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´Hijo de Perra`

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De la camada de ocho, siete murieron esa misma noche. La perra era muy débil para soportar tal prole y los constantes golpes de la patrona de la casa, le habían debilitado su organismo. Los peones de la hacienda no se explicaban cómo pudo quedar preñada, ya que todos los perros de la zona habían sido envenenados por las autoridades.

Corrió el rumor que la perra podría haberse cruzado con un mestizo, pues un circo estuvo estacionado por esos lares, brindando sana diversión junto al matadero central del pueblo, lo cual resultaba chistoso para los asistentes pues entre los gemidos de dolor de los animales del rastro, escuchaban los gritos de los del circo. Era algo natural por eso rumbos.

El único perrito sobreviviente a la humedad del sótano y la mala alimentación de la perra, logró salir adelante más que todo por un extraño instinto o, como decían los peones, la rabia. Al tratar de acercarse el cachorro lanzaba gruñidos endemoniados y mordidas. Por alguna razón, sus colmillos ya habían crecido en un par de días. Las viejas de la casona le temían y los trabajadores lo respetaban. No vivió por el amor de sus amos reales, pues en un lugar tan sobrepoblado un perro más sale sobrando.

Le llamaron “Hijo de Perra”, pues su madre era la “Perra”. No existía tiempo para formalismo de nombres con perros, ni gatos, loros o gallinas. Eran llamados por el nombre de su especie, a lo más que podían apelar era a un número en caso de las aves de corral.


Hijo de Perra era único. No había forma de copiarlo, pues no era solamente sus largos colmillos que lo convertían en algo temido. Era la capacidad de provocar terror.

Pasaron los meses y el Hijo de Perra creció para convertirse un escuálido can. Nada especial tenía en su figura a simple vista, pero transmitía miedo; ya que su mandíbula era colosal y los colmillos parecían los alambres de púas que dividen las tierras de los señores feudales de la zona. No ladraba, solo gruñía, debía ser producto de la cantidad de colmillos deformados que le daban ese aspecto grotesco y único.

Las noches le pertenecían. Nadie en la casona se atrevía a salir en la oscuridad. Imaginaban ese hocico con baba enterrándose en su piel y una corriente eléctrica de temor les recorría hasta hacerlos revolver sus tripas como el mejor de los purgantes.

Doña Isabel tenía la fortaleza de diez hombres y su fuerza además. No existía trabajador que no le temiera, ni mujer que no cayera ante sus encantos. Su esposo fue el producto de un buen trato entre familias, donde el desdichado salió perdiendo, pues, el objeto de decoración, terminó siendo él.

Le puso mucha atención al perro, y las fechorías de este siempre tenían una respuesta para su lógica.  Cuando rompió la cocina a mordiscos, les dijo que el Hijo de Perra tenía hambre; al matar a doce pollos del párroco, mencionó que los perros no saben contar y no saben diferenciar entre lo bueno ni malo, menos aún del respeto a la Santa Iglesia; al arrancarle la mitad de la cara a unos de sus peones, lo sacó a patadas por andar metiendo la nariz donde no debía.

Para ella, Hijo de Perra, expresaba la fuerza de su hacienda, y le dio todo el poder dictatorial, pues vio su potencial de poner en orden a cada uno de los trabajadores, pues al solo ver esos colmillos pasar cerca de ellos corrían de un lado a otro, realizando sus labores con una rapidez envidiada por todos los otros señoritos de la tierras cercanas.

Muchos de ellos hasta comenzaron a cruzar sus perras con otros animales para ver si lograban un híbrido de esa altura represiva. Esto fue imposible. Hijo de Perra era único. No había forma de copiarlo, pues no era solamente sus largos colmillos que lo convertían en algo temido. Era la capacidad de provocar terror, y eso no era culpa del perro, sino de la misma gente que lo insultaba al verlo de lejos. Hijo de Perra tenía gran capacidad auditiva y eso fue llenándolo de una conducta agresiva. Los palos que le dieron a su mediana edad lo transformaron en un animal siempre a la defensiva.

Y cuando pudo, en el momento exacto de sentir que la rabia lo hacía babear saliva oscura, decidió dar la mejor mordida de su perra vida. Hijo de Perra se abalanzó sobre su defensora, Doña Isabel, y con una presión única, le cortó el cuello.  Fue tal el espanto de los peones, viejas y capataces que escaparon por todos lados de la hacienda.

Nunca más se supo de Hijo de Perra. Ninguna persona se preguntó más por él, pues perros van, perros vienen. Solo quedó la reflexión en el pueblo que por eso la rabia es una enfermedad en algunos animales, no obstante  que, en  ciertas  ocasiones, termina contagiándola algunos humanos.

TAGS: #Perros

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