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Reforma tributaria: nunca es el momento

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¿Qué significa que Piñera haya dicho que a fin de cuentas presentará una propuesta de reforma tributaria?
 
Si mi frágil memoria no me engaña, corría enero del año 2001 cuando Ricardo Lagos decía “(…) no quiero vivir en un país donde los pobres pagan más y los más ricos pagan menos”.
 
Sin hablar de la evasión fiscal, que en esa época preocupaba a Ricardo Lagos: “En Chile, hay un 25% de los impuestos que no se paga (…). No señor, cuatro mil millones de dólares. Cinco veces el presupuesto de Obras Públicas es lo que no se paga en impuestos, pero las cosas no se dicen con claridad”.
 
Tenía razón Ricardo Lagos: en Chile las cosas no se dicen con claridad. Retoques por aquí, retoques por allá, el sistema impositivo que actualmente tenemos, 10 años después y con dos gobiernos “socialistas” de por medio, es peor al que denunciaba Ricardo Lagos. Uno de los gobiernos “socialistas” fue el suyo. Pero no es momento de llorar sobre la leche derramada. La subordinación de la Concertación al modelo de la dictadura ya no puede ser más evidente y no tiene sentido seguir hablando de una coalición que se parece cada vez más a un personaje de la serie The Walking Dead.
 
Desde el término de la dictadura el sistema político ha utilizado la fantasmal reforma tributaria para dilatar todos los debates importantes. Concluyendo siempre en que, por alguna razón, no es el momento para hacer  cambios. Si hay crecimiento se arguye que una reforma tributaria podría dañarlo, si la economía está estancada se pretexta que podría desincentivar las inversiones. Con un Código Laboral que protege al empresario, y una estructura impositiva desequilibrada que beneficia al gran capital y castiga a las empresas pequeñas y medianas, Chile se asemeja a un paraíso fiscal.
 
El movimiento social por la educación le está dando grandes oportunidades al país. Por primera vez en treinta años Chile debate de las consecuencias de un modelo económico impuesto a sangre y fuego, que nos ha convertido en el país con más desigualdad de la OCDE y uno de los más desiguales del mundo. La estructura política no estuvo a la altura de las reformas a la educación que el país exige, y todo hace pensar que ocurrirá lo mismo con el sistema impositivo. Las excusas que levanta para negar toda reforma sustancial y mantener la viciada institucionalidad actual, constituyen una respuesta clara.
 
No hay nada más sano para un país que discutir acerca de sí mismo: de cómo se ve, de cómo quiere ser. El movimiento estudiantil logró poner en el tapete de la discusión muchos temas fundamentales hasta ahora ignorados por quienes han ejercido el poder. Entre ellos la necesaria reforma tributaria. Pero eso no quiere decir que dicha reforma deba limitarse a la cuestión del financiamiento de la educación. De lo que se trata es de alcanzar y de respetar un principio básico de justicia tributaria que haga que quienes ganan más paguen más, y que quienes ganan menos paguen menos, o simplemente no paguen. Tampoco se trata de inventar tributos por inventarlos, o para destinarlos a objetivos predeterminados. La experiencia con los gastos reservados para las FF.AA. basta para entender que nada ni nadie puede estar por encima de la soberanía del pueblo. Esa soberanía debe manifestarse también en el ejercicio presupuestario de la nación.
 
El Estado de Chile necesita más recursos para la educación, y también para la salud, el transporte público, la previsión, la justicia, los municipios, y muchas otras necesidades que el mercado no ha resuelto, ni tiene ninguna posibilidad de resolver. Para obtenerlos el camino es sencillo: tenemos que terminar con el saqueo de nuestras riquezas básicas, ponerle término a la evasión fiscal de las grandes empresas, y hacer imperar el principio básico de la justicia tributaria. Ese principio definido por Adam Smith, fundador de la economía capitalista, dice que: “(…) el gasto del gobierno es, de cara a los individuos de una gran nación, como lo son los gastos de administración de los copropietarios de un gran condominio que están obligados a contribuir todos esos gastos en proporción al interés que respectivamente tienen en él”. Dicho claramente, quienes reciben más, deben pagar más.
 
Adam Smith no era precisamente un benefactor de la humanidad. Si sostenía que los ricos deben pagar más impuestos que los pobres, tenía razones sólidas: "El gobierno civil, -escribió-, en cuanto tiene por objeto la seguridad de la propiedad, es instituido en realidad para defender a los ricos contra los pobres, o bien, aquellos que tienen alguna propiedad contra aquellos que no tienen ninguna”. De ahí que: “Los ricos, en particular, están necesariamente interesados en sostener el único orden de cosas que puede asegurarles la posesión de sus ventajas”.
 
Si el Estado debe asegurar servicios como la educación, la salud, los transportes públicos, la previsión y otros, es sencillamente “porque el descontento social y las consecuencias que puede traer no vendrán de un pueblo satisfecho” (J.K. Galbraith). En la medida en que la satisfacción es universal, las naciones logran alcanzar la tranquilidad social y política.
 
¿Se necesitan más argumentos para acabar con este sistema impositivo regresivo, que carga a los más pobres y privilegia a los ricos, para sustituirlo por un sistema más justo?
 
Para castrar al Estado arguyeron que este debe reducirse al mínimo, ser neutral y no interferir arbitrariamente en la economía. Las franquicias del no pago del IVA en el transporte aéreo en vuelos domésticos, ¿no es acaso una interferencia arbitraria? Quienes más se benefician con esto son las grandes mineras y solo en esa partida el Estado pierde anualmente cerca de US$ 400 millones de recaudación. Que las instituciones privadas de salud y educación no paguen IVA, ¿no es arbitrario? ¿No interfiere en la economía? Todos estos “incentivos” creados en momentos históricos específicos, han sido perennizados en el sistema impositivo chileno.
 
Chile no aguanta más parches. Ni la democracia, ni el sistema educativo, ni la estructura impositiva, ni el debilitado Estado incapaz de fiscalizar ni regular nada, aguantan más parches.
 
Dicho esto, ¿qué significa que Piñera diga que presentará una propuesta de reforma tributaria? Nada. No significa nada. Vea Ud. lo que decía Ricardo Lagos en enero del año 2011: “El 20% más rico de los chilenos paga un 14% de sus ingresos en impuestos. El 20% más pobre, el que tiene muy poco, no paga un 14% de sus ingresos como el más rico. Paga más. (…) ¿Y saben por qué? Porque en ese 20% más pobre todos los ingresos van para comprar lo esencial: el pan, la leche, los bienes. Y por cada uno de ellos paga un 18% de impuesto de IVA.”
 
Ricardo Lagos tuvo la memoria corta: como presidente aumentó el IVA, aumento “transitorio” que sigue allí,  después de Bachelet y con Piñera.
 
Nosotros sí queremos una profunda reforma tributaria: una que restablezca el principio básico de la justicia impositiva que hasta Adam Smith fue capaz de comprender.
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