#Medio Ambiente

Novedad en clave de mercado: Sus riesgos para la sustentabilidad

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Paso por un comercio local y el anaquel de las pastas de dientes me ilumina.  Palabras como “whitening” y “luminous white” sobresalen en el empaque de una conocida e internacional marca.  Una crema repelente de insectos destaca que es “de acción instantánea”, un desodorante sus “48 horas de protección antibacterial” e incluso un tarro de jurel me informa sobre su alto contenido de “Omega 3”.

Este acotado listado alude sólo a productos consumibles de corto plazo, develando uno más de los efectos de la constante competencia en un contexto de mercado. De sociedad de consumo, más bien: la diferenciación. Hasta aquí, tal característica podría considerarse inocua.


En la actualidad, una de las palabras que más sobresale en la publicidad es “ahora” y “nuevo”, en una desbocada carrera comercial por destacarse por sobre los competidores que, al parecer, se habrían quedado en el nefasto “ayer”

Sin embargo, esta cualidad se torna en compleja cuando se vuelca en productos que uno esperaría fueran hechos para durar.  Bicicletas, automóviles, televisores, teléfonos, vestuario, computadores, tablet, lavadoras, juguetes, son parte de ese mundo que ha sucumbido ante la cultura de lo desechable.   Digo esto sin hacer alto alguno en los peldaños previos: ¿qué es lo realmente necesario? Y para lo que sí lo es, ¿la forma de satisfacer las necesidades debe necesariamente pasar por el mercado?

La disyuntiva sobre la durabilidad de lo que adquirimos pareciera no conllevar problema alguno.  Porque legítimamente y desde la óptica de la libertad individual uno se podría preguntar, ¿por qué lo que compro debe durar?, ¿qué de positivo tiene aquello, cuando con mi dinero hago lo que quiero?

Para entender esta línea de argumentación se precisa convenir en ciertas premisas previas.  Por ejemplo, saber si concordamos en que la crisis climática y ecosistémica no es algo deseable, además de ser producto de nuestra forma de habitar el planeta.  Nuestra voraz forma de habitar el planeta, en realidad.

Si no coincidimos en este análisis inicial, difícil que este texto nos lleve juntos buen puerto.  Pero si despejamos lo anterior (y quien lee esto no es negacionista del calentamiento global de origen antrópico, por ejemplo), es necesario dejar sentado como base que la transacción de “productos” en el mercado requiere transformación de naturaleza.  Sea esto en forma de ecosistemas modificados, o energía requerida para su producción o transporte.  Por ello, mientras más consumimos más biodiversidad es intervenida. Y mayores trabas ponemos al armónico y ancestral ciclo.

En su fase inicial (si el proceso fuera artificialmente lineal) lo desechable profundiza la artificialización de lo natural.  Pero también en su etapa de salida, al terminar muchos de los residuos contaminando el planeta. Por ello, no sólo la eficiencia sino que el ahorro (o el negaconsumo) debe ser parte importante del debate.

Lo aquí dicho no es nuevo.  Ya lo aclara Annie Leonard en el corto animado La Historia de las Cosas (The Story of Stuffs).

Un buen ejemplo de cómo las necesidades de la sociedad de mercado (distinta de la sociedad con economía de mercado) va a contrapelo de las de la armonía vital es el Ipad.   Sí, el aparatito aquél con el cual la compañía de Steve Jobs la rompió a principios de la década pasada.

Su primera versión, de enero de 2010, tenía múltiples funciones.  Sin embargo, carecía de un periférico fundamental: la cámara web.   Esta característica recién se incluyó en la versión de marzo de 2011. Es muy probable que Apple sí haya contado en 2010 con la tecnología para implementar la webcam, sin embargo era más conveniente obviarla para el lanzamiento (y venta) del reemplazo del año siguiente.

Este principio es lo que se podía apreciar en muchos filmes que en los años 50 o 60 nos mostraban cómo en las sociedades occidentales vehículos, refrigeradores y televisores eran “modernos”, de “última generación” y estaban “a la moda”.  Al contrario, en los países socialistas la negativa tendencia era que las cosas duraban por demasiado tiempo.  Y por tanto, estaban y se veían obsoletas.

En la actualidad, una de las palabras que más sobresale en la publicidad es “ahora” y “nuevo”, en una desbocada carrera comercial por destacarse por sobre los competidores que, al parecer, se habrían quedado en el nefasto “ayer”. “Ahora con menos calorías”, “ahora con triple acción”, “nuevo componente activo”, son algunos de los ganchos basados en cierta adicción a la novedad.

La innovación y lo nuevo pueden ser positivos, por cierto.  Pero siempre y cuando no nos haga perder de vista que, en última instancia, cuidar la vida y los elementos que la sustentan, estén donde estén, siempre será lo principal.

TAGS: #Modernidad #obsolescenciaprogramada Consumismo

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21 de Noviembre

Buen artículo, más aún que estamos ya en temporada de compras navideñas, eso si, el acto de comprar no tiene mucho de racional.

Un artículo a $990

Saludos

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