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De dioses y hombres

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Dominio público.

Como nos lo han demostrado la antropología, la verdadera psicología (no la actual receta conductual que se asemeja a un manual que se acomoda a cierta ingeniería social) y la filosofía, el hombre tiende a deificar todo aquello que le rebasa, que no comprende o que, una vez siendo conocido, no puede aceptar en su crudeza o realidad. Así tenemos aquellos indicios que nos dejó el arte rupestre y posteriormente los pictogramas en donde puede constatarse la adoración del hombre primitivo a los elementos de la naturaleza, a las fuerzas cósmicas, a los astros, a la fecundidad y a la vida, o a la muerte y la disolución de lo manifestado. Sin embargo en el transcurso de la historia conocida de las civilizaciones humanas las deificaciones elementales devinieron creencias más elaboradas y sistemas intrincados (teológicos, místicos, esotéricos) que proveyeron a la intrínseca y connatural necesidad humana de idolatría (según lo explica Le Bon) de una complejidad que dio lugar a las mitologías y, posteriormente, a las grandes religiones universales, sean éstas monoteístas (Zoroastrismo, Islamismo, Cristianismo, Judaísmo) o politeístas (Hinduismo, mitologías greco-romanas).


Las religiones y los dioses se fueron transformando a través del tiempo conforme a las circunstancias históricas pues, como diría Nietzsche, dios y los dioses están hechos a nuestra imagen y semejanza y no a la inversa

Sin embargo, lo que conocemos de esas religiones ha sido alterado en su pureza al paso del tiempo, y lo que nos ha llegado de ellas son versiones más o menos estilizadas y adaptadas a las diversas mentalidades de los pueblos que las recibieron como legado, pero que integraron a su cultura, a su temperamento y a su tiempo. Así tenemos, por ejemplo, el curioso fenómeno de una religión local (cristianismo) que se adapto a las diversas idiosincrasias de los pueblos europeos, después de que un imperio decadente como el Romano lo hubiese convertido en uno de sus elementos de poder.

Según  el gran erudito francés Fabre d’Olivet, el gran libro sagrado hebreo “La Biblia”, ya nos llegó alterado desde sus orígenes, pues dicho pueblo había corrompido su lengua después del cautiverio en Babilonia, es decir que cerca de seis siglos antes de J.C. el pueblo hebreo no hablaba ni comprendía su lengua original, pues utilizaba un dialecto Sirio llamado Arameo. Lo que se universalizó y llegó hasta nuestros días fue la versión griega de la Biblia (versión de los setenta), aunque San Jerónimo, conociendo esas deficiencias, intentó, sin éxito, hacer una versión que recuperase el sentido original del sagrado libro (La vulgata Latina).

En otras palabras, las religiones y los dioses se fueron transformando a través del tiempo conforme a las circunstancias históricas pues, como diría Nietzsche, dios y los dioses están hechos a nuestra imagen y semejanza y no a la inversa.

Erich Fromm en su libro “El dogma de Cristo” describe bien el fenómeno de adaptación de las creencias religiosas según el tipo de sociedad y el tipo de poder imperante. Para el rebelde pueblo judío, sometido por sus autoridades religiosas (fariseos y saduceos) y por el despótico imperio Romano, el cristianismo significaba subversión del orden establecido, promesa de un mesías liberador del pueblo de la opresión ejercida por los poderes del mundo, y el restablecimiento de la justicia y el poder para los humildes, humillados y olvidados. Para los Romanos y las autoridades cupulares judías, el cristianismo era perdón, sumisión al orden del mundo y esperanza en paraísos transmudanos (después de la vida, en el más allá, en la muerte) donde todo tendería a equilibrarse.

Independientemente de su verdad o falsedad el Esoterismo (la interpretación secreta, interna, escondida, oculta de las religiones y creencias místicas) siempre estuvo resguardado para élites reducidas, las cuales, invariablemente, tenían trato con los poderes de la tierra (reyes, monarcas, patriarcas, sátrapas). Para las masas populares lo que correspondía era la parte externa, Exotérica, de la tradición religiosa: rituales, alabanzas, ídolos, reglas morales y credos. Si damos crédito a uno de los más insignes orientalistas y metafísicos del siglo XX René Guénon, cuya obra, ignorada casi totalmente en su tiempo, ha cobrado cierta actualidad en nuestros días, el orden metafísico (tradición primordial) está por encima del orden mundano de las religiones. Por ello se justificaba el resguardo de los “secretos” (“No tires las perlas a los cerdos”) para las élites intelectuales (iniciados) que poseían el poder espiritual en el mundo, el cual se imponía sobre el temporal ejercido por las autoridades mundanas. En su obra “El rey del mundo”, Guénon da cuenta de la tradición que versa sobre aquellos tiempos idílicos (históricamente fuera de nuestras posibilidades de comprobación, quizás por el hecho de referirse a cuestiones meramente simbólicas) donde el poder temporal, real,  estaba bajo el escrutinio del poder espiritual,  o era ostentado por una misma entidad  (Abraham sometido a Melquisedec).

Pero para nosotros, hijos de las filosofías idealistas, materialistas, existencialistas o ateas, los tiempos idílicos, las “edades de oro”, los “Krita-yuga”, están fuera de nuestra comprensión o entendimiento. Aunque los grandes misterios sigan presentes, y el universo mente, la gran “Lattice” como la llamara el desaparecido Jacobo Grinberg, sea posiblemente comprendida en un futuro donde el orden cósmico y suprahumano -acaso místico- se unan con la psicología y la física, con la filosofía y la neurociencia, lo que nos queda constatar a los simples mortales de la segunda mitad del siglo XXI, imbuidos en la vorágine de guerras económicas y armadas, entre artificiales crisis sanitarías y energéticas, y cambios geopolíticos, es: que las caras de los dioses o de dios siguen siendo, para el grueso de la humanidad de hoy, la personificación de los mismos elementos de la naturaleza, los mismos miedos (vida y muerte, creación y disolución), los mismos dolores, las mismas fuerzas cósmicas que los hombres primitivos no lograban entender y que el poder mundano y temporal no deja de utilizar para su beneficio.

TAGS: Psicología Religiones

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