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¿Cuántos o quiénes son las gentes de las aguas?

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La ocupación de los espacios públicos, la manifestación ciudadana y la presión directa, apuntan al gobierno, al parlamento, a una asamblea constituyente o a ciertos ministerios y servicios públicos como la Dirección General de Aguas y el Sistema de Evaluación Ambiental.

Quizá vale la pena partir por señalar que esto es escrito desde “dentro” de estas gentes, de uno más; o sea, de uno que integró una de las cuatro columnas que trajeron al centro del poder en Santiago una nueva visibilización de los asuntos con las aguas de norte a sur en Chile. Tal vez no resulta superfluo añadir que lo hago en la doble calidad de activista ambiental y filósofo. Calidades que se dan sin distinciones, y lo hago ver porque no se trata de teoría y práctica, de pensar y hacer, de modelo y aplicación, sino de una praxis donde el discurso no constituye en objetos lo que piensa, no los separa y observa, mientras lo que se hace es acción y dice lo que se piensa.

Al asunto: hay una cuestión en estos actos políticos de ocupación del espacio público como calles, plazas y ciudades que nos parece todavía determinante: ¿cuántos? ¿cuántos miles o cientos de miles juntó la segunda marcha nacional del agua confluyendo sobre Santiago? ¿Muchos o pocos?

De alguna respuesta derivamos un: ¿qué significado social y político ha tenido ya y va a tener con los días y semanas esta segunda macha 2014? ¿Vamos ahora a aumentar nuestra influencia sobre las prioridades en la agenda política nacional? –en la derogación del código de aguas de 1981 y su reemplazo, en la tramitación pronta de una ley de protección de glaciares (para que nunca más Pascua Lama o Andina 244).

La ocupación de los espacios públicos, la manifestación ciudadana y la presión directa, apuntan al gobierno, al parlamento, a una asamblea constituyente o a ciertos ministerios y servicios públicos como la Dirección General de Aguas y el Sistema de Evaluación Ambiental. 

¿Cuántos, pues? Tanto la prensa de radio Cooperativa como de El Dínamo (medios que más bien simpatizan con estas movilizaciones) hablan de “cientos” de gentes en las columnas. Cientos, sin duda, es poco. En el caso de la columna oriente, donde caminé, entrando a plaza Baquedano (o plaza  Italia para la voz popular), éramos alrededor de quinientos. En el Parque Almagro, lugar de confluencia de las cuatro columnas y de la convocatoria al acto público de las  aguas, fuimos sin duda miles, basta revisar imágenes del parque. Pero, volvemos a lo mismo, ¿cuántos?

La cuestión que propongo en esta reflexión es que, siendo importantes los cuántos, en las movilizaciones del agua son todavía más importantes los quiénes. Entonces, ¿quiénes marchamos? Lo que pasa es que hay una diferencia sociopolítica entre “movimientos de masas” –que son urbanos, modernizadores-, y “movimientos comunitarios”, donde el lugar, el territorio y la comunidad son el centro de la convocatoria.

En estos movimientos de masas lo político cuando ciudadano tiende a funcionar como representación; en los movimientos comunitarios como asambleas (no como casiquismo). La marcha de las aguas del 26 de abril pasado se distingue por quienes caminaron y se juntaron mucho más que por la cantidad de los que había. Fuimos mayoritariamente gentes pertenecientes a comunidades locales, que hablan de asuntos reales y no de ideologías abstractas de lo social.

También de la gran metrópolis urbana de Santiago.  Porque las comunidades políticas aparecen acá como “barrios”, comunas y gentes de Santiago enfrentan por estos días problemas concretos de aguas: dos megaproyectos minero e hidroenergético los que, para empezar, amenazan el adecuado abastecimiento de aguas para miles y millones.

El agua industrializada, esa que “sale de la llave”, comienza a no estar “asegurada”. Andina 244 y Alto Maipo son amenazas concretas de destrucción de glaciares y de perturbaciones generales en el régimen de aguas de la cordillera vecina a Santiago. Ni que decir que, además, prometen destruir vastas áreas biodiversidad, humedales, fauna nativa, todo eso que está en los paseos que los santiaguinos encontramos a pocos minutos, y como tierras limpias y aires frescos: un alivio necesario de la contaminación del alma urbana.

La naturaleza está viva y ello importa más que cuánto vale (o cuánto renta).

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