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¿Cuánta democracia es capaz de soportar el capitalismo?

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En occidente la noción de libertad está inexorablemente atada al nacimiento del capitalismo. Para la naciente burguesía –a fines del siglo XVII- lo más urgente era la paulatina abolición de los derechos adquiridos y el incremento incesante de los privilegios ganados. Necesitaban la libertad, pero fundamentalmente para rentar la tierra y hacer negocios. La gran transformación que traían consigo, no era la libertad reflexiva de los sujetos emancipados de sus condicionamientos materiales o culturales, sino la expansión sin precedentes del comercio y el consumo a través de una revolución industrial sin ninguna regulación que protegiera a los nuevos asalariados.

La Independencia de los EEUU y la Revolución Francesa vinieron a colocar las bases de lo que hoy conocemos como democracias modernas. La soberanía popular y los primeros derechos ciudadanos fueron conquistas sociales que inauguraron una nueva etapa de desarrollo económico y cultural en la humanidad. Más tarde y luego de la segunda guerra mundial, el Estado de Bienestar europeo se constituye en la cima de las conquistas socialdemócratas; la síntesis históricamente mejor lograda entre florecimiento económico, libertades civiles e igualdad de oportunidades. Pero ¿cuánta democracia es capaz de soportar el capitalismo?
 
Luego de algunos siglos de una beneficiosa convivencia y donde el recordado Fukuyama anunciaba el fin de la Historia, el binomio democracia y mercado atraviesa por una tensión que suele pasar desapercibida. El mercado quiere meter las democracias en un congelador, aboliendo en ella todo el ingrediente reformista y relegando al olvido la agenda de los excluidos; ni las democracias europeas están a salvo de esta nueva cruzada del neoliberalismo. Los propietarios del capital quieren gobiernos estables para sus negocios florecientes.
 
En nuestro país, esa democracia que recuperamos en 1990 comienza a experimentar sus propios límites. Una transición política que supo normalizar la relación del poder civil y las FFAA, haciendo un esfuerzo inédito de justicia en casos de derechos humanos para América Latina; logrando además un avance significativo en los así llamados temas valóricos (derechos sexuales y divorcio, entre otros) que implicó enfrentarse al rechazo activo de la iglesia católica. Un período marcado por ásperas tensiones públicas con el poder de los uniformados y la autoridad religiosa, pero eludiendo sistemáticamente el conflicto con los principales grupos económicos del país. En efecto, la misma clase gobernante que enfrentó con determinación a militares y a la propia iglesia, evitó –en cambio- enfrentarse a los gremios empresariales.
 
Hoy el mercado, en nuestro país y en otras latitudes del mundo, quiere regresar a esos orígenes gloriosos del capitalismo, sin regulaciones, con la más amplia libertad para hacer lo que quieran, ni siquiera la reciente crisis financiera global de la que son autores directos los detiene. En nuestro país ha comenzado la privatización de la salud pública con la pronta aparición del bono portable y el anuncio de los primeros liceos de excelencia en educación, termina por consolidar la desigualdad más indolora: esa orgánica y sistémica. La demencia de los privilegios convertidos en sentido común y en una pequeña escaramuza en la opinión pública.
 
La democracia vive un momento difícil, no solo por la agenda neoliberal de sus progenitores (ahora instalados en La Moneda), sino también por el pragmatismo de varios inmigrantes progresistas que prefirieron el aplauso de Icare que los vítores emocionados de los gremios de trabajadores. Ellos suman una poderosa elite transversal que mira con sospecha cualquier interrogante al “modelo” o al “legado”.
 
La democracia que hoy tenemos, esa que recuperamos con entusiasmo y valentía hace más de dos décadas, no puede hipotecar su misión reformista, ni mucho menos dejarse seducir por un modelo de desarrollo que lo que sabe hacer bien es perpetuar las desigualdades que el mismo genera.
 
Debe alentarnos un nuevo espíritu de movilización, una renovada voluntad política que se proponga cambiar esta sociedad postrada en su inequidad. Ensayar un sentido utópico en las palabras y un entusiasmo sincero en los compromisos. Encontrar en la democracia el equilibrio pleno de libertad y justicia como anhelaba Albert Camus el siglo pasado, cuando la guerra fría polarizaba al mundo.
 
En nuestro país, los evangelistas neoliberales quieren quitarle a la democracia su impulso reformista, su infatigable búsqueda de justicia social. Anhelan una democracia descafeinada vacía de pasiones ideológicas. La noción de libertad que propugnan es aquella donde sus rentabilidades no corren riesgos y donde los privilegios están garantizados. El liberalismo político que ilumina las aulas, es aplastado por el liberalismo económico que maximiza las utilidades. El mercado sueña con una democracia bloqueada en su potencialidad transformadora y resignada al consenso tácito de las desigualdades.
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08 de octubre

Algunas aclaraciones: La noción de libertad, ligada al liberalismo surge de la oposición al absolutismo monárquico, no de la revolución industrial. Surge de la oposición a aquel sistema monopólico que concentraba y resguardaba privilegios, poder y tierras bajo el alero del Estado y la Iglesia, para una casta.

Como decía Rudolf Rocker, “fue el liberalismo el que asestó el primer golpe mortal al sistema absolutista de los príncipes, abriendo, al mismo tiempo, nuevos cauces para la vida social”.
Esa defensa de la libertad individual en contraposición a la concentración del poder, la riqueza y el nepotismo basado en una estructura de privilegios sustentados en el Estado monárquico, se proponía la defensa de la libre empresa y el libre mercado, junto con los derechos de propiedad de los campesinos y trabajadores.

Quienes se oponían al antiguo régimen, había individualistas, libremercadistas del laissez-faire, socialistas y mutualistas como Bastiat y Proudhon.

Fueron los conservadores quienes ante el agotamiento del liberalismo radical, reacomodaron tales ideas para convertirlas en una defensa del statu quo, del Estadio, sus privilegios previos y establecer una plutocracia.

Por eso, es un error ligar la noción de libertad –cuestión más compleja- con el nuevo monopolio de la corporación empresarial amparada en el mercantilismo; ergo, un error también confundir el libre mercado –quien vende en la feria o sopaipillas lo practica- con el Capitalismo de Estado imperante, del cual se sostienen las élites políticas y corporativas.

¿Quién salvo a las grandes corporaciones? El Estado.

Como dice Roderick Long, “el poder corporativo y el libre mercado son actualmente antitéticos; la competencia genuina es la gran pesadilla de las grandes empresas”.

Carlos Urra

17 de junio

La humanidad a estas alturas deviera tener claro cual es su enemigo, la causa de todos sus males, ese no es otro que los bancos comerciales, entidades inecesarias, que se interpusieron en el trayecto del dinero desde la gente a las empresas y viceversa, creando el interes y la concentracion de un dinero que no tiene respaldo productivo y sola saquea a la gente y a las pymes, siendo estos al final una maquina de crear pobreza,… y no es casual.

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