirmar que “las progresivas transformaciones en la economía y en la sociedad, el aumento del porcentaje de técnicos y las consecuencias de la revolución tecnológicas y científicas hacen que la reflexión de Gramsci acerca de la posición y la función de los intelectuales que para el movimiento obrero revolucionario de Europa occidental había tenido una importancia solo superficial sea un elemento absolutamente indispensable para la estrategia revolucionaria. Y esto es tanto más importante cuando la solución e los difíciles problemas teóricos que se presentan al movimiento obrero exige la existencia de un marxismo creativo”.

Esta elaboración supera dos deformaciones típicas en la conceptualización de los intelectuales, muy presentes en el movimiento obrero europeo de los años veinte y treinta, y por cierto también en América Latina en los decenios posteriores: el obrerismo, que rechaza al intelectual por considerarlo una capa no proletaria y por tanto ajena a las fuerzas motrices de la revolución; la concepción exclusivista e instrumental, es decir, aquella que considera al intelectual aislado, como fenómeno individual, que llega a las filas de la revolución adhiriendo incondicionalmente a las formulaciones del movimiento obrero. Ambas tendencias limitan el papel del intelectual político y lo separan – más allá del vínculo de su creación específica – del movimiento de masas.

Gramsci ubica a los intelectuales y su papel en una posición nueva incluso en el marxismo, entre otras razones, porque unifica a los intelectuales y la clase obrera en lo que llama “intelectual orgánico del proletariado”, modificando radicalmente no sólo la política de alianzas sino el ejercicio mismo de la filosofía de la práctica.

La teoría de los intelectuales representa un aporte revolucionario en el pensamiento marxista, sin el cual sería imposible explicar el mecanismo que permite mantener unido el bloque histórico, la generación del consenso como elemento determinante del ejercicio de la hegemonía y la dialéctica autonomía – dependencia que adquiere la superestructura tanto en el mantenimiento de un bloque como en la superación de éste y la construcción de uno nuevo.

La concepción gramsciana de los intelectuales se articula a partir de tres fuentes. Una, de orden político social: los intelectuales son “empleados” de la clase dominante. Otra, de orden filosófico: el intelectual como lugar de creación de la actividad nacional. La tercera, de orden cultural: el intelectual como ideólogo y científico, como político y científico, como agente de la persuasión.

Concebir el intelectual a partir de su función significa superar una deformación idealista que ve en los intelectuales un grupo autónomo, árbitro y mediador de los conflictos sociales sin participar directamente en la gestación de ellos y sin tener vínculos con las raíces materiales que generan estas contradicciones.

Gramsci niega el absolutismo de la autonomía de los intelectuales, rechaza la idea de que constituyen una clase en sí mismo y sitúa su papel en la organicidad de un bloque histórico específico. En primer lugar, los intelectuales establecen una relación con las clases fundamentales, pero también con otras clases presentes en la sociedad, las que tienden a formar sus propios grupos de intelectuales. Su mayor vínculo, el más orgánico y articulado, es con la clase dominante, sobre todo en el momento de apogeo de la extinción hegemónica de su poder ideológico político.

Lo es también en el caso del capitalismo debido al origen social de los intelectuales, ya que quienes más acceso tienen a una formación científico humanista superior provienen de grupos ligados a la clase dominante o a estratos medios con alto nivel de ingresos. En cambio, las clases subalternas deben realizar una labor de captación mucho más compleja, ya que deben importar – al menos en una fase – sus intelectuales, en particular aquellos considerados ilustres, desde otras clases. Estos intelectuales, de procedencia diferente a las clases subalternas, continuarán siendo susceptibles de captación por parte de las clases dominantes, en especial a través del “transformismo”, aun cuando lo fundamental será, en este caso, el grado y la profundidad orgánica del vínculo ideológico con la clase a la que representan, más que su origen social.

El vínculo de la superestructura – donde el intelectual ejerce su papel en tanto “funcionario de la superestructura”- con la base social, permite elaborar una primera respuesta, inspirada en lo económico, al problema de la colocación del intelectual en el bloque histórico y a su tarea de mantener compacto el bloque histórico y garantizar la generación y desarrollo de las áreas de agregación y de consenso, así como la elaboración de los materiales jurídicos e institucionales a través de los que se ejercita la coerción de la clase dominante.

“Cada grupo social, naciendo en el terreno originario de una función especial del mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función, no sólo en el campo económico sino también en el social y en el político; el empresario capitalista crea consigo mismo al técnico industrial y al especialista en economía política, a los organizadores de una nueva cultura, de un nuevo derecho, etcétera”.

Es decir, los “intelectuales orgánicos” o la llamada “clase política” – entendida como dirigente – son una categoría ideológica del grupo social dominante y representan especializaciones de aspectos parciales del tipo social que la nueva clase ha hecho nacer.

Existe una relación de dependencia estrecha entre relaciones de producción dominantes – clase dominante-, intelectual orgánico y relaciones de superestructura, pero de esto no puede deducirse que la relación entre el intelectual y el mundo productivo se presente de manera inmediata, mecánica, calcada. El intelectual se sitúa en su quehacer en la esfera de la superestructura, y no tiene el vínculo que se da entre producción y clase principal del sistema.

En la función del intelectual no hay un simple reflejo pasivo de la estructura socioeconómica, sino una autonomía relativa que se deriva del origen social del intelectual, que como se vio proviene de la clase principal o de las clases y castas auxiliares que actúan en alianza con la clase dominante, por lo que mantienen posiciones que reflejan también estos intereses, pudiendo contribuir con su acción a acelerar o retardar la estructura.

Además, la autonomía se da a través del papel de dirección cultural y política del sistema social que el intelectual ejerce, el que es múltiple y comporta también la hegemonización de la propia clase dominante. El intelectual se transforma en la conciencia autocrítica del sistema, lo que permite a las clases dominantes no aparecer en primera persona en la tratativa y en el conflicto social.

La autonomía de los intelectuales resulta obligatoria cuando se trata de producir un salto cualitativo de la primera fase de intelectualidad, ligada a la esfera de representación de los intereses corporativos, a la fase más compleja y orgánica, según Gramsci, los intelectuales se separan para unirse más estrechamente en la clase dominante, donde se transforman propiamente en superestructura, es decir, se ponen en la esfera de la elaboración de la ideología y de la concepción del mundo en tanto filosofía de la clase dominante.

Producen la filtración de los intereses ligados a la reproducción del capital y los elevan a nivel de conciencia colectiva de la sociedad, ofreciendo formas políticas y culturales diversificadas en los distintos niveles de la estratificación social. Naturalmente, nos referimos a una formación con una sociedad civil desarrollada.

Por lo tanto, la relación entre producción e intelectual se filtra a través de todo un tejido social que recibe influencias múltiples, y donde prima una relación de mediatización de la ubicación del intelectual respecto de las clases principales en disputa. El intelectual contribuye a la toma de conciencia de la función histórica de la clase de la cual depende, pero a la vez entrega los elementos para que esta clase ejercite su hegemonía.

El hecho de que tanto para Lenin como para Gramsci los intelectuales no constituyan una clase sino una casta que se distribuye en todos los grupos sociales que expresan hegemonía, no significa que no mantengan elementos de naturaleza ideológica, psicológica, política y económica comunes como casta.

Esto se puede percibir o bien cuando la clase dominante está en su fase progresista – es decir, cuando su desarrollo como clase coincide con el desarrollo de las fuerzas productivas y con el desarrollo de la sociedad en su conjunto – y donde el poder de atracción de los intelectuales que ejercen oficialmente la hegemonía permeabiliza todas las capas, o bien la clase subalterna principal ha alcanzado un nivel de desarrollo y presencia de tal magnitud en la sociedad civil que puede disputar la hegemonía cultural a la clase dominante y ejercer un nivel de prestigio tan poderoso que atraiga núcleos importantes de la intelectualidad, hasta ayer ligada al patrón cultural oficial, hacia la nueva filosofía que se transmite con el ascenso de la clase subalterna, que trata de ejercer dirección incluso antes de conquistar el poder político.

Comprender los mecanismos que unen a los intelectuales, la sensibilidad frente a la libertad de creación, el carácter de la filosofía de los intelectuales, es para Gramsci, fundamental para que un partido revolucionario pueda conquistar una parte de la intelectualidad para su proyecto transformador. En este sentido, la relación autonomía-dependencia de los intelectuales no es estática sino dialéctica, y uno u otro aspecto adquiere mayor importancia de acuerdo con la fase de desarrollo y de disputa por la hegemonía en las clases fundamentales y de la unidad o no del bloque histórico.

Gramsci elabora esta primera cuestión estableciendo una estrecha relación entre el homo faber y el homo sapiens, puesto que “no hay actividad humana de la que se pueda excluir toda intervención intelectual”. Y señala que “en cualquier trabajo físico, aunque se trate del más mecánico y degradado, siempre existe un mínimo de calidad técnica, o sea un mínimo de actividad intelectual creadora”.

Por lo tanto, todos los hombres son intelectuales, aunque no todos tienen la función social de tales, aun cuando establecen escalas de valores morales, poseen una visión “cognoscitiva” del mundo que los rodea, y al adherir a una concepción del mundo apoyan o modifican la concepción del mundo dominante. De allí que para Gramsci no existe la categoría de “no intelectual”; lo que sí existe es una gravitación diferente en cada individuo, en cada profesión o trabajo, en la creación intelectual y en el esfuerzo muscular nervioso.

Por lo tanto, el intelectual se concibe a partir de su función primordial: la función de organización en la sociedad y en todas las esferas de la vida social. Habría que comprender bajo el término intelectuales no sólo los sectores que comúnmente reciben esta denominación, sino a toda la masa que ejerce funciones organizativas, tanto en el campo de la producción, como en el de la cultura o el administrativo político. En tanto intelectual funcionario de la superestructura, sus funciones serían:

a. Hay un sector vinculado directamente a la producción que organiza la actividad económica de la sociedad. Este “intelectual” tiene un grado de dependencia más rígido del propietario de los medios de producción. Aquí se distinguen al menos dos categorías: las de los especialistas (ingenieros que controlan el conjunto de la producción) y la que se relaciona con los cuadros técnicos menores, el aparato administrativo, etcétera.

b. El intelectual entrega una “concepción del mundo” coherente, que integra las diversas concepciones de los sectores ideológicos, políticos y sociales que participan directamente en el control del aparato de poder.

c. Contribuye a la generación de un “consenso social” a través de la fundamentación, en el terreno de la ideología de los intereses de fondo de las clases dominantes, haciéndolos aparecer como coincidentes con los del conjunto de la sociedad-nación. En un momento de crisis del bloque histórico, este es el sector más proclive a entrar en contradicción con las clases dominantes, y por tanto, a producir una “fuga” hacia otras posiciones vinculadas a las clases progresistas en ascenso o a una fracción de las clases dominantes que desarrollen una política más regresiva como respuesta a la crisis de dominio y hegemonía.

d. En su calidad de funcionario de la sociedad política, busca obtener la legalización e institucionalización de los intereses de las clases dominante, generando una disciplina social.

e. La Iglesia y sus componentes expresan también una forma de intelectualidad institucional, ligada a la difusión de una concepción del mundo ético religiosa que no sólo influye en los problemas subjetivos de la población sino también en aquellos de la vida política y social.

f. En los intelectuales, tanto la sociedad civil como la política, encuentran sus propios cuadros; es decir, ejercen también funciones en el plano del dominio directo, en especial a través de la elaboración de la doctrina jurídica y en la participación en los aparatos destinados a mantener compacta la población en torno a la clase dominante (tribunales de justicia, oficialidad de las fuerzas armadas, etcétera). Ello, porque la función de los intelectuales no sólo se absorbe en la sociedad civil sino en el conjunto de la superestructura, y por tanto, también en el aparato del Estado.

En síntesis, Gramsci pone en relieve la calificación de los intelectuales en tanto funcionarios de las clases dominantes para el ejercicio de las funciones subalternas de hegemonía social del gobierno político. “1) del “consenso” espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo social dominante, consenso que históricamente nace del prestigio (y por tanto de la confianza) detentado por el grupo dominante, de su posición y de su función en el mundo de la producción; 2) del aparato de coerción estatal que asegura “legalmente” la disciplina de aquellos grupos que no “consienten” ni activa ni pasivamente, pero que está preparado por toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que el consenso espontáneo viene a menos”.

La función del intelectual adquiere universalidad en la medida en que se extiende al campo político, ideológico, social, económico, y a la esfera militar. Es un factor determinante en la consecución de la homogeneidad y de la plena conciencia del papel que debe tener la clase dominante y sus grupos auxiliares en el desarrollo político e ideológico de la clase subalterna y sus aliados.

Gramsci ve también en el problema de los intelectuales una raíz histórica, señalando que “cada grupo social esencial” al surgir a la historia desde la estructura económica precedente y como expresión del desarrollo de esa estructura ha encontrado, por lo menos en la historia hasta ahora desenvuelta, categorías intelectuales preexistentes y que además aparecían como representando una continuidad histórica ininterrumpida, aun por los más complicados cambios de las formas políticas y sociales”. Aquí se describe de manera precisa al intelectual tradicional representante – habiendo sido en el pasado los intelectuales del poder- del viejo orden, por lo que constituye una casta social que sobrevive al antiguo modo de producción, es decir, que no tiene un lazo con la nueva clase dominante. Para Gramsci, una de las tareas de la nueva intelectualidad consiste en atraer a los intelectuales tradicionales, desligándolos del pasado y extendiendo el consenso del nuevo régimen, y por ende, haciéndolo más sólido.

Una parte de los intelectuales, ahora tradicionales, ya ha sido captada en el período anterior, es decir, cuando aún se mantenía la hegemonía de la vieja clase dominante o en momentos de crisis orgánica del bloque histórico, formando ahora parte de la intelectualidad orgánica de la nueva clase. Será este tipo de intelectuales el encargado de reclutar una parte de la intelectualidad tradicional, sobre todo aquella que desarrollaba funciones en la esfera de la sociedad civil. Esta situación es más compleja respecto del personal intelectual del viejo aparato de la sociedad política encargada de los mecanismos coercitivos que la nueva clase debe disgregar, impidiendo que continúen ejercitando funciones “privadas” de coerción en nombre de la clase dominante desplazada, que seguirá intentando recuperar el poder. Esto confirma la diferencia existente entre la sociedad civil y la sociedad política, y la necesidad de que el movimiento obrero tenga en cuenta, en el marco de una estrategia global, el diverso tratamiento de estas esferas y las acumulaciones de fuerzas y métodos que se requieren en cada caso.

Al no estar directamente vinculados con las clases principales del nuevo bloque histórico, los intelectuales tradicionales tienen una aparente independencia; esta es aparente, pues no existe el modo de producción puro, conservándose residuos de la estructura de clases de la formación histórico social anterior, y siendo la expresión de la continuidad histórica, con una influencia significativa sobre diversos grupos sociales, y contando con una apariencia concreta como ex “casa política” dirigente.

La nueva clase dirigente utiliza a sus propios intelectuales orgánicos para atraer a este sector de la intelectualidad tradicional y con ello extender su hegemonía. Así ha ocurrido con la burguesía, que se nutre de los intelectuales de la aristocracia – por ejemplo, del clero-, agregándolos a su propio campo de dirección cultural, moral e ideológica de la sociedad.

Lo mismo ocurre con la clase obrera, que en un terreno más difícil del que tuvo la burguesía, amplía su esfera intelectual con los especialistas e intelectuales burgueses o de las clases auxiliares, a quienes asimila muchas veces – sobre todo en revoluciones donde la clase obrera no contaba con especialistas propios o incorporados en la fase de acumulación de fuerzas – como condición de desarrollo de la revolución. Una vez en el poder, el proletariado a través de su intelectual colectivo, vale decir, del partido, trabajará ideológicamente por incorporar en la construcción de la nueva sociedad a la intelectualidad burguesa – ahora tradicional –, y aprovechará sus conocimientos y su formación universal.

Desde el punto de vista de la cualidad de las funciones intelectuales, Gramsci distingue diversas categorías, que van desde el gran intelectual al intelectual subalterno. El primero es el creador encargado de la formación de la nueva concepción del mundo y de las disciplinas que de ella derivan (arte, filosofía, ciencia, derecho), que corresponde a los intelectuales que en el bloque ejercen una supremacía de prestigio que trasciende la esfera de confluencia de la propia clase dominante, la que se esfuerza por mostrarlos como parte de su propia hegemonía.

Cabe pensar, por ejemplo, en el hecho de que la burguesía “iluminada” busca incorporar las obras de pintores, escultores, escritores y músicos progresistas, presentándolos como creaciones nacionales, en circunstancias de que están más ligados a los grandes objetivos planteados por la clase obrera que a los de la clase dominante, ya que muchas de estas creaciones incluso denuncian las miserias del régimen. Ello forma parte de la capacidad de absorción de la crítica, sin autocrítica, de la burguesía desarrollada y de su enorme capacidad de gestión de la hegemonía cultural.

En este sentido, el comunismo que conquistó el poder, no supo aprovechar el patrimonio artístico y cultural anterior en su tarea de elevación cultural de toda la sociedad, porque ha confundido y mezclado las concepciones políticas o filosóficas del creador con el valor intrínseco de su obra en términos puramente estéticos. Ejemplo de ello fueron los años de imposición del “realismo socialista” como única escuela válida en la creación, excluyendo de hecho otras corrientes, y sectorizando y privando al Estado socialista y al socialismo de un patrimonio que trascienda el enfrentamiento inmediato de las clases.

La segunda categoría que distingue Gramsci es la de los organizadores, los hoy llamados operadores culturales, políticos, sociales, que tienen una importancia significativa en la preparación del terreno social de aceptación a la hegemonía a nivel de masas.

En tercer lugar se ubican los administradores y divulgadores de la ideología. Esta última categoría adquiere decisiva importancia con el desarrollo científico tecnológico en la esfera de los medios de comunicación de masas, y con el hecho de que cada vez más la noticia y la publicidad son un producto intelectual transable en el mercado. El mercado televisivo cuenta con millones de espectadores que consumen a diario mensaje destinados a presentar una vida tipo de familia burguesa intermedia, una escala de valores tipo que trasciende cualquier ética o ubicación social. En definitiva, se busca establecer patrones culturales y de conducta social directamente funcionales al ejercicio de la hegemonía de la clase dominante. Por ello, el divulgador- que es muy manipulable, como diría Lukács – tiene en la sociedad tecnológica un papel importante en el interregno psicológico de la extensión de la hegemonía de las multitudes.

Gramsci plantea la necesidad de que la clase obrera concentre su atención en los grandes intelectuales, en los creadores que por su prestigio son capaces de decidir el vuelco hacia posiciones progresistas ligadas a objetivos revolucionarios de enormes franjas de intelectuales que conforman parte de las escuelas que cada gran intelectual tiene tras de sí. De allí, entonces, que Gramsci señale que el problema de la formación del intelectual tradicional es el problema histórico más interesante, toda vez que con el paso del intelectual dirigente a intelectual tradicional hay una ruptura histórica entre dos bloques que sin embargo mantienen, en lo que representan los intelectuales tradicionales, elementos de necesaria continuidad en el plano de la ideología, y por supuesto y de manera obligada, en el terreno de la economía.

Mientras más rápido es el proceso de formación de sus propios intelectuales orgánicos por parte de la clase que se eleva como hegemónica o que lucha por serlo, mayores son también las posibilidades de que asimile y conquiste para sus proyectos a la intelectualidad, que en relación con este grupo en ascenso, es tradicional.

Por cierto, lo anterior debe analizarse a la luz del desarrollo histórico.

Gramsci dice: “Francia es la exponente de un tipo de desarrollo armónico de todas las energías nacionales y especialmente de las categorías intelectuales. En 1789 un nuevo grupo social surgió políticamente en la historia, completamente capacitado para todas sus funciones sociales y que por eso luchó por el dominio total de la nación, sin avenirse a compromisos esenciales con las viejas clases, pero subordinándolas a sus propios fines… Esa maciza construcción intelectual explica la función de la cultura francesa en los siglos XVIII y XIX, función de irradiación internacional y cosmopolita, y también de expansión con características imperialistas y hegemónicas en modo orgánico…”.

En Italia, el proceso fue totalmente diverso. La burguesía, incapaz de completar la revolución burguesa, debió pactar con los terratenientes, lo que hizo que la intelectualidad dirigente no fuera capaz de dar respuesta a los nuevos fenómenos que surgieron en las primeras décadas del siglo XX. En esta forma, el fascismo como ideología encontró terreno fértil para lograr un área significativa de la agregación entre la intelectualidad tradicional anterior y la propia intelectualidad burguesa.

Según Gramsci, el intelectual orgánico del proletariado debe resumir en su formación el paso de la técnica de trabajo al de la técnica ciencia, que representa el desarrollo experimentado por la sociedad y la economía y, a la vez, por el surgimiento de un instrumental científico de interpretación y modificación de la realidad que es el marxismo.

En este punto el intelectual se convierte en un especialista. “El modo de ser del nuevo intelectual ya no puede consistir en la elocuencia motora, exterior y momentánea, de los afectos y de las pasiones, sino que el intelectual aparece insertado activamente en la vida práctica, como constructor, organizador, “persuasivo permanente” no como simple orador – y sin embargo superior al espíritu matemático abstracto -; a partir de la técnica trabajo llega a la técnica ciencia y a la concepción humanista histórica, sin la cual se es ‘especialista’ y no se llega a ser ‘dirigente’ (especialista + político)”.

Por lo tanto, el intelectual en tanto expresión del proletariado no puede ser sólo la continuación de la vieja intelectualidad, debe ser un intelectual orgánico colectivo de nuevo tipo, que en su relación con la clase revolucionaria dé lugar a un pensamiento común, a un concepción del mundo que inspira la “reforma ideal y moral” para permitir el paso de las masas de “simples”, que era su ubicación en el sistema anterior, a verdaderos intelectuales en la nueva sociedad.

Gramsci sostiene “como filosofía de masas, la filosofía de la práctica no puede ser concebida sino de manera polémica, en perpetua lucha”. Y cabe agregar que jamás puede ser conservadora, que su punto de partida debe ser el “sentido común”, o la filosofía de la multitud, que busca una “homo geneidad ideológica”.

La fusión de la filosofía de la práctica con el sentido común de los sectores atrasados de las masas se logra a través de la política, del hacer política, que es la mejor escuela de formación cultural para las masas.

Es en este proceso donde surgen nuevos intelectuales que ahora vienen de las masas, con lo que el proletariado tiene un núcleo intelectual compuesto por los intelectuales orgánicos que se incorporan en el proceso de ascenso de la clase obrera a la clase dirigente, por los intelectuales tradicionales que proceden de las clases antes dominantes, y por los intelectuales propios que se forman en el proceso de culturización ideológica y política en el seno de la clase obrera, siendo los intelectuales más orgánicos al no ser importados desde otras clases sino al nacer en un vínculo directo con la base económica en expansión.

Para Gramsci, este proceso modifica el panorama ideológico de una época y realiza la reforma intelectual y moral que permite al proletariado pasar de la fase corporativa a la propiamente política, y generar una filosofía de la práctica apoyada en un quehacer intelectual capaz de generar un amplio proceso hegemónico en un vasto movimiento popular.

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